Antigua y señorial

"Viví hace casi cincuenta años en Lisboa durante unos meses y ahora, al volver, no he encontrado muchas diferencias" Javier Reverte.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Así la llamaba una antigua canción y la verdad es que Lisboa no ha dejado de ser ninguna de las dos cosas: ni antigua ni señorial. Por más que los cruceros masivos lleguen hasta casi utilizar las vías de los tranvías tradicionales, la capital lusa resiste a ese turismo transatlántico que está punto de destrozar Venecia, que ha puesto Barcelona patas arriba, que ha llenado el Caribe de nórdicos barrigones y al que los osos de Alaska toman ya por un nuevo vecino algo ruidoso. Los que pensábamos que el avión iba a acabar con el misterio de los lugares más remotos o que el todoterreno convertiría en accesible las rutas más indomables, nos equivocábamos. Han sido esos barcos panzudos y feotes quienes han abierto el mundo entero a la curiosidad infinita de las masas. Soy de los que creen en el derecho de todos los humanos a visitar todos los lugares, pero los cruceros me dejan perplejo. Hasta tal punto que no me extrañaría encontrarme un día el anuncio de uno capaz de llevarnos a la cumbre misma del Kilimanjaro incluyendo, de camino, un safari fotográfico en el Serengeti.

Pero, de regreso a Lisboa, hay que decir que ha resistido. Y lo ha hecho de una manera curiosa: manteniéndose como era. Uno pasea por la Venecia crucerista de hoy y percibe que el rey absoluto de la vida es el dinero, que los venecianos han dejado de lado el buen gusto para echarse en brazos del beneficio inmediato; y la elegante Barcelona ha tomado un aire de diseño algo horterilla, en tanto que el Caribe parece un anuncio de refrescos de mango, y Alaska, de helados de cacahuete. Sin embargo, Lisboa todavía es “menhinha y moça”, como decía un fado de Carlos do Carmo. ¡Cómo nos gusta!

Allí siguen sus viejos tranvías verdes o amarillos recorriendo las calles y las cuestas empedradas de los barrios de Alfama, Graça, Chiado y el Alto. Y sus pequeñas tascas en donde se sirven chupitos de gininha. Y los recoletos comedores con olor a guisos de bacalao. Y, sobre todo, esas bellísimas fachadas decoradas completamente por azulejos de diseños geométricos y colores diversos. Lisboa no se parece a otra urbe salvo a sí misma.

Viví hace casi cincuenta años en la ciudad durante unos meses y ahora, al volver, no he encontrado muchas diferencias entre aquella mi Lisboa con la de hoy. La han machacado las crisis económicas, hay vendedores de marihuana en todas las plazas públicas, limosneros que invaden la plaza y las terrazas del Rossio, el barrio Alto y el Chiado, y decenas, si es que no cientos, de moto-taxis eléctricos, los tuk-tuk, conducidos por chavales con aire de acabar de terminar sus estudios universitarios (¿les quedan a los jóvenes lusos muchas otras salidas en el Portugal destruido por los bancos y los administradores de Bruselas?).

¿Y qué ha hecho Lisboa para dejar su rostro incólume y, pese a todo, mantenerlo lavado? Parecerse a sí misma tan solo. No abandonarse en brazos de los anuncios que falsifican la realidad, desdeñar el diseño de una ciudad de artificio, amar el bacalao, detestar el burger, dejar que el fado cante sus tristezas y añoranzas, y mantener esa honda dignidad que yo capto en casi todo lo portugués, una dignidad tan serena como discreta, sin estridencias ni banalidades.

Me gusta subirme en sus tranvías y trepar hacia las alturas de Graça, asomarme a los miradores que dan al estuario del gran Tajo, escuchar las campanadas de sus iglesias barrocas y silbar la música del inolvidable “ay, Portugal (valga Lisboa), ¿por qué te quiero tanto?”.