Atlántico, por Javier Reverte

Mi orgullo supremo reside en el hecho de haber cruzado dos veces en barco el Atlántico entre América y Europa.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicia

El más hermoso de los mares puede que sea el Mediterráneo, o por lo menos es el que atesora más cultura y más historia, asunto sobre el que no es preciso decir una sola palabra más. Pero puestos a elegir entre todos los océanos, me quedo sin dudarlo con el Atlántico. Es un piélago de cruce de civilizaciones, mucho más que el bello Índico o el inmenso Pacífico, y sus aguas están roturadas por hermosas piezas literarias: Allan Poe con su Gordon Pym, Coleridge y su balada del Viejo Marinero, Melville y la partida de Nantukett del buque ‘Pequod'' en busca de la ballena blanca..., entre muchas otras. Todo el Atlántico tiene un aura literario, por más que el Índico y el Pacífico puedan presumir de un Joseph Conrad.

Tengo la suerte de haberme bañado en los tres grandes océanos y también de haberlos navegado. Pero mi orgullo supremo reside en el hecho de haber cruzado dos veces en barco el Atlántico entre América y Europa, surcando parecidas rutas a las que, hace más de quinientos años, recorrieron los antiguos marinos para protagonizar una de las más importantes gestas de la Historia de la Humanidad, si es que no es la más importante de todas: el descubrimiento de América por los europeos.

Europa cambió la América primitiva para integrarla en la modernidad. Pero América cambió también para siempre a la Vieja Europa. Y aún la sigue transformando, aunque no nos demos mucha cuenta.

El primer viaje entre los dos continentes lo hice hace casi seis años, desde la bahía de San Lorenzo, en Canadá, hasta Liverpool, a bordo de un carguero de bandera alemana con una tripulación formada en su mayoría por marinos filipinos. Fue un magnífico viaje de ocho días, siguiendo la ruta del llamado Círculo Máximo, u ortodrómica, una derrota que, aproximándose al Polo Norte, acorta sustancialmente el tiempo de navegación. Conté aquel viaje en un libro publicado hace algo más de dos años, El río de la luz. Terminaba el verano y el mar nos acogió sereno y dulce, apenas sin ningún oleaje durante la mayor parte de la travesía. Cuando desembarqué en el puerto de Liverpool me sentí orgulloso de haber cumplido un viejo sueño y notaba en el alma algo parecido a campanadas de felicidad.

El pasado verano atravesé de nuevo el gran mar, esta vez en forma muy diferente. Viajaba a bordo del Hespérides, el barco oceanográfico de la Marina Española, en la última etapa del gran viaje realizado en el llamado Proyecto Malaspina, una expedición científica de circunnavegación de la Tierra organizada y dirigida por Carlos Duarte, sin duda uno de los nombres de la ciencia de España de mayor altura y prestigio. La derrota fue entre Cartagena de Indias y la Cartagena española, lejos del Círculo Máximo, y el viaje nos llevó más de veinte días. La razón de la lentitud de la travesía no fue otra que la necesidad de detenernos a menudo para tomar del océano muestras de vida y de agua e investigar el estado de los mares del mundo, que constituía el objetivo primordial del proyecto.

Sin tocar tierra, fueron días de intensa camaradería a bordo, porque el océano despierta siempre la camaradería entre los hombres. Divisé en la lejanía el perfil de la isla de Madeira, crucé junto a las llamadas islas Desiertas -dos enormes farallones de piedra en medio del vacío- y muy próximo a la isla de Montserrat. Además de eso, navegué sobre las aguas del llamado Mar de los Sargazos, esas pequeñas algas marinas que flotan sobre la superficie del agua y, en ocasiones, hacen que el océano pueda parecernos una inmensa pradera.

Después..., después he doblado el Cabo de Hornos, navegado el Paso del Noroeste y llegado a las cercanías del Polo Norte, más al norte del archipiélago de las Svalbard. Pero tengo la sensación, pese a todo eso, de que aún no he terminado mi relación con los mares del mundo.