Amor a Cádiz, por Javier Reverte

Cádiz no es marina sino aérea porque, en cierto modo, tiene algo de ciudad irreal, como si no existiera salvo en el sueño.

Javier Reverte

Siempre que me preguntan en qué ciudad de España querría vivir si pudiera elegir con libertad, respondo como un tiro: Cádiz. Pero he reflexionado muy poco sobre por qué la urbe gaditana me gusta tanto. Apenas he estado allí un par de veces en mi vida y sólo durante unos pocos días. Me ha tocado casi siempre sufrir el viento de levante y un paisaje de océano dislocado, con gaviotas chillonas y una sábana empapada de fría humedad que recorre las calles como si escupiera sobre ellas. Y nunca estuve allá durante los Carnavales, cuando dicen que la ciudad ofrece lo mejor de sí misma. Entonces, ¿por qué Cádiz -me digo-, si hasta ahora tan sólo he visto su rostro más adusto?

Para ser más preciso, no es toda la ciudad de Cádiz lo que me atrae sino la Tacita de Plata, esa especie de istmo que penetra en el Atlántico igual que una delgada lengua de tierra que va redondeándose sensualmente al abrigo el mar y, en cierto modo, con la desfachatez de un advenedizo que violenta sin permiso los reinos de Poseidón. Aquel era un dios inclemente, vengativo y bruto, según cuentan los manuales de mitología. De manera que a la Cádiz "gadita", como se llama a sí misma la que puebla la Tacita, podríamos atribuirle el mérito de representar un poco la osadía humana, la audaz aventura de intentar clavar, quizás de manera inútil, una cuña de civilización en las aguas salvajes del océano.

Lo más extraño, para el recién llegado es advertir que existe, a la salida de la Tacita -o a la entrada, según se mire-, una frontera que llaman Puerta de Tierra. No sé bien si esto significa que el mar tiene puertas o quiere decir que, si cerrásemos esa puerta alzada en la tierra, comenzaríamos a vivir definitivamente en el regazo del mar.

A mí siempre me ha parecido, y así lo he escrito alguna vez, que cuando llegaba a Cádiz me subía a lomos de los aires. Cádiz, creo yo, no es marina sino aérea. Porque, en cierto modo, tiene algo de ciudad irreal, como si no existiera salvo en el sueño. ¿O es surrealista al fin? En sus callejuelas serenas, en sus plazas arboladas y en sus ruidosas freidurías y mercados, Cádiz te presenta el rostro triste de una vieja junto a la sonrisa feliz de una niña. Parece en muchas ocasiones que estampas de otras edades asomaran ante tus ojos en la calles de la Tacita, como si nada hubiera muerto en Cádiz y el tiempo estuviera esculpido en una materia eterna: en mármol, por ejemplo.

Mi amigo el poeta Antonio Hernández, de arrebatada fe gaditana, en su libro El mundo entero escribía de la ciudad:
Blanca y como la plata
aunque yo la prefiera como siempre:
con coches de caballo y un bullicio
de ciudad antillana (...)
la música escapando de sus puertas,
muy alzada de tono, con lujuria de rumba...

Así es que, pese a los niños descerebrados de las ruidosas motitos, esos hijos de padres mentecatos que rompen los oídos de los transeúntes en estos tiempos irreverentes, no dejo de escuchar los sonidos de los antiguos carruajes y de imaginar las sonrisas de las bellas damas de antaño y de ahora, las gaditanas de ayer y de hoy que tratan a sus pretendientes, maridos o amantes a pura chufla, que es quizás la mejor manera de relacionarse con un hombre.

Ya digo que no sé por qué me enloquece esta urbe remota que yo percibo que navega en los aires. Lo escribí en alguna parte hace tiempo y lo repito como entonces: si la ciudad de Cádiz decide alguna vez desaparecer y volar lejos de la Tierra hacia alguna lejana galaxia, será porque el mundo no estaba a su altura.

¿Lo has oído, quillo?