Andrea, de vivir en Barcelona a pastorear animales en un pueblo remoto de Castellón con 20 vecinos: "Me vine con una mano delante y otra detrás"
Andrea, una joven de 30 años, se ha establecido en el pequeño pueblo de sus abuelos en busca de una vida plena, y hoy lucha por el objetivo de promover el entorno rural y combatir el abandono.

El que fue el pueblo de su familia hoy se ha convertido en su hogar. / bertacf25
“Mi familia no tenía tierras, solo una fábrica de espardenyas. Ojalá hubiera tenido ese lujo, pero lo que tengo hoy me lo he ganado paso a paso”. Con solo 26 años, Andrea dejó su vida en la ciudad de Barcelona para mudarse al pueblo donde sus abuelos, a falta de mayor patrimonio, habían tenido una fábrica. Cuatro años después el mismo pueblo saluda su rebaño de cabras, y escucha cantar sus gallinas, relinchar su yegua y el paso acompañado del resto de sus animales, perros, gatos y hasta un conejo en un entorno que, decidida, prefirió frente a los coches.

Calles en el interior de Villores / viuelsports
Establecida en el municipio de Villores, en la comarca de Los Puertos de Morella, Castellón, comparte la vecindad con una veintena de habitantes, en una vida que admite “maravillosa” además de su reclamo en la lucha contra la despoblación, según explica en entrevista con el medio digital METROPOLI.

Sara Fernández García
Empezar desde 0 a cambio de una vida plena
“Me vine con una mano delante y otra detrás. Con menos de 500 euros en el banco y aceptando todos los trabajos que pude”, explica en relación con su llegada a esta nueva vida que hoy comparte en sus redes sociales (@andybu_rural) como alegato a la vida rural y su entorno. En el pueblo, los vecinos acompañan con el apoyo de su propia experiencia y el resto, como suele decirse, es aprender sobre la marcha.
Pero como ella, son muchos los que están dando el paso a esta nueva vida, dejando atrás las grandes ciudades en busca de volver a la tierra, reconocer sus raíces o simplemente vivir más tranquilos. Casos como el de la joven Sarka, antigua vecina de la ciudad condal y hoy emprendedora en un negocio sostenible en torno a los remedios naturales; Estrella y su nueva vida en Asturias; o Bea, que dejó Madrid para perderse en el Pirineo oscense. La vida rural espera y, poco a poco, los vecinos vuelven.
“En Barcelona hay tanto por hacer que muchas veces no haces nada. Aquí cada día tiene sentido”, sentencia Andrea agradecida.
Villores, patrimonio e historia
Todo tiene siempre un origen, y en el caso de Villores este se remonta a la conquista del noble aragonés Blasco de Alagón. Parte teórica del término de Morella, este pasó a formar parte en el siglo XIII del Monasterio de Monjas de Sigena y, desde entonces, repartida jurisdiccionalmente entre uno y otro, avanzó en tiempo e historia de la mano del resto del Maestrazgo.

Ayuntamiento de Villores, Castellón / Wikicommons / Juan Emilio Prades Bel
En el interior del pueblo, el casco urbano se traza con un acusado carácter medieval, con calles estrechas y empinadas que responden al vaivén del territorio. En las fachadas, típicas de Els Ports, mampostería, balcones de forja y tejas árabes en los tejados; y en el reconocimiento, las calles más emblemáticas: la Creueta, la Font, Bonet y Sant Roc, o la pendiente de la Costera.

Puerta del Palacio de los marqueses de Villores. / Wikicommons / Columbusalbus
Asimismo y respondiendo al patrimonio religioso que guía la historia del pueblo: la Ermita de la Virgen del Buen Suceso espera a las afueras del núcleo urbano, mientras que en el interior se esconde la Iglesia Parroquial, neoclásica del siglo XVIII y enmarcada en contrafuertes; el Castillo de Villores, de origen andalusí; el Palacio de los Marqueses de Villores, de estilo señorial civil y clara representación de la arquitectura señorial aragonesa y valenciana; o el Molí de la Cova, antiguo molino hidráulico cerca del paso del río Bergantes.
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