António de Andrade, hasta la India y el Tíbet

El misionero portugués fue de los primeros occidentales que se adentró en el Tíbet. Con un afán más proselitista que explorador, cruzó montañas inimaginables y estudió la cultura y el idioma de los budistas. Murió envenenado.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay
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Foto: VIAJAR

¿Qué demonios hacía un jesuita portugués del siglo XVII en los confines más remotos del Tíbet? António de Andrade (1580-1634) llegó a la India siendo un novicio todavía, pero ya era superior de la misión en Agra cuando se tomó una excedencia para viajar por los reinos perdidos del Himalaya. Un hermano y dos criados le acompañaban. Como ignoraban el camino, de Delhi a Bradinath se unieron como polizones a unos peregrinos, pero el disfraz mogol no coló: unos les tenían por espías, otros por fugitivos.

No fue una travesía fácil para el padre: “Nos acontecía muchas veces hundirnos en la nieve hasta los hombros, y otras hasta los pechos, y de ordinario hasta las rodillas... viéndonos no pocas veces a peligro de la vida”. Ningún europeo había atravesado antes un collado de 5.608 metros con la ayuda del Señor. Sufrieron mal de altura, congelaciones, fotoqueratitis y deshidratación. Cuatro meses de marcha siguiendo el curso del Ganges para averiguar si quedaban almas cristianas en aquellos mundos de Dios. En Guge no las encontró, pero trató de convertir a los lamas levantando una iglesia católica ad maiorem Dei gloriam. “Espero que pronto veremos a muchos bautizados en estando más diestros en su lengua, porque es gente bien inclinada a la virtud, a rezar, traer reliquias y cosas santas”. Aunque contaba con el beneplácito del soberano tibetano, facciones contrariadas instigaron una rebelión y el apostolado se fue al garete cuando el pueblo vecino de Ladakh les invadió.

Por entonces, Andrade ya había vuelto a sus obligaciones en Goa, donde trabajó para el Santo Oficio de la Inquisición. Algún descontento le envenenó.

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A lo largo del siglo XVII, agentes jesuitas dispersados por todo Oriente recopilaron informes sobre las costumbres, religiones y gobiernos de India, Japón, Annam, Filipinas, China... Nuevo descubrimiento del Gran Cathayo o Reynos de Tibet es uno de estos documentos, donde Andrade relata su experiencia himaláyica en extensas cartas. El texto a continuación corresponde a un fragmento de este escrito, publicado en 1626 en Lisboa. Hasta entonces, nadie en Europa había oído hablar de aquella región, situada en el techo de un mundo tan bello como aterrador, que el sacerdote visitó en tres ocasiones. ¡Siglos tardaría un occidental en volver a entrar en Tsaparang!

“Este país promete más que cualquier otro del que haya oído hablar, pues sus gentes son dóciles y honestas”

Por este nombre del Gran Tíbet nombran los parceos estas tierras, a que los indostanes llaman Potente, para distinción de otro Tíbet pequeño que está más allá del reino de Cachemir, que es todo de moros, siendo pocos años de gentiles. De la ciudad de Tsaparang nos partimos mi compañero y yo para la ciudad de Agra, a la cual llegamos al cabo de siete meses, e informando a nuestros superiores de cómo las tierras del Tíbet no eran de cristianos, mas que parecían haberlo sido en algún tiempo, resolvieron que yo y otro padre volviésemos a estas partes el año siguiente, y que tomando más información del fruto que se podía esperar en la conversión de las almas, los avisásemos para que enviasen más religiosos que nos ayudasen en esta obra. Partimos dos padres de Agra al principio de junio de 1625, y aunque no faltaron dificultades, porque nos robaron en el camino, no fueron como las primeras del otro año de 1624. Traíamos carta del rey mogol para los régulos de las sierras, en que les pedía nos diesen paso para Tíbet, y llegamos a estas sierras en agosto de 1625. El rey del Gran Tíbet supo de nuestra venida, alegróse mucho y nos envió a recibir con sus criados a algunos días de camino. Llegamos a esta ciudad y nos recibió con gran gusto, y dentro de tres días partió para una guerra forzosa en la que anduvo mes y medio; en volviendo de ella trató muy de propósito saber las cosas de nuestra santa fe, y porque no sabíamos bien su lengua, fue necesario esperar algún tiempo hasta saberla mejor para poderle catequizar y a los suyos, y antes que digamos de esto diré algo de las calidades de estas sierras del Tíbet, y de la diversidad de reinos que en ellas hay para mejor noticia de esta empresa.

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El Tíbet, y por otro nombre Potente, comprende el reino de Guge, que es este en que estamos, y los de Ladaca, Mariul, Rudor, Utsang, y otros dos que le quedan a la parte del oriente, y todos estos con el gran reino de Sopó, que confina con la China por una parte, y por otra con Moscovia, hacen la Gran Tartaria. El imperio del Sopó es grandísimo y, según dicen, tiene más de cien régulos tributarios. El que llaman Catayo no es reino particular, es una ciudad por nombre Catay, cabeza de una provincia muy vecina de la China, de la cual dicen que es señor este monarca de los sopos. En todos estos reinos corre esta misma secta tibatense, sin diferencia alguna de consideración, y con poca en el lenguaje. La gente, por la mayor parte, es de buen natural, pía y bien inclinada a las cosas de su salvación, y muy contraria a la secta de Mahoma. No se tienen por gentiles, y es cierto que lo son, mas muy diferentes de los que hasta ahora tenemos noticia.

Este reino de Tíbet en que estamos es la puerta única para todos los demás. Hay en él muchos eclesiásticos, a los que llaman lamas. Estos se dividen en diez o doce suertes, aunque todos profesan lo mismo con alguna variedad en los ritos y ceremonias. Todos estos lamas viven sin casar, y la fama de su vida es muy buena, algunos de ellos viven en comunidad en sus conventos con superiores a los que obedecen, otros viven en sus casas particulares, unos y otros se sustentan de limosnas, y las piden, y aunque sean ricos las reciben cuando se las dan. Su profesión es rezar mucho, y leer por su libro, y dicen que es tan bueno leer por él como tener oración, y que Dios perdona por esto muchos pecados. (…)

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Son varias las costumbres de estos lamas, ayunan en cierto día del año, y a éste llaman Nuná, que quiere decir ayuno muy apretado, porque en él no comen más que una vez, ni beben suchá, que para ellos es de grande mortificación. En este día no hablan palabra, y solo por señas se declaran. Cuando los animales están malos, como caballos, vacas, carneros, etc, cierta casta de estos lamas rezan sobre los dichos animales ciertas oraciones por la mañana y a la tarde, mas hácenlo con los dientes cerrados y en esta forma hablan con las gentes en cuanto duran las tales enfermedades. Tienen otros días de ayuno ordinario, y en éste almuerzan por la mañana, comen carne a mediodía, y cuantas cosas quieren, y después del mediodía solo comen dulces, pasas, leche y cosas semejantes en la cantidad que quieren, y piensan ellos que ayunan porque no comen carne más de una vez al día, aunque beben muchas suchá como en los otros días que no ayunan, y dicen que lo hacen por ser cosa muy agradable a Dios, porque se ponen las lenguas más expeditas para rezar mejor.

Cuando rezan tocan trompetas de metal, mas entre éstas usan otras hechas de brazos y piernas de hombres muertos. También traen rosarios hechos de calaveras, y beben por ellas, mas no de ordinario, y preguntándoles yo la causa de esta costumbre, respondió el lama hermano del rey que tocaban en aquellas trompetas cuando oraban a Dios, para que los oyentes viniesen en conocimiento de lo que habían de ser presto, y que rezaban por aquellas cuentas porque la memoria de la muerte aprovechaba tanto para enmendar la vida como el rezar por ellas, y que las traían en las manos para traer siempre la muerte presente, y beben por calaveras para gustar menos de las cosas de esta vida.