Atrapados, pero con salida por Carlos Carnicero

La City es punto de partida para un entendimiento de la mixtura que motive la fusión entre Oriente y Occidente.

Carlos Carnicero

?Quedarse atrapado en un aeropuerto cuando se "intenta volver a casa por Navidad" es una maldición casi bíblica porque ocurre como cuando el nacimiento del niño Dios, que tuvo que ocurrir en una cueva -por no poder llegar a tiempo a su empadronamiento romano-, lo que viene a ser como la sala de espera de un aeródromo actual, pero sin una vaca y un buey o una mula para que su respiración pueda mitigar el frío.
Londres fue un caos en las pasadas Navidades. Igual que la Gare du Nord de París en su enlace por debajo del Canal de La Mancha con su Eurostar con Londres. Fráncfort y Bruselas también se quedaron sin anticongelante. Europa, en su mayor parte, no está preparada para grandes nevadas. Y muchos españoles, como yo mismo, tuvieron que cancelar su pretensión de pasar la Navidad en familia.

Yo, después de que cancelaran dos veces mi vuelo de Londres a Madrid, decidí hacer de la calamidad virtud y me preparé para pasar las fiestas entrañables en compañía de amigos, casi todos nuevos, pero que se están haciendo amigos viejos por la vía rápida del contacto multicultural que ofrece la ciudad de Londres. A mi amigo Víctor, investigador en la London Metropolitan University, le pasó lo mismo y decidimos hacer patria -desde nuestro exilio climático-, pero sin sacar pecho, decididos a disminuir las diferencias con otras culturas y otros continentes para que todo el mundo pudiera pensar que somos cristianos viejos, pero tolerantes.

Es curioso que en la capital del Reino Unido sea mucho más fácil conocer a interesantes mujeres iraníes que a cualquier súbdito o súbdita de Su Majestad. Es cierto que los snob protestan porque los acentos del inglés de estas comunidades tienen derivas propias, como cuando nosotros nos esforzamos en simular que somos franceses de la Bretaña o británicos de Gales. Pero quién se atreve a discutir que la perfección absoluta no es un modelo fascista.

Lo cierto es que nunca he estado tan feliz y, al mismo tiempo, tan atrapado por la naturaleza. Ocurre que incluso la Unión Europea ha promocionado el milagro de que el vino de Rioja sea asequible en Londres, en donde ya empiezan a vender embutido ibérico para acompasarlo con los pudding de Navidad y con los típicos dulces de castaña.

Resulta que las mujeres iraníes son mucho más avanzadas culturalmente que los hombres de ese país. Londres, para muchas de ellas, es no solo lugar de asimilación de otra cultura sino punto de partida para un entendimiento de la mixtura que puede motivar la fusión de Oriente y Occidente. La música farsi es hipnótica en la madrugada del 31 de diciembre y, aunque nuestro calendario no coincida con el suyo, son tan amables, tan entrañables y tan respetuosas que celebran el nuevo año como si en realidad fuera el suyo.

A todo el que me pregunta por mi estancia londinense le remito a una reedición de mi adolescencia, porque sin llegar al extremo -que probablemente sería grotesco- de comprarme una cazadora Harley Davidson, casi cualquier cosa está permitida con dos condiciones esenciales e ineludibles: pedir siempre perdón -sorry- y dar las gracias siempre y en cualquier situación.

A muchos españoles les parece una conducta empalagosa, pero yo defiendo el uso extensivo de las formas de cortesía, porque al final uno está aburrido de quienes están frustrados por no ser guardias de seguridad de una discoteca conflictiva.

En la madrugada, cuando el frío encharca los pulmones por los docks londinenses, los últimos rezagados pugnan por encontrar un taxi. Empezar el año en Londres, con media docena de uvas -no hay quien se coma las doce durante las campanadas-, no ver el espectáculo un poco cutre de las televisiones españolas y practicar el inglés en la madrugada al ritmo de la música persa constituye una solución encomiable para encontrar la salida estando atrapado en un aeropuerto.