Año de estrellas, por Mariano López

Hay que buscar lugares donde aún sean comunes el silencio y la música de las estrellas.

Mariano López

Van Gogh asociaba la noche con el amparo, el consuelo y la poesía. Desde niño se sentía fascinado por el crepúsculo, le intrigaban las tinieblas y creía que al anochecer, cuando todos los sonidos cesan, podía escucharse la voz de Dios bajo las estrellas. Uno de sus cuadros más famosos, la segunda Noche estrellada, retrata remolinos que agitan la noche y grandes estrellas envueltas en círculos de luz que parecen bailar sobre el pequeño pueblo de Saint-Rémy, ínfimo en el cuadro. Van Gogh amaba el color y la luz y por eso salía durante la noche al encuentro de los cielos intensos, llenos de luces lejanas e infinitas. "A menudo me parece -escribió a su hermano Theo- que la noche es mucho más viva y rica en colores que el día".

Los cuadros nocturnos de Van Gogh cuelgan ahora de las paredes del Museo Van Gogh en Amsterdam, en una exposición única con la que Holanda se suma, de paso, a pedirnos lo mismo que la Unesco con su declaración de este 2009 como Año Internacional de la Astronomía: que levantemos los ojos al cielo, al anochecer, en los lugares donde aún son comunes el silencio y las estrellas. El telescopio, por cierto, se cree que fue un invento holandés. Galileo oyó hablar de él en Venecia y se fabricó uno con un tubo, una lente cóncava y otra convexa. Descubrió las cuatro lunas de Júpiter, a las que llamó "planetas mediceos", para honrar al Gran Duque de Toscana, Cosme de Médici, y fue el primer ser humano que vio las montañas y los cráteres de la Luna y el primero que afirmó que los cuerpos celestes no eran perfectos sino que estaban sometidos al cambio, como la Tierra.

Sólo le creyó Johannes Kepler, el astrónomo que acabó con otro mito, el que sostenía, desde Platón, que los cuerpos celestes se movían en círculos. Kepler ya intuía, de joven, otras geometrías en el firmamento y llegó a afirmar que era posible que Dios hubiera dispuesto los astros y las estrellas en cubos, icosaedros y otros cuerpos regulares sólo con un fin: para que sonaran. Kepler creía que el universo se movía para crear música. Sostenía que la armonía que rige los cielos era muy parecida a la que gobierna la música y quizá llegó a anticipar en su imaginación un maravilloso y continuo vals cósmico como el que aparece en la película de Stanley Kubrick 2001, una odisea en el espacio. Una música que sólo Dios era capaz de escuchar, pero que era el fin último y necesario de la Creación. Quizá la misma música que oía Van Gogh.

¿Buscamos aventuras por el mundo sin haber pasado siquiera una noche bajo las estrellas? El cielo estrellado es una gran experiencia viajera. Accesible, habitual, económica e intensa. La mejor propuesta, quizá, para las próximas vacaciones. Con una dificultad: a la mayoría nos costará encontrar un lugar sin ruido, cubierto por miles de estrellas suspendidas de un cielo negro, negro. Pero así han sido siempre estas cosas del cielo. Como dijo hace más de dos mil años un personaje de Platón: a menudo, las cosas bellas son difíciles.