Años únicos por Javier Reverte

Lo mejor de las memorias de John Dos Passos, "años inolvidables", se encuentra en el relato de las relaciones que mantuvo con Hemingway y la pintura de la vida exagerada que hace de Fitzgerald, ambos miembros de la "generación perdida".

Javier Reverte

John Dos Passos es uno de esos escritores que has leído en tu juventud, luego has olvidado casi y, de pronto, algunos libros que encuentras entre las novedades, libros no publicados antes en España, te lo recuerdan. Da miedo abrir esos textos que no conoces, porque tus gustos han cambiado y te has llevado muchas decepciones literarias en los reencuentros. En mi mitología particular ocupa un buen lugar aquel Manhattan Transfer al que tantos han imitado luego, incluidos algunos escritores españoles calificados de ilustres literatos y de cuyo nombre más vale no acordarse. Como a los mitos hay que cuidarlos, preferí dejarme guiar por mis amigos lectores. Y ellos me animaron a leer dos obras de John Dos Passos que no conocía: la primera, hace unos meses, Orient Express , y la otra, más recientemente, Años inolvidables .

Orient Express constituye un apasionado texto viajero, algunos de cuyos pasajes aparecen en el segundo; en tanto que Años inolvidables , el último trabajo que publicó antes de morir, es un libro cargado de optimismo y melancolía. Creo que su edición española se la debemos a Ignacio Martínez de Pisón, que hace poco publicó un magnífico trabajo,Enterrar a los muertos , en el que narra la historia de José Robles, traductor al castellano del propio John Dos Passos, una historia que transcurre durante la II República y los comienzos de la Guerra Civil. En Años inolvidables , Martínez de Pisón, redescubridor del autor norteamericano, nos sitúa, a través de un lúcido prólogo, en la circunstancia de estas memorias de una época de la vida del escritor.

La verdad es que esos años, más que inolvidables, se nos antojan únicos en la historia de la literatura. Me refiero a las primeras décadas del siglo pasado, el turbio siglo XX. Por aquellos días, un grupo de jóvenes escritores nacidos en Estados Unidos se dedicaban a viajar por todo el planeta, desdeñando fronteras, cargados de exultante vitalidad y dispuestos a comerse -y también a beberse, desde luego- el mundo entero. Viajaban, gozaban y escribían, y todo era muy barato para sus bolsillos, pues Europa nadaba casi en la miseria mientras Norteamérica lo hacía en la opulencia. Y aunque ellos fuesen casi pobres para el nivel de vida americano, resultaban casi millonarios para el nivel de vida europeo. Supieron disfrutarlo, desde luego. Hablo de Fitzgerald, Hemingway, naturalmente Dos Passos y unos pocos más. El libro que ahora nos ocupa trata de ese tiempo exultante, gozador y creativo para una generación que Gertrude Stein llamó "perdida " y con la que, a muchos de nosotros, nos hubiera gustado perdernos en un mar de whisky, pesca, guerras, geografías recorridas, desparpajo en el vivir, creación desaforada y desenfado en la amistad y en la existencia. Aquellos tipos extraños para los cánones europeos, aquellos americanos insuflados de intensa vitalidad, lo mismo ocupaban el bar del Ritz de París en una borrachera pandillera y jovial que se subían a una ambulancia a recoger miembros mutilados de los muertos en un campo de batalla. Y luego escribían sobre el placer, la gloria, la muerte y el alcohol. Todavía, a estas alturas de la vida, no sabe uno si calificarlos de genios o de lunáticos, de excéntricos o de señoritos. En todo caso, lo queramos o no, sus vidas y sus obras nos atraen irresistiblemente con la fuerza de lo joven o de lo frívolo, vaya usted a saber.

Lo mejor de estas memorias de Dos Passos se encuentra, quizás, en su relato de las relaciones que mantuvo con Hemingway y la pintura de la vida exagerada que hace de Fitzgerald, ambos miembros, como él, de aquella "generación perdida ". El escritor nos da la clave de la situación de privilegio que gozaban los norteamericanos de la época al explicarnos que aquellos que habían combatido en la Primera Guerra Mundial tenían derecho a un año gratuito de estudios en las universidades europeas el curso de 1919. Y escribe: "París era realmente la capital del mundo. Parecía como si todos los norteamericanos capaces de leer y escribir se las hubieran apañado para conseguir un empleo en Europa ".

Una memoria de amistades hondas y más tarde rotas, Años inolvidables constituye también la despedida de un escritor. Y por eso resulta melancólico. "Envejecer -dice- significa renunciar a muchas cosas (...) Las gentes que llegan a obtener éxitos en el mundo han conseguido conservar vivo, de una manera o de otra, el sentido infantil del juego ".

Así aquellos años, así la figura de John Dos Passos.