Astorga, paparrones por Jesús Torbado

Astorga nos vuelve al corazón por estas fechas, con sus procesiones de paparrones, como llaman allí a los capirotes.

Jesús Torbado
En tiempos tan aciagos como los que vivimos hoy solía decirse que el mejor lugar para vivir en España era una ciudad que tuviera obispo y careciera de gobernador civil. Este último personaje, hoy transmutado en subdelegado del Gobierno, era entonces el dueño de guardias y policías, algo así como un Rubalcaba local. Con ese tipo de gente siempre hay que tener cuidado. En cuanto al obispo, era en teoría un hombre gordo que raramente salía de su palacio, y siempre en un Mercedes, para bendecir a su feligresía. Su procesión personal iba por dentro, desde luego, mas ni siquiera se intuía.Entre la media docena de esas ciudades benditas figuraban Ciudad Rodrigo y Astorga. Esta última, plantada entre los páramos adustos del oeste de León, en el borde de la Maragatería, región pobre y mágica de la que suele considerarse capital, fue ya ciudad noble e ilustre desde su fundación en la época de Augusto (Astúrica Augusta se llamaba), porque era encrucijada de dos de los más importantes caminos de la península; concluían allí los minerales del oeste (oro particularmente, antes de su transporte a Roma) y los peregrinos del finis terrae (hoy Compostela), en un sendero que ya había sido hollado desde el neolítico.Resistió malamente a godos y musulmanes, a franceses más tarde, llegó a tener veinte hospitales-hoteles, conservó su vieja cárcel de esclavos (ergástula), parte de sus murallas y de sus conducciones subterráneas y siempre, en tantos siglos, fue respetada y famosa, aunque casi siempre modesta de tamaño y pobre de recursos. Rica también en poetas y escribidores. Desde hace unos quinientos años se fue adornando de una catedral espléndida de rosadas torres y buen depósito de arte. Y hace poco más de cien años un obispo catalán consiguió que el piadoso Gaudí le construyera al lado del templo un extraño palacio de cuento de hadas, ahora reconvertido en museo jacobípeta.Astorga nos vuelve al corazón por estas fechas, con sus procesiones de paparrones, como llaman allí a los capirotes procesionales de la Semana Santa. Más de dos tercios de la población ciudadana participa en tales desfiles y otras ceremonias contiguas, lo que quiere decir que toda la ciudad se sumerge en un sentimiento religioso y tradicional que ya es raro encontrar en España, incluso en esta meseta norteña tan entregada a su antigua fe (Zamora, Valladolid, Bercianos de Aliste, León, etcétera). Muchas de esas ceremonias siguen siendo en verdad impresionantes. El desfile de los tradicionales pasos, siempre llevados a hombros, algunos de mucha valía artística, se sigue con gente arrodillada en las aceras, rezando en silencio, y vigentes costumbres que llegan de hace tres y cuatro siglos.Momentos teatrales y muy vividos, llenos de devoción, como el desenclavo en la Plaza Mayor, frente al ayuntamiento barroco, el viernes; la carrera de San Juanín, capa y esclavina al viento, para dar noticia a la madre María de la Amargura (costumbre que se intentó detener en 1786 por "el bullicio, alboroto, desorden, irrisión y escándalo" que provocaba); la escenografía de los Durmientes, el estruendo de carracas, trompetas y tambores, con tantos otros detalles de remoto origen, consiguen en conjunto una fiesta -aunque no es esta la palabra más justa- de grande emoción e interés.A la que habría que añadirle, como en todas las de España, el regalo local con que se encuentra el viajero de paso. Las limonadas (de vino) para refrescarse, la bolla dulce, los soconuscos, las torrijas y los churros recién fritos, con el famoso chocolate local batido a brazo... Para rematar con los platos locales propios de esos días: potaje, pulpo, bacalao o con el festín pecador y gigantesco del cocido maragato, en el que caben hasta quince carnes distintas, con la sopa de postre.El paso de los lustros, los azares de la economía, la fuerza de la publicidad, el empujón de los políticos han hecho que Astorga y otras pequeñas ciudades episcopales, con espectáculos humanos de tanto mérito y raigambre como esta Semana Santa, parezcan haberse desvanecido y olvidado. No es así. Aquí donde vivían los administradores del oro romano (incluido Plinio), aquí donde descansaron miles de peregrinos jacobeos, en esta etapa segura de tantos caminos, siguen todavía alumbrándonos las brasas de la memoria y su fuego.