Auroras, por Mariano López

En Oriente, las parejas creen que ver la aurora les asegura amor eterno. Este año se espera un aumento de las auroras.

Mariano López
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Foto: Sergio Feo

Las ciudades nos hurtan el cielo. Vivo en una ciudad en la que rara vez se alcanza a ver cualquier noche más de media docena de estrellas, así que cuando tengo la oportunidad de contemplar un cielo poblado por miles de luces parpadeantes, atravesado por la Vía Láctea, caigo rendido ante el espectáculo, para mí extraordinario, aunque sea común en otras latitudes y haya sido habitual para la mayoría de nuestros antepasados. El cielo me cautiva, me impresiona, y lo echo de menos casi tanto como el mar. Cuando viajo, procuro informarme sobre las condiciones del cielo en el destino que me aguarda: cómo será la Luna, dónde estarán los planetas, si las noches que se esperan serán claras o nubosas. Hay lugares que recuerdo por sus estrellas. En Epuisay, Francia, un pequeño pueblecito del valle del Loira, vi una estrella fugaz incendiada, una bola roja, incandescente, que había cruzado la atmósfera y parecía que volaba sobre nuestras cabezas; en la isla de La Palma, Canarias, alcancé a ver los anillos de Saturno, con la ayuda de un telescopio y de un gran guía estelar, Julio, uno de los primeros quince guías turísticos del cielo, formados por el Instituto de Astrofísica de Canarias.

Ahora acabo de regresar de un encuentro con la aurora boreal. No es el primero y espero que no haya sido el último, porque pocas experiencias en la naturaleza pueden resultar tan emocionantes como asistir al baile de la aurora sobre el cielo de una noche estrellada. De repente, la tranquilidad del firmamento se rompe, se quema, en un punto a escasa altura donde empieza a formarse una nube verde, de bordes blanquecinos, fosforescente. Luego, esa nube crece, se extiende por todo el casquete celeste, cubre el cielo por completo y forma tablas como las de una gigantesca cortina plisada que, cuando apenas ha desplegado sus formas, se pone a bailar. La aurora baila. Las luces del norte se mueven y, cuando lo hacen, el cielo entero parece animado por una música inaudible y preciosa: el vals que añadió Kubrick a su odisea espacial, una sinfonía de Mozart o el sonido que, según el astrónomo Johannes Kepler, debería acompañar, por razones matemáticas, a toda la geometría celeste. Es un momento asombroso, derivado del impacto de una tormenta solar que, atrapada por el campo magnético de los polos, ha roto las moléculas de oxígeno y nitrógeno de las capas altas de la atmósfera y volcado sobre la Tierra una cortina de luces fosforescentes, que enciende la noche y que baila. Un momento extraordinario que nos recuerda que habitamos un planeta que se mueve a más de cien mil kilómetros por hora en torno a una estrella ardiente, en una galaxia que también gira, junto a los millones de galaxias que pueblan la parte visible del universo.

Este año, 2013, los expertos en meteorología espacial pronostican un marcado aumento de las tormentas solares y, por tanto, de las auroras. Va a ser un gran año, quizá el mejor de la primera mitad del siglo, para viajar en busca de las luces del norte, la aurora boreal. También hay luces del sur, auroras australes, pero resultan muy díficiles de ver fuera de la Antártida. Las mejores oportunidades para el avistamiento se concentran en los lugares situados entre el paralelo 65 y el 72, en el centro del donut que forma el campo magnético que atrapa el viento solar y lo mezcla con los gases y el aire de la magnetosfera. Es el caso de Alta, en Noruega; el valle del río Torme, en Suecia, o las poblaciones en torno a Ivalo, el aeropuerto más al norte de Finlandia. Por supuesto que también es posible contemplar la aurora en otros lugares, como Islandia, Alaska, el norte de Canadá, Siberia o Groenlandia, pero ninguno tan cercano y accesible como Escandinavia. Allí, los samis, descendientes de los primitivos pobladores del extremo norte de Europa, guardan la tradición que considera la visión de las luces del norte como una señal de buena suerte. Llaman a la aurora revontulet, que significa "zorro de fuego". Sus antepasados creían que las luces del norte nacían cuando los zorros árticos golpeaban fuertemente la nieve con su cola. Entonces saltaban chispas que viajaban hasta el cielo y allí formaban la aurora, que, en ocasiones, obedecía con su baile al silbido mágico de los samis. Todavía hoy la aurora es vista como señal de buenos augurios. Muchas parejas en China, Japón y Corea del Sur creen que ver una aurora les asegura amor eterno y una vida de felicidad. Este año, regido en Oriente por el signo del Dragón o la Serpiente, que en Asia es señal de afecto y de ternura, va a permitir corroborar la verdad de su suposición. Es probable que los pronósticos de los astrónomos y astrólogos coincidan para estos próximos doce meses. El Sol aumentará su soplido y nos regalará nuevos chorros de luz. Habrá numerosas tormentas solares, que en el norte se convertirán en cortinas de colores. Con suerte, podremos verlas bailar de punta a punta del cielo. Será un gran año: para el amor, las auroras y las estrellas. Al menos, ese es el pronóstico que me he traído de Laponia, después de buscar la aurora varias noches polares de cielo negro, intenso, cuajado de estrellas, sin Luna. Los samis llevan siglos silbando a las auroras y escuchando la música del firmamento, así que no creo que se equivoquen en sus pronósticos. Será un gran año. En el cielo ya brilla la cola del revontulet. Feliz 2013.