Augsburgo es Navidad, por Luis Pancorbo

Augsburgo da la imagen de ciudad ricachona que va de la mano de los Reyes Magos durante todo el año.

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

Hay un lazo de historia, más fuerte que los que se tiran en esta época con los paquetes navideños, que une las selvas de Venezuela y Augsburgo. Gracias a los banqueros de esa ciudad alemana, los aventureros Nicolás Federmann y Ambrosio Alfinger se pusieron a reconquistar América y, de paso, a cobrarse en especie los 400.000 ducados prestados a Carlos V por sus patrocinadores de Augsburgo. Era 1528, y explorar y explotar a América solo era un riesgo indirecto para los banqueros Welser y Fugger, que ya habían sacado al rey de España de varias estacadas financieras.

Augsburgo es una ciudad sueva, bávara e independiente, aunque tal título en esta época tan interconectada sea algo postizo. Pero, superadas destrucciones varias, máxime las de la Segunda Guerra Mundial, Augsburgo vuelve a dar la imagen de ciudad ricachona, que va de la mano de los Reyes Magos todo el año. En este tiempo de escraches, la Fundación Fuggerei alquila 140 pisos a gente necesitada por un guilder renano, o un euro. Lo cual se arrastra desde el siglo XVI. Augsburgo vio nacer a Leopoldo Mozart, un hecho lógicamente importante en la concepción del genio de Salzburgo, salvo que se pretenda reducir la paternidad a futilidad. Y fue la cuna del señor Diesel, quien, como su nombre indica, propulsó muchas cosas e inventos. Pero en Augsburgo, aunque apenas exista una pausa para la modestia, llega el Adviento y parece como si fuera a enternecerse, pese a la arrogancia de su historia. Todos los fines de semana antes de Nochebuena, a partir de las seis de la tarde aparecen los ángeles con sus alas, cintas de colores, laúdes, flautas y demás. Y no es que bajen del cielo, salen directamente del soberbio Ayuntamiento renacentista de siete pisos que mira a una plaza tomada por un mercadillo navideño. Primero se apagan las luces, y en esos segundos de oscuridad es cuando casi se cortaría el aliento cristalizado por el frío. Luego, tras el último toque de campana de la torre Perlach, en cuya veleta se puede admirar una imagen de la diosa Cisa, si no es Martesia, o Circe -pero a estas horas no se distingue bien-, se iluminan las ventanas del Rathaus y se asoman veinticuatro ángeles que a algunos les hacen soñar con su existencia. Parecen tan rubios, tan buenos músicos y cantores. Y empieza la sesión ablandando inclusive algunos corazones de piedra, no solo los de mazapán.

El indio venezolano de la época de Alfinger y Fugger tenía el defecto de ir desnudo. ¿Cómo no se había enterado de la Natividad de Cristo en medio de tanto tapir y papagayo? De modo que, si el indio se resistía, le tiraban un arcabuzazo y se acabó la historia. Algún blanco tudesco acaso notaba en su cuerpo el efecto de una flecha untada con curare. Gajes del conquistador en la selva.

Venezuela se libró por poco de ser una colonia germánica, y Augsburgo no hacía sino progresar tan lejos de las malarias americanas. Sus banqueros fueron zorros temibles de Europa, y sus suntuosos palacios lo atestiguan. Los Holbein pintaban sublimemente, en especial El Viejo, autor de cuatro paneles en la catedral. Otro hijo de Augsburgo, como Bertolt Brecht, avisaba de la necesidad del coraje y de que si todo el mundo pasa de la injusticia un día llegarán a tu puerta sus esbirros y te cortarán el cuello.

Hay una ópera de tres centavos y una ciudad rica, y más aún en Navidad. Sus hamburguesas son fleischküche, carne picada con hierbas y especias, y el feuerzangenbowle, ponche de ron caliente con frutas, levanta a un vivo hacia las nubes. En Augsburgo todos parecen satisfechos de haberse conocido y de su historia mayor y menor. Lutero se escapó por los pelos de ser prendido y triunfó la Reforma. Filipina, una hija del banquero Welser, llegó a casarse en 1557 con el archiduque Fernando de Austria. Pero mira cómo beben dinero y poder. César Augusto fundó la ciudad el año 15 a.C. y domina una fuente de 1594 con las estatuas de los ríos locales Lech, Wertach, Singold y Brunnenbach, naturalmente opulentos y divinos. Como los peces en el río.