Atlántico nuevo, por Javier Reverte

Las horas a bordo de un carguero tienen algo de monacal, y la melancolía suele asomar en tu alma.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Vuelvo a escribir sobre el mar, sobre el gran océano, y todo a causa de un libro que me ha traído unos grandes recuerdos, Mar Atlántico (Diario de una travesía), de Alfonso Armada, ilustrado con las espléndidas fotografías de Corina Arranz, fotografías de soledades y de olas, esto es: fotos que son como auténticas metáforas del alma humana, ese espíritu vagabundo que alentamos y que viaja por la vida a lomos de los caprichos de la naturaleza y, casi siempre, a solas.

Alfonso es amigo desde tiempo atrás. Es un escritor fiel a sí mismo que hace teatro, poesía y literatura viajera. Y fue él quien, hace cosa de seis años, me descubrió una manera nueva de viajar: en cargueros, a bordo de esos imponentes freighters cargados de contenedores que recorren por millares, y a diario, los océanos y los mares del mundo.

El viaje a bordo del Liebeck que hice entonces era una réplica del que él había realizado un par de años antes, embarcado en el CanMar Pride, desde el puerto de Montreal, y a orillas del río canadiense de San Lorenzo, hasta alcanzar el norte de Europa después de atravesar el Atlántico. Yo lo narré en mi libro El río de la luz. Y él lo ha hecho ahora en otro del que aquí doy cuenta.

El trabajo de Alfonso Armada es como una suerte de diario, un verdadero cuaderno de bitácora, en el que nos relata la vida a bordo y nos retrata a algunos de los personajes de la tripulación. Viajar en un carguero es sin duda una experiencia singular y no mucha gente ha tenido la suerte de llevarlo a cabo, quizás por ignorancia, pues se trata en nuestros días de una experiencia muy sencilla de realizar y a precios bastante razonables. Armada nos cuenta cómo son el barco y su camarote, los horarios de comidas, la vida a bordo de la nave... Resulta simpático que, al comienzo del libro, el taxista de origen marroquí que le lleva a los muelles desde el centro de Montreal se extrañe porque vaya a perder siete días en el mar cuando el trayecto a Europa puede hacerse viajando en un avión en cosa de siete horas.

Pero los buenos viajeros saben, como le ocurre a Alfonso Armada, que en el hecho mismo de "perder el tiempo" reside la esencia de los mejores viajes. "El asunto no es llegar -decía el escritor escocés Robert Louis Stevenson- sino ir". Y en el conocido verso del griego Constantin Cavafis, Ítaca, ya señalaba el poeta: "Si vas a emprender el viaje a Ítaca, pide que tu camino sea largo...".

Pero lo mejor del libro es el tono poético que contiene. Y no me refiero a las poesías que, al final del trabajo, publica el autor sino al sentimiento lírico que impregna sus páginas. Alfonso Armada ha sentido la soledad del mar -una soledad que, como he dicho al principio, aparece también en las fotografías de Corina Arranz-, y esa soledad le ha hecho reflexionar sobre su vida, sobre sus relaciones con su padre, que era hombre de mar, y sobre el duro oficio de vivir. Las horas a bordo de una nave tienen algo de monacal, dan para mucho y la melancolía asoma muchas veces en tu alma. Como a Armada, en mi viaje a través del océano fueron muchas las horas en que mi corazón y mi cabeza se dirigieron al pasado, en busca del recuerdo de quienes se han ido.

El mar te suele empujar hacia la nostalgia y, a menudo, también hacia la tristeza. "Pienso que debería de probar la vida de marinero antes de que sea demasiado tarde", escribe Armada en su obra. Y añade después: "He seguido las incidencias del viaje como un aprendiz de marinero".

He leído su navegación en el CanMar Pride recordando la mía en el Liebeck. Y he vuelto a recuperar los olores del mar, los olores de a bordo, el ruido de los motores, el balanceo de la nave... Me ha gustado especialmente esta frase de Alfonso Armada: "La sirena es como un canto errabundo". ¡Qué alegría produce en el alma oírla aullar el día de la partida!