Argentina y la cebolla, por Carlos Carnicero

Me gusta Buenos Aires como es. Si un día Argentina se estabiliza y se hace previsible, me pondré a llorar.

Carlos Carnicero
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Foto: Ximena Maier

A mi regreso, siempre me examinan sobre cómo está la Argentina. Como si fuera una pregunta con respuesta. Sería labor de antropología tamizada por psicoanálisis. El misterio de la nación se esconde en sucesivas capas herméticas entre sí: es cierto que todas ellas tienen la misma identidad compleja y contradictoria, como los sabores de las capas de cebolla que sería imposible distinguir, pero cuyas texturas cambian conforme se profundiza. El resultado es una esfera; la estructura más perfecta de la geometría. Todos los puntos de la superficie están a la misma distancia del centro y la densidad se distribuye de forma perfecta. Buenos Aires, como el resto de Argentina, está encapsulada, en stand by, esperando las elecciones del 2015. Es una paralización en continuo movimiento, excepto en el universo de las inversiones. La construcción y el negocio inmobiliario desaparecieron el mismo día que el Gobierno secuestró la circulación de dólares.

Hay incertidumbre, pero no crea zozobra. La confianza está radicada en el próximo diente de sierra de una economía en permanente montaña rusa. Ciclos de una docena de años. La superficie se agita a la menor oportunidad y todo el mundo despotrica del Gobierno sin llegar a precisar quién le votó para que ganara. Pero nadie aplaude a un nuevo candidato. Desconfianza en estado puro con la red de seguridad de que el voto, en la Argentina, es obligatorio. Hay que ir despegando capas para tomarle el pulso a la ciudad. Como siempre, las veredas están llenas de gente saboreando café con medialunas, conversando, sacando conclusiones y dando lecciones magistrales. Buenos Aires sobrevive con el culto a la palabra. Los restaurantes se desbordan a cualquier hora y no es fácil un ticket para el teatro.

Falta un cuarto de hora para que los restaurantes instalen máquinas de contar dinero. Como las de las películas de la mafia o las que operan en bancos y en casas de apuestas. Me fascina el swisssclokkkk que hacen cada vez que vuela un billete entre sus escobillas. Me acuerdo del rostro desencajado de Al Pacino en Scarface, con el ventilador disipando el humo, un puro en la boca y las máquinas contando un dinero inabordable. Lo pensaba el otro día, cenando en uno de mis restaurantes favoritos de Buenos Aires, Osaka, en el barrio de Palermo. Comida de fusión japonesa-peruana. No es barato, pero con la existencia de dos monedas y dos tipos de cambio puede resultar accesible. Además, los turistas disfrutan con la aventura del cambio de moneda en una cueva supuestamente clandestina; satisfacción de haber hecho negocio con el cambio de plata. El riesgo es solo escenografía.

En la mesa de al lado eran ocho. Comieron y bebieron. Y cuando les llevaron la cuenta, los fajos de billetes de cien pesos que apoquinaba cada comensal hacía insufribles los recuentos sucesivos. Cien pesos, en el mercado trucho, son algo más de siete dólares. Y el billete de cien es el de mayor valor. Hacen falta bolsillos para salir a cenar y tomar una copa donde la gente huye de los bancos como de la peste, porque las tarjetas de crédito dejan huella.

El Gobierno no emite billetes de más valor que el de cien pesos porque sería reconocer oficialmente una inflación que cabalga muy cómoda por encima del 40 por cien anual. Hubo un tiempo no muy lejano en que los taxistas insultaban cuando les pagaban con un billete de cien, y hoy apenas alcanza para una carrera terciada.

Tomo el avión para regresar a España e intento una síntesis. No tengo una respuesta nueva para la situación de Argentina. Solo les confesaré una debilidad que ya se ha convertido en pasión. No cambiaría nada, porque en esas capas sucesivas todas las contradicciones tienen un acomodo en equilibrio inestable. Cualquier alteración originaría un derrumbe de la estructura esférica, como de la cebolla. Me gusta Buenos Aires como es. Si un día Argentina se estabiliza y se hace previsible, me pondré a llorar.