Año Nuevo en Edimburgo, por Robert Louis Stevenson

El autor de "La isla del tesoro" viajó por Europa, Estados Unidos y los Mares del Sur, viviendo mil aventuras y anécdotas pintorescas que luego utilizó con maestría en sus crónicas y novelas.

Meritxell Álvarez Mongay

Tusitala, el que cuenta historias
Louis (pronunciado Lewis, a la inglesa, que es como al novelista le gustaba) nació en Edimburgo en 1850. Siempre delicado de salud, pasó gran parte de su infancia recostado en una cama y hasta edad tardía no aprendió a leer las historias fantásticas que su niñera le contaba. Descubierta su devoción literaria, era imposible ya que se hiciera ingeniero siguiendo la tradición familiar. Al padre, cabe imaginar, la noticia le sentó fatal, así que Louis calmó los ánimos en casa estudiando para abogado en la universidad, aunque nunca llegara a ejercer como tal. Él lo que quería era escribir y viajar. Francia, Suiza, Alemania... San Francisco, Nueva York, California... De hecho, fueron relatos de viaje lo primero que publicó el autor de El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, aunque La isla del tesoro sea el libro que lo hizo famoso.

Un mapa que dibujaba con su hijastro Lloyd le inspiró, en una de esas tardes de verano lluviosas de las Highlands en las que donde mejor se está es con gorg en el pub o con los tuyos en casa. En 1888 emprendió una travesía navegando por el Pacífico en busca de su propia isla, hasta desembarcar en Samoa con su familia, donde se quedaría de por vida. En Apia escribió La playa de la Falesa, La isla de la aventura y sus crónicas sobre los Mares del Sur; pero Tusitala ("el que cuenta historias", así es como los indígenas le llamaban, de Louis nada) nunca dejó de subirse al mástil de su imaginación para divisar sus queridas chimeneas escocesas cubiertas de niebla, hasta que el 3 de diciembre de 1894 (hace ahora 120 años) una hemorragia cerebral amarrara su cuerpo a tierra. Su tumba echa anclas en lo alto del monte Vaema.

"No hay estrellas tan bonitas como las farolas de Edimburgo", escribió Robert Louis Stevenson. Aunque luego echara pestes contra esta "a medias capital, a medias ciudad de provincias", de la que se escapaba siempre que podía, huyendo tanto de su ambiente opresivo como de su clima. "Hay algo que no se aprende en Escocia: a ser feliz", decía. Con todo, no hay mejor guía para recorrer las calles de la Auld Reekie ("la vieja humeante") que el escritor edimburgués. El siguiente texto corresponde a un fragmento de "Edimburgo. Notas pintorescas", publicado en "Viajar. Ensayos sobre viajes" (Páginas de Espuma, 2014).

Nadie que no haya sufrido algo así en sus carnes puede entender lo sórdido y deprimente que es el invierno en Edimburgo. Para algunas constituciones resulta físicamente insoportable, incluso, ese algo que ofrece la desolación del clima oriental; el viento les cansa, y el cielo pálido les deprime; y ellos regresan de su caminata para evitar así el aspecto de un sol que no refulge poniéndose entre nieblas perturbadas y pálidas. Los días son tan cortos que la gente hace sus cosas, en gran medida, al resplandor demacrado de una lámpara de gas. Los caminos se ponen tan pesados como si estuvieran en barbecho. Los transeúntes acaban tan mojados, tan machacados de barro, que a veces me pregunto cómo reúnen ánimos para quitarse la ropa. Y entre tanto el viento sopla por toda la ciudad como si ésta fuera una llanura abierta. Y si te quedas despierto toda la noche lo oirás chillando delirante sobre tu cabeza; oirás ruidos de barcos que naufragan, de casas que se derrumban. En una palabra: la vida es tan fea que hay veces que un corazón enferma dentro del pecho de un hombre; y el aspecto de una taberna, o la idea de un estudio caldeado e iluminado por el fuego, es como la visión de una porción de tierra para alguien que ha estado mucho tiempo bregando en el mar.

Al recrudecerse el tiempo y formarse la escarcha el mundo empieza a mejorar para los habitantes de Edimburgo. Aquí disfrutamos de soberbias puestas de sol subárticas con el perfil de la ciudad estampado en el cielo índigo, sobre un verde luminoso. Puede que el viento siga siendo frío, pero hay en el aire un remusgo que pone en circulación la sangre sana. La gente ya no tiene aspecto amargado ni de pesadumbre. Ahora se divide en dos grupos: uno, el de caballeros de cara azulada y el vientre cóncavo al que Invierno ha agarrado por los órganos vitales; en el otro grupo están los que van bien pertrechados con la comilona de Año Nuevo. Éstos son conscientes del ambiente frío que les rodea, pero son capaces de hacerle frente con el fulgor de su fuego interno. De este grupo recuerdo a uno que llevaba tres capas de grasa a quien ninguna temperatura extrema podía derrotar. "¡Bueno -era su jovial saludo-, esta sí que es buena!". Ver a estos tipos tan agradables siempre resulta tonificante y eleva el espíritu de sus paisanos. Hay una tercera clase que no depende de las ventajas corporales, sino que soporta el invierno con un corazón contento y valiente. Una noche heladora suficientemente fría para que escarchara pero con un viento muy fuerte, poco después de ponerse el sol, cuando las lámparas estaban empezando a hacer más grandes sus círculos de luz en la oscuridad también creciente, vieron a un par de muchachas descalzas que se acercaban por el este, desafiando al viento. Si una tenía nueve años como mucho, la otra, desde luego, no tenía más de siete. Llevaban unas ropas lamentables, y la acera estaba tan fría que no se podía poner un pie descalzo sobre ella sin encogerse de dolor. Sin embargo, ellas venían bailando, al son de una tonada que cantaba la mayor. La persona que vio esto, y cuyo corazón se inundó de amargura en ese momento, alberga desde entonces un reproche que siempre le ha sido de utilidad y que ahora ofrece, con sus mejores deseos, al lector.

Al final Edimburgo, con sus colinas satélites y todos esos campos ondulantes, se cubre de blanco. Si eso sucede durante la noche, las niñeras sacan a los críos de sus camas y corren con ellos hacia alguna ventana desde la que dominen el panorama, para que los niños puedan ver el cambio que ha operado la faz de la tierra. "Y las colinas están cubiertas de nieve -cantan- y lo crudo del invierno ha llegado ya". Y maravillados por el silencio del paisaje blanco, encuentran en las palabras un hechizo apropiado para la estación. La reverberación de la nieve aumenta la luz del día, pálida, y acerca más los objetos al ojo. Las Pentland humean y relucen con la cinta negra, aquí y allá, de alguna tapia de piedra seca. Y aquí y allá, si sopla el viento, muestran una nube de nieve pulverizada sobre sus lomas. El Estuario parece un brazo de mar que cualquier hombre podría salvar saltando desde el nevado Lothian al nevado Fife. Y el efecto no dura, como en otras ciudades, cosa de medio día: las calles se ponen negras enseguida, pero el campo conserva su blanco virginal. Y lo único que tenemos que hacer es levantar la mirada y contemplar millas y millas de campo nevado. Una alegría indescriptible se respira por toda la ciudad, y el corazón bien alimentado se acomoda ligero, y late dichoso en el pecho. Es tiempo de Año Nuevo.