Aquellos veranos de botijo y 600, por Carlos Carnicero

A comienzos de los años 60 el tiempo circulaba con una cadencia tranquila, de veranos eternos y sueños cumplidos.

Carlos Carnicero

No sé por qué recuerdo con todo detenimiento una recta enorme, rodeada de árboles, en aquella estrecha carretera que salía de Tudela, en Navarra, para avanzar hacia Pamplona. Iba la familia apilada en el 600 de mi padre. Uno de los primeros que se produjeron en aquella España de finales de los 50 o comienzos de los 60. Habíamos viajado en Talgo a recoger el coche en Barcelona. No te lo traían a casa. Era lo más hasta que empezaron a llegar los 1500 o los primeros Renault. Desde luego, en Zaragoza no había parquímetros y no recuerdo si había semáforos porque la escasez de tráfico solo meritaba guardas urbanos. No se publicaban estadísticas de accidentes porque no era fácil que dos vehículos se encontraran en la misma carretera. Lo más notable de aquella existencia eran los largos veraneos en Zarauz o Zarautz, como se llama ahora. Arrancaban a finales de junio, y habida cuenta de que en octubre eran las fiestas del Pilar, apurábamos las mareas bravas del comienzo del otoño. Al salir de Zaragoza, la primera parada obligada era en Alagón, para comprar melones. Acopio de familia numerosa, memoria del hambre de la posguerra. A la entrada de Pamplona, aprovisionamiento de chorizo en la fábrica de El Pamplonica. Luego, en Lecumberri, chistorra, y en el alto de Betelu, queso tipo gruyère que fabricaba un paisano que había sido emigrante en Suiza. No puedo entender cómo se podían meter tantas cosas y tanta gente en aquel pequeño vehículo, desde luego sin aire acondicionado, que solo existía en las películas americanas. El desembarco en la casa que alquilaban mis padres, en el centro del pueblo, era un espectáculo. Se hacía una cadena humana para subir los melones como si fueran cubos de agua en un incendio. Las hamacas de playa, las aletas y otros artilugios impensables.

Entonces el tiempo circulaba con una cadencia tranquila, de veranos eternos y sueños cumplidos. Recuerdo que la propietaria de la droguería Macazaga, que estaba debajo del piso que nos alquilaba, tenía una frase que repetía con entusiasmo siempre que no llovía: "¡Aprovechar, aprovechar, aprovechar!", y prácticamente nos empujaba para la playa. Eso era otra expedición: toallas, las hamacas de mi madre y de mi abuela y los champeros, tablas ligeras de madera para ejercer de precursores del surf, pero tumbados sobre la panza esperando la ola más grande. El mayor consumo de aquellos años era de vez en cuando un barquillo. Aquellos hombres llevaban a lo largo de la playa unos cestos enormes, vestidos de calle, y distribuyendo unos grandes barquillos de vainilla, doblados varias veces sobre sí mismos. Agotábamos la mañana y la fría agua del Cantábrico nos parecía un chorro de vapor. Luego, a comer a casa, como Dios mandaba. Dos platos y postre.

La bicicleta era para el verano. Recuerdo que cuando estaba aprendiendo bajé tan rápido la rampa que discurría hasta el malecón e hice un ejercicio de acrobacia para acabar en la arena. Me clavé un pedal en la pierna izquierda cuyo recuerdo es una cicatriz indeleble; herida de aquella primera guerra con la gravedad.

El juego era la petanca en la arena. Me apasionaba el reto de acercar las bolas grandes al pequeño señuelo. Todavía, cuando alguien me pregunta mi hándicap en el golf, afirmo solemnemente que yo soy un hombre de petanca, sobre todo porque lo necesario para jugar cabe en mi maleta y cualquier sitio es un campo de petanca aunque no tenga ni césped ni hoyos.

Cuando llegaba octubre se invertían los términos del viaje de ida. Ya no comprábamos chistorra ni melones y la melancolía ocupaba la mayor parte del espacio del Seat 600. Rezábamos para que el viaje se prolongara porque lo que no deseábamos era llegar. Eran tiempos con una sencillez que entonces era un lujo, que invitaba a la ansiedad durante todo el año para que llegara la fiesta de San Juan y volver a hacer el recorrido de cada verano. Me gusta recordar las cosas como eran y aprecio las cosas como son. Eso me permite afirmar que no me siento mayor. Y estaría dispuesto a volver a empezar de nuevo, botijo incluido.