Andrea Navagero, embajador de la Serenísima

Humanista, escritor y enamorado de granada. El ilustre patricio veneciano fue un humanista del renacimiento que viajó por tierras de Cataluña, Aragón, Castilla, Andalucía y el País Vasco como embajador de Venecia entre los años 1525 y 1528. De ahí surgió su obra más conocida: “El viaje hecho a España y a Francia” (Venecia, 1563).

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay
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Foto: Viajar

Andrea Navagero (1483–1529) visitó España como diplomático. Su cometido, probablemente no lo tuviera claro ni él mismo, porque cuando desembarcó en Palamós la política muy revuelta: Carlos V acababa de ganar la batalla de Pavía y tenía prisionero al rey de Francia; era menester rebajar hostilidades entre los monarcas jugando las mejores cartas para la República Veneciana, a quien el intelectual representaba. Antes había sido cronista oficial de su ciudad natal, cargo aparejado al de bibliotecario de San Marcos. Como estudioso fanático de los clásicos, editó a Ovidio, Cicerón, Virgilio... Como poeta, fue un perfeccionista enfermizo que mostró al Siglo de Oro español qué era eso del endecasílabo. Tan honroso personaje fue que cuando llegó a Toledo le recibió ni más ni menos que don Diego Colón, hijo del Descubridor. Entre negociación y negociación, celebraron en Sevilla las tornabodas del emperador; en Granada se refugiaron del calor, para luego proseguir camino hacia Valladolid. “Es la mejor tierra de Castilla, abundante de pan, carne y vino y de todas las cosas necesarias a la vida humana”. Al regresar de la misión española le encomendaron otra en Blois, donde murió por fiebres.

Cronista de España y Francia

Los diplomáticos venecianos tenían la obligación de presentar ante el Senado un informe de su embajada a los quince días de su vuelta a casa. El fragmento a continuación corresponde a “Il viaggio fatto in Ispagna ed in Francia”, el texto que Micer Andrea Navagero escribió sobre su periplo español, del cual también dejó constancia en unas cartas dirigidas al geógrafo Giovanni Battista Ramusio, a quien había prometido enviarle noticias del Nuevo Mundo —“Vi yo en Sevilla muchas cosas de las Indias y tuve y comí las raíces que llaman batatas, que tienen sabor de castañas”—si a cambio le regaba las plantas de su jardín botánico en Murano.

Alhambra de Granada. Henry Stanier (1886) | Henry Stanier

“Todo es bello, todo apacible a maravilla y tan abundante en agua que no puede serlo más”

La ciudad de Granada está situada parte en unas alturas y parte en un llano, pero esta última es la menor; las alturas forman tres colinas separadas; la una se llama el Albaicín, porque vinieron a habitar en ella los moros de Baeza cuando los echaron de su tierra los cristianos; la otra se llama la Alcazaba, y la tercera, la Alhambra, que está más separada de las otras dos que éstas entre sí, porque entre ella y las otras colinas hay un vallecito en que se ven pocas casas, y por donde pasa el Darro. La Alhambra está cercada de murallas y es como un castillo separado de la ciudad, a casi toda la cual domina; hay dentro de los muros gran número de casas; pero lo que ocupa más sitio es un hermoso palacio que fue de los reyes moros (…) El patio está enlosado con finos y blanquísimos mármoles, algunos de grandísimo tamaño, y en medio hay un estanque lleno de agua que corre de una fuente, entra en el palacio y se reparte por él llegando hasta las cámaras; a los lados del estanque hay unas hermosas enramadas de mirtos y algunos naranjos. De este patio se pasa a otro menor, también embaldosado con hermosos mármoles, rodeado de habitaciones y de galerías; algunas de aquéllas están bien labradas, son bellísimas y frescas para el verano, pero no tan bellas como las de la Torre de Comares; en medio del patio hay una bellísima fuente, que por estar formada de varios leones que echan el agua por la boca, da nombre a aquel sitio que se llama el Patio de los Leones; éstos sostienen el mar de la fuente y están hechos de modo que cuando no arrojan agua, si se habla en la boca de uno de ellos, por muy quedo que sea, lo oyen los que pongan el oído en la boca de cualquiera de los otros (...). Se puede salir del palacio por una puerta secreta fuera de las murallas que lo rodean, entrándose en un hermoso jardín de otro palacio que está un poco más arriba en la colina y que se llama el Generalife, el cual, aunque no es muy grande, es muy bello y bien construido, y la hermosura de sus jardines y de sus aguas es lo mejor que he visto en España (…). En tiempos de los reyes moros, subiendo todavía más se pasaba del Generalife a otros hermosos jardines de un palacio que se llamaba los Alisares, y luego a otros jardines de otro palacio que se llamaba Daralharoza, y que ahora se llama Santa Elena, y todos los caminos por los que se iba de un lugar a otro tenían a los lados enramadas de mirtos; ahora está todo en ruinas y solo se ven algunos trozos de camino, los estanques sin agua y algunas matas de arrayán que después de cortadas brotan de las antiguas raíces. (…)

Granada. Juan de Sabis (1636) | Juan de Sabis

A cinco o seis leguas de Granada hay una elevadísima montaña, que por tener siempre nieve se llama Sierra Nevada, y no enfría mucho la ciudad en el invierno, porque está al Mediodía, y en el verano la refresca con sus nieves, de que usan mucho para beber en Granada en los grandes calores; en esta montaña hay muchas hierbas medicinales, y en ella se encuentra el trigo de varias espigas; hay en la cima un lago no muy grande, pero tan profundo que el agua parece negra, pero es incolora y transparente; de este lago nace el río Genil, que va luego aumentando con muchos arroyos, y después de regar a Granada se le junta el Darro y otros afluentes, pasando luego por Écija, que es la antigua Astigis, y más allá de Palma entra en el Betis. Al Genil llamaron los antiguos Singilis; con este río se riegan muchas tierras y las fertiliza; aunque el agua es muy fría por venir de las nieves, y la vega de Granada le debe mucho de su belleza.

(…) Todo es bello, todo apacible a maravilla y tan abundante en agua que no puede serlo más.