El viaje invisible, por Espido Freire

Espido Freire
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Foto: Kike Lucas

En ocasiones, cuando la vida se presenta negra, me refugio en el recuerdo de los viajes en los que más feliz he sido: los que he llevado a cabo a lugares que no existen, aquellos a los que me he escapado desde que era una niña cuando no tenía permiso ni para subir sola a un tren. El billete se emitía en un libro: el destino prometía siempre un aire de peligros. La Jungla Negra y sus misterios, los escurridizos países de Syldavia y Borduria, Macondo, sus mariposas amarillas, las epidemias de insomnio y el desasosiego infinito, el condado de Yoknapatawpha donde transcurría El ruido y la furia, la tierra llena de riquezas y enemigos ocultos del Preste Juan.


El mundo me resultaba entonces enorme, pero mucho más sencillo de comprender. Solo estorbaban en él los adultos sensatos. Nunca viajé como entonces, nunca me transformé en tantas figuras diferentes, ni adopté personalidades tan ricas. El miedo a morir me resultaba desconocido, no existía ningún enemigo irreconciliable y nunca me vestí de manera tan espectacular como en aquellos viajes sobre los libros, tumbada sobre un cojín con las orejas enrojecidas entre los mechones de pelo que me caían sobre los ojos.


Con el tiempo me enteré de que el Castillo de If existía, una pequeña fortificación con su faro en una isla del archipiélago de Frioul. Que una localidad llamada Comala se encontraba en  México, aunque su perfil poco tenía que ver con la tierra que respiraba fuego de Pedro Páramo. Supe que Ítaca no había desaparecido, como le ocurrió a Troya o a la Atlántida, sino que asomaba su pequeña giba sobre el mar Jónico. Que era posible dar la vuelta al mundo en menos de 80 días, como demostró Nellie Bly, que el Transiberiano nos permitía atisbar los paisajes que un sufriente Miguel Strogoff recorría. Y en mi cabeza, además de la pasión por escribir, se fijó el deseo irresistible del viaje a esos territorios míticos, que otros escritores antes de mí atravesaron y que otros describieron sin ni siquiera conocerlos.


Ahora, en los momentos negros, soy yo la que invento los lugares a los que escaparme: así ha aparecido Oilea, la ciudad en la que siempre es octubre, o Gyomaendrod, donde no sabemos si avanzamos hacia el pasado o hacia el futuro. Describo casas que nunca han existido pero que conozco tan bien como la mía propia, me llevo a una princesa nórdica hasta Valladolid por los reinos medievales en los que creo haber estado, donde he dormido con miedo a una emboscada. Me llevo a mis lectores a ese viaje que para Alejandra Romanova finalizó en un sótano en Ekaterimburgo entre disparos y oigo las voces que resonaron en idiomas desconocidos, y las comprendo.


A menudo no sé si escribo o viajo, no sé si viajo o fabulo. Cuando me encuentro ante uno de esos escenarios mi mente no lo descubre, sino que lo reconoce: siento que en esos lugares estuve ya, que he experimentado muchas vidas en los pocos años que han transcurrido. Preparo esos espacios míos como si fueran habitaciones para huéspedes queridos. Al fin y al cabo, no sé quién me estará observando a través del libro, quién recibirá la invitación para buscar los lugares que yo describo. En los tiempos negros cada libro ofrece un refugio, una escapada. Así se ha viajado siempre, desde tiempos remotos, con la imaginación antes que con el cuerpo, con los sueños antes que con los proyectos, con las historias antes que con el movimiento, como hacen los niños y los exploradores.