Viajar cuando no se puede, por Javier Moro

Javier Moro
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Foto: Kike Lucas

Hay algo paradójico en el hecho de que una revista de viajes cumpla 500 ediciones en una época en la que no se puede, ni se debe, viajar. Parece una ironía del destino, pero así las cosas. El cansancio de la pandemia no le quita a nadie las ganas de irse, al contrario, las aumenta. Los que vivimos en las grandes ciudades todavía tenemos el consuelo de darnos una escapada, cuestión de olvidar la presión de la vida cotidiana. De modo que el otro día, sintiendo nostalgia de la India, me fui de viaje a Lavapiés, en bici. Nada más llegar al barrio, entre la población abigarrada, el olor de los restaurantes asiáticos y latinos y el sonido de la radio de las tiendas de comestibles, me pareció que ya estaba a miles de kilómetros de casa. Nada como el aroma de las especias —cardamomo, cúrcuma, chile, curry…— para evadirse, aunque solo sea por un momento, a los lugares exóticos de nuestra memoria.


Para viajes más largos, existe otra manera de desplazarse, sin salir de casa. Sentado en un sillón, sin marearse, sin esperar en una fila, sin aeropuertos atiborrados ni peligros inesperados, la literatura de viajes nos permite recorrer la Patagonia o Borneo, o la España vacía, o el Bombay de los años 1980 o el África de mi añorado Javier Reverte. El poder de la literatura radica en su capacidad de sugestión, tan intensa que uno se olvida de sí mismo siguiendo las huellas del autor. 


De esta manera, no solo es posible cambiar de lugar; también podemos remontar el tiempo y visitar otra época. El artefacto para tan singular desplazamiento no es un prodigio tecnológico, no es un avión ni un cohete proyectado a miles de kilómetros por hora por un túnel de protones, es simplemente una buena novela histórica que se lee en zapatillas. Podemos zambullirnos, por ejemplo, en la Roma antigua y en las intrigas del emperador Trajano y sentiremos el bullicio de los combates de gladiadores y el olor a la sangre de las bestias agonizantes en la arena del circo. O, cambiando de artefacto —o sea, de libro—, podemos escoger un viaje a la Inglaterra victoriana, infiltrarnos en la sociedad de buenos modales y terribles instintos y ser testigo de sofisticadas intrigas y amoríos prohibidos. 


La novela histórica —la mejor máquina para viajar en el tiempo— lleva menos de doscientos años recreando el pasado, no tanto para explicarlo, sino para sentirlo, para entenderlo desde dentro, gracias a la emoción que la literatura es capaz de generar. Una buena historia novelada, escrita con rigor, nos sumerge en un mundo que nos es ajeno, pero en el que reconocemos nuestra misma humanidad, esa que no cambia por más que cambie el mundo. En esas lecturas que nos transportan, el tiempo perdido vuelve a adquirir brillo y nos ilumina sobre quienes ahora somos. El pasado resucita, como por arte de magia. Son viajes llenos de aventuras, de descubrimientos, de amores y desamores, de picos de felicidad y de reveses; son el reflejo del viaje de la vida, ese que todos estamos condenados a realizar.

Y lo mejor es que una ida y vuelta al mundo de los neandertales, a la India de los Marajás o al fragor de la segunda guerra mundial se consigue por menos de veinte euros. De modo que solo queda, amigo lector, elegir un destino.