Astérix viajero por Mariano López

Astérix es un buen viajero, a quien le gusta compartir buenos momentos, reírse y explorar el mundo.

Mariano López

Astérix, el galo, acaba de cumplir 50 años y no estaría bien que despidiéramos el año sin celebrar su aniversario, no vaya a ser que, por no hacerlo, el cielo caiga sobre nuestras cabezas. Hace 50 años, el pequeño Astérix vino al mundo en las páginas de la revista francesa de cómics Pilote. Los padres de la criatura, los dibujantes René Goscinny y Albert Uderzo, pensaban que sus nuevos personajes sólo interesarían a un público infantil, con un alcance quizá sólo local. Se equivocaron.

En estos 50 años, las historias de Astérix han vendido más de 325 millones de álbumes, en 107 idiomas y dialectos diferentes; han inspirado ocho series de dibujos animados para la televisión y tres largometrajes, además de un gran parque de atracciones, cerca de París. Tanto para Goscinny, fallecido en 1977, como para Uderzo, quien ahora tiene 82 años, el éxito de sus pequeños galos siempre ha tenido algo de inexplicable. Quizá haya influido la poción mágica, decían. Puede ser. Porque casi recién nacidos, sus personajes ya eran símbolos culturales de Francia.

En 1965, el primer satélite enviado por Francia al espacio se llamó Astérix. En 1989, cuando los directivos de Disney trabajaban en la instalación de Eurodisney, al este de París, abrió sus puertas al norte de la capital el Parque de Astérix, una reacción temática a la llegada del ratón símbolo de la cultura estadounidense. El Parque de Astérix tiene también grandes montañas rusas -la mayor, con siete loops, siete vueltas completas, se llama "Gudurix"-, una calle principal con tiendas y varias áreas de atracciones en torno a una gran plaza central. Pero en sus comercios no sólo se venden camisetas o peluches. El producto estrella, el recuerdo más apreciado, son los menhires. Pequeños y de plástico, a veces con una leyenda propia del gran Obélix: "Hay años en los que no se tienen ganas de hacer nada".

Astérix es un buen viajero, a quien le gusta compartir buenos momentos, reírse y explorar el mundo. Abandona la aldea un tanto a su pesar, pero una vez en ruta no cierra los ojos; es pura curiosidad. Para los poetas de la Grecia clásica, los héroes más sabios siempre hacían largos viajes por el mar y vagaban por el mundo.

Así ocurre con Astérix y Obélix y su acompañante Idefix. Gracias a sus viajes, los intrépidos galos conocen Britania, Hispania, Germania, Egipto y la India; los mercados de Londres, los templos de Atenas, las pirámides del Nilo y los palacios de Roma, la capital del mundo. Viajando descubren costumbres asombrosas, como el deporte que los britanos llaman "fútbol", un juego bruto para tipos duros, o la afición por el baile de los hispanos. Obélix es quien más rápido se funde con los desconocidos, el que antes descubre la manera de reírse con los extraños de las identidades propias y ajenas. "Están locos estos romanos", dice, pero con gusto se quedaría más tiempo en Hispania o, mejor, en Britania, con tanta competición deportiva, si no fuera por la cerveza tibia y el jabalí hervido.

Razones de peso que no empañan un precioso currículum viajero. En 50 años, Astérix y Obélix han dado varias veces la vuelta al mundo y nos han enseñado a viajar. Con curiosidad, sencillez, humildad; los ojos abiertos y mucho humor para el camino. Gracias, pequeños galos. Celebraremos vuestro aniversario con un buen banquete, bajo las estrellas.