Auscultar lo cotidiano por Carlos Carnicero

Pasear por su propia ciudad, cambiando la perspectiva y la mirada, es una aventura para los sentidos en estos tiempos de crisis.

Carlos Carnicero
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Foto: Ximena Maier

Viajar invoca esencialmente descubrimiento. El destino tiene que tener un componente de misterio y de emociones ignoradas para tener una estimulación. Los ciudadanos son turistas pero aprenden, en la mayor parte de los casos, a ser también viajeros; la diferencia radica en la curiosidad, en el aprendizaje de las técnicas del descubrimiento.

Hablar de crisis es un tópico agotador, pero es necesario ser consciente de las limitaciones económicas, a veces dramáticas, que tienen la mayor parte de los ciudadanos. Naturalmente, la crisis afecta directamente al turismo: viajar con dificultades económicas es un lujo más inalcanzable. Hay que aprender a encontrar un resquicio por donde abordar estos aprietos.

Hay ofertas para viajar barato, pero también es posible descubrir el entorno más cercano, que por esa circunstancia de proximidad siempre encuentra una excusa para aplazar su inspección. La crisis nos ofrece la posibilidad de una mirada distinta a lo cotidiano. La ciudad que uno habita es un misterio concentrado por las propias limitaciones. Es cierto que lo que es demasiado fácil, demasiado accesible, promueve aplazamientos. Pensamos, si vivimos en Madrid, que el Museo del Prado siempre va a estar ahí. Y es la capital de España un recipiente de ofertas culturales y turísticas de primer nivel. Madrid recibe cada año turistas de los lugares más lejanos que gastan sus zapatillas descubriendo todos sus rincones. Y muchas veces los madrileños permanecen ajenos a estas ofertas que para quienes viven lejos y acuden a la capital de España son irresistibles. El Madrid de los Austrias está lleno de rincones maravillosos: solo hay que dejarse llevar por las pendientes de sus calles, por sus plazas diminutas y por sus callejuelas estrechas. El Jardín Botánico es un reducto de paz para investigar los lugares más remotos de uno mismo. Cada distrito, incluso los más modestos, tienen aspectos para descubrir. Naturalmente, está el triángulo del arte: los museos del Prado, Thyssen-Bornemisza y Reina Sofía. Caixa Fórum siempre ofrece exposiciones apasionantes, como la Fundación Mapfre o la BBVA y la Juan March.

Con un bono de metrobús se puede acceder a un universo de cultura que está al alcance de la mano en sesiones sucesivas que no terminarán nunca. Y muchas entradas son gratuitas. Sentarse en un café de la Gran Vía o de la Plaza Mayor es un ejercicio de voyeurismo maravilloso para escudriñar a los viandantes.Pasear por la ciudad de uno, cambiando la perspectiva y la mirada para descubrir lo que oculta detrás de cada día sucesivo, es una aventura para los sentidos en estos tiempos de crisis.

Los domingos hay que pasear por el Parque del Retiro porque invitan al espionaje respetuoso de los moradores del pulmón de Madrid. Allí los jóvenes se enamoran, los padres sueltan a sus hijos, los viejos cuentan los segundos de una existencia que se agota. Y siempre suceden cosas que solo están al alcance de quien ha desarrollado la capacidad de observar.

Siempre pensé que la exacerbación del periodismo es una esclavitud deliciosa, porque el conocimiento se convierte en una obsesión que conduce a empaparse de todo lo que le rodea; a buscar lo que se esconde en las apariencias.

El conocimiento no ocupa lugar, en contra de lo que suponen quienes quieren tabular la memoria en capacidades concretas. Saber que se esconde detrás de cada apariencia convierte lo cotidiano en desconocido. Motiva e incita al conocimiento.

La ciudad donde uno habita tiene miles de secretos que esperan una introspección. Ahora que casi todos andamos flojos de dinero, tenemos que exprimir intensamente las sensaciones más próximas para hacer un viaje alrededor de lo que tenemos más cerca. El placer no está en la distancia sino en lo que todavía no se ha descubierto.