Atrapado, otra vez, en la Patagonia, por Carlos Canicero

El Parque Nacional Nahuel Huapi, con sus lagos y sus bosques, es todo un despilfarro de la naturaleza.

Carlos Canicero
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Foto: Ximena Maier

Hay sitios que me convocan una y otra vez; tal vez porque necesite confirmar mi amor por un paisaje, por unas gentes o por unas nostalgias inacabadas. Pensaba en estas transposiciones de la memoria desde la terraza de mi habitación del hotel Correntoso: un deck de madera, amplio y acogedor, desde donde se adivinan las huellas de los precursores, donde desemboca el río Correntoso en el lago Nahuel Huapi, en las afueras de Villa La Angostura.

Hasta que en el siglo XVII llegaron los jesuitas, este era un territorio ocupado por los indios ténesh o poyas, con los que convivieron los misioneros veinte años, hasta que debieron abandonar el lugar con siete muertos a manos de los indios. Dos siglos después el hombre blanco regresó.

Los primeros asentamientos fueron de madereros, buscando explotar las riquezas de sus bosques. Entre otros, Primo Caprano, quien construyó primero una modesta posada, que fue creciendo a lo largo de casi cien años hasta constituirse en el hotel Correntoso, cuyo lujo está en el paisaje y en la magnífica atención que reciben sus huéspedes. Sin pretensiones, cómodo y tranquilo. El Correntoso puede ser el epicentro de grandes descubrimientos. A dos horas y media de coche, por carreteras que en parte son de ripio, se llega a la ciudad de San Martín de los Andes. Siempre lagos, hasta siete, bordeados por los caminos zigzagueantes, en donde es preciso detenerse continuamente para admirar el paisaje.

Al otro extremo, siempre bordeando el Nahuel Huapi, la ciudad de San Carlos de Bariloche. Allí se diluye la calma que reina en Villa La Angostura, una urbe que se desparrama por los vericuetos del lago, escondiendo casas -de piedra y madera-, al amparo de los árboles, siempre buscando la luz.

En los alrededores de Bariloche dejaron su huella otros precursores a los que profeso especial devoción. Los hermanos Ezequiel y Alejandro Bustillo, que en los años 30 del siglo pasado descubrieron un enclave también extraordinario. Fue Ezequiel presidente de Parques Nacionales de Argentina, ambientalista precursor que dictó normas estrictas para preservar la belleza natural. Con su hermano Alejandro, sin duda el más importante de los arquitectos argentinos de todos los tiempos, escogió el lugar indicado para otro emplazamiento de turismo que hoy es refugio de quien pueda pagar el elevado precio de sus habitaciones.

Los hermanos Bustillo, trabajando por colleras, escogieron una península en meseta que se abre a Puerto Pañuelo, con el islote poblado de arrayanes, cipreses y coihues; al oeste, el lago Moreno con los Andes a las espaldas; y al este, el lago Nahuel Huapi. No tengo palabras para describir el resultado de ese despilfarro de la naturaleza. Allí, visionarios, construyeron un establecimiento hotelero de lujo, con la pretensión cumplida de ser reclamo del turismo internacional.
El hotel Llao Llao fue inaugurado con la dirección de obra y el diseño de Alejandro Bustillo en 1938, cuando llegar a la Patagonia era todavía una aventura, pese a que en 1934 llegó el ferrocarril a Bariloche.

Para construir el hotel, con las comodidades más avanzadas, Alejandro Bustillo recurrió a la madera de la región. Y el resultado fue moderno, confortable y soberbio. Por causas que nunca fueron aclaradas, el hotel, inaugurado el 29 de octubre de 1939, quedó casi destruido por un incendio cuyas causas nunca fueron descubiertas, tan solo ocho meses después de su inauguración. Con la tozudez de quien sabe que tiene razón, Alejandro Bustillo, utilizando los mismos planos, lo levantó de nuevo, sustituyendo la madera por la piedra en la mayor parte de su construcción.

Hoy el Llao Llao es el buque insignia de la hostelería argentina. Imposible recomendarlo por sus precios excesivos. Y es una pena que quien decide acceder a almorzar tiene vedado el acceso a las áreas exteriores por azafatas uniformadas, de educación exquisita, que actúan con la misma firmeza frente a los intrusos que no están hospedados que las guardianas de un campo de concentración. Para mi gusto, los ademanes y los huéspedes del hotel son demasiado paquetos, que es la expresión argentina para definir a los esclavos de la elegancia y a los miembros de la oligarquía criolla. Me quedo cien veces con el Correntoso.

Regreso a Buenos Aires con la certeza de un próximo regreso; preso siempre de la llamada del Nahuel Huapi, de los bosques y los lagos.