Arrojar la cara importa por Jesús Torbado

La primera novela del escritor Dan Brown, "La fortaleza digital" (1996), arroja unas cuantas infamias y chorradas sobre Sevilla que sólo pueden considerarse dignas de juzgado literario de guardia.

Jesús Torbado

Un escándalo tan grande y rotundo como el que nuestra iletrada sociedad permite a lo que crece desde las páginas de un libro agita de nuevo las reconocidas hipocresías turísticas locales. Como bien experimentado está, en el reino dichoso de lo políticamente correcto cualquier disidencia es merecedora de desdén, insulto y guillotina. Decir, divulgar algo que incomoda al que manda -o al que paga- es pasaporte seguro al ninguneo, el olvido o la patada en la boca. El éxito mundial -incomprensible para muchos, como quien esto dice- del escritor norteamericano Dan Brown ha hecho prestar atención a unos cuantos detalles de su primera novela, La fortaleza digital (1996), cuya traducción aparecerá enseguida en las librerías españolas.

Ciertamente, en la nueva tontada marquetiniana impresa se anotan unas cuantas infamias y chorradas sobre Sevilla que sólo pueden considerarse dignas de juzgado literario de guardia; el libro podría desde luego ser encerrado en la cárcel de papel si no estuviéramos debidamente acostumbrados a la visión ciega, malintencionada, analfabeta o imbécil -o todo a la vez- de muchos famosos escritores acerca de España, su historia y su enjundia actual. Visión e interpretación que ya es clásica y secular y que enlaza (para ingleses y franceses, sobre todo) con cuestiones de otra índole: políticas, religiosas y económicas.

La nueva necedad puesta a la venta de este falso ocultista literario, su falta de información y de sensatez narrativa, importan aquí menos que el recibimiento que se ha hecho a sus onerosas fantasías. Con algún humor se le ha rogado que vaya a Sevilla (o que vuelva, si es que de veras conoce ya la ciudad), invitación oficial de por medio, para desengañarse y de paso ejercer promoción universal de la ciudad. Otros más airados han pedido más o menos que lo cuelguen del Giraldillo o lo zambullan en las poco amenas aguas del Guadalquivir. Han sido pocos, sin embargo, los que honorablemente se han planteando cuánta parte de verdad hay en las descripciones críticas del hoy popular novelista para poner de relieve esa verdad e intentar que desaparezcan sus fundamentos.

Quien haya turisteado este verano, también en meses anteriores, por la Andalucía que te quiere y no aceptara continuar cegado por la leyenda, quien se haya desfondado en una Sevilla tantas veces menos acogedora de lo que dicen sus coplas y sus moradores contemplará con cierta sorna los dicterios de Brown. De hecho, no pocos escritos aparecidos en la excelente prensa sevillana durante el mes de agosto intentaron parar los pies no a las mentiras del escritor exagerado sino a las que pródigamente siembra el optimismo bienpensante y abusador de muchas autoridades locales. (Hubo uno estupendo en ABC, de su director, sobre el penoso e indecente estado de algunas playas onubenses).

Raramente ante una crítica el responsable que la provoca acepta su enjundia, se responsabiliza para enmendar el daño o purgar por él, lo mismo que no hay político en España que tenga jamás culpa de nada (ni de pollos contaminados, ni de incendios, ni de muertos en carretera, ni de las torturas a españoles en las cárceles marroquíes). Las autoridades turísticas miran para otro lado cuando salen a la luz lacras a veces muy enquistadas y, si dan la cara, es para procurar que se la rompan a quien las expone a la luz. Incluso cuando se trata de una advertencia sólo agridulce dentro de un mapa de aplausos y de generosos parabienes. Fuera del elogio, con frecuencia pagado, si no vergonzosamente servil, pocas veces aceptan enfrentarse a una opinión adversa.

Y si tal opinión destaca por su fuerza divulgatoria, por la personalidad de quien la emite -en este caso, el novelista hoy más leído-, no cabe otra solución que salir del paso como se pueda. Por peteneras y con el consabido ataque: no tiene ni idea, es una exageración, nos tiene manía, comprado por la competencia, lo hace para vender más, quiere perjudicarnos porque somos superiores... No para solucionar el mal, para arreglar el entuerto, para notificar el daño. Claro que la situación es demasiado conocida y vieja, tan vieja que el sabio Goya ya la certificó con trazo maestro: Arrojar la cara importa, que el espejo no hay de qué...