Alphonse de Lamartine, viajero romántico

El poeta, viajero y hombre político francés fue admirado por toda la generación de románticos. Tomó Italia como su patria de adopción y las tierras de Oriente Próximo como la patria de su imaginación.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay

"Me fui a Oriente, y durante dos años estuve paseando mis inquietudes por Turquía, Siria, Líbano, Tierra Santa...". Era su sueño de infancia, quizá fue al leer el viaje a Jerusalén de Chateaubriand cuando le entraron ganas. La Biblia, Homero, Goethe, Rousseau y Madame de Staël eran otras de las lecturas que el joven Alphonse de Lamartine (1790-1869) encontró en la biblioteca de su casa de campo en Milly, cerca de París. Llevaba una vida ociosa allí; por su linaje, el poeta se lo podía permitir. Como romántico que era, viajó a Italia, se batió en duelo con un tal coronel Pepe y se enamoró de Antoniella, una pescadora napolitana, la Graziella de su novela. Más tarde, ya casado con Elisa Birch y célebre por sus Méditations poétiques, regresó a "esta tierra de sensaciones" como embajador. Sus deberes diplomáticos le llevaron por toda Europa, al tiempo que escribía Harmonies, La Mort de Socrate o Le dernier chant du pélèrinage d''Harold, un homenaje a lord Byron. Poemas como Contre la peine de mort o Les Révolutions declaman las ideas de este parlamentario que empezó la carrera como monárquico y acabó presentando candidatura para la presidencia de la II República: "No hay un hombre más completo que aquél que ha viajado y ha cambiado veinte veces de forma de pensar y de vida". Estuvo en Oriente dos veces. De la primera, en 1833, regresó destrozado por la muerte de su hija. De la segunda, en 1850, volvió con un regalo del sultán otomano: 49.000 hectáreas de hacienda cuya renta debía servirle para saldar sus deudas. Le hubiera gustado envejecer en Egipto o en Siria, pero murió pobre y paralítico en un apartamento parisino.

El 11 de julio de 1832, Alphonse de Lamartine zarpó de Marsella rumbo a Oriente en el bergantín Alceste. Grecia le decepcionó, pero recorrió con fervor Siria, Galilea, Palestina... hasta llegar con su mujer y su hija a Jerusalén, Ciudad Santa asolada por una epidemia de peste. La expedición duró más de un año; el capricho le había costado 100.000 francos. Altamente endeudado, escribió Impressions, souvenirs, pensées et paysanages pendant un voyage en Orient, 1832-1833, ou Notes d''un voyageur. El texto a continuación corresponde a un fragmento de aquel relato, publicado bajo el título Viaje a Jerusalén en Ediciones del Viento.

"El mundo es un libro en el que cada paso nos abre una página"

Hasta allí no veíamos en las calles de Jerusalén nada que anunciase la existencia de un pueblo; ni una señal de riqueza, de movimiento y vida; habíamos sido completamente engañados, como lo fuimos antes en otros pueblos de Grecia y Siria. La más miserable posada de los Alpes y los Pirineos, las encrucijadas más sucias de nuestros barrios abandonados a las últimas clases de obreros y proletarios ofrecen un aspecto más lujoso y elegante que aquellas calles de la reina de las ciudades por las cuales no circulaban más seres vivientes que algunos beduinos montados en jumentos árabes (...).

Conforme íbamos entrando y saliendo de las calles, nos detenía el intérprete del convento latino delante de una casa turca en ruinas, de una vieja puerta de madera o de los restos de una ventana morisca y decía: "esta es la casa de la Verónica; esta la puerta del Judío Errante; esta la puerta del Pretorio"; todo lo cual me causaba una impresión desagradable, porque eran afirmaciones que desmentía el aspecto moderno de los edificios que nos enseñaba y la evidencia inverosímil de aquellas demostraciones arbitrarias; piadosos fraudes de los que nadie es culpable, porque no tienen procedencia y vienen repitiéndose acaso desde siglos atrás a los peregrinos, que los aceptan con crédula ignorancia y buena fe.

Por fin se me enseñó el techo del convento latino, pero nada más, porque no podíamos entrar, a causa de hallarse los religiosos sometidos a cuarentena. Se nos llevó, pues, a una reducida casa dirigida por un religioso, cura párroco de Jerusalén, destinada únicamente a los extranjeros; y como no tenía más que dos habitaciones que estaban ocupadas, nos vimos en la necesidad de entrar en un estrecho patio rodeado de altas arcadas que sostenían el terrado y que era el patio del convento. Los religiosos se asomaron al terrado y cambiaron algunas palabras con nosotros en italiano y español, porque ninguno hablaba francés. Casi todos eran ancianos de rostro dulce, bondadoso y venerable; nos recibieron con alegría y cordialidad, mostrando el más vivo sentimiento al verse privados de comunicarse con nosotros, que tan expuestos estábamos como ellos a contagiar y ser contagiados por la peste. Después de haberles dado noticias de Europa, nos ofrecieron y proporcionaron algunos alimentos, entre ellos panes frescos, que descolgaron desde el terrado con una cuerda. Por el mismo conducto recibimos también cruces, rosarios y otras piadosas curiosidades de que están abundantemente surtidos sus almacenes, dándoles en cambio algunas limosnas (...). Enviamos al campamento las provisiones con que nos habían abastecido y abandonamos aquel lugar, internándonos en algunas calles enteramente semejantes a las que he descrito, que nos condujeron a una pequeña plaza abierta al norte sobre un ángulo del cielo y del monte de los Olivos, y a la izquierda por unos senderos terminados en un atrio descubierto. Sobre este atrio se alzaba la fachada del Santo Sepulcro.

El interior se compone de un espacioso y bello monumento de gusto bizantino, grave, solemne, grandioso y rico para el tiempo en que fue construido; digno pabellón levantado por la piedad de los hombres sobre la tumba del Hijo del Hombre. Al comparar este edificio con los demás de su época, se le encuentra superior a todos, incluso a Santa Sofía, que es más colosal y también más bárbaro en su forma, como que se reduce a una montaña de piedras flanqueada por colinas de piedras, bien distinto del Santo Sepulcro, cuya cúpula aérea y cincelada y las labores de escultura que adornan las puertas, las ventanas, los capiteles y las cornisas no solo se ajustan a la masa general de la obra sino que revelan un trabajo hábil, inteligente y concienzudo. (...)

El monumento no es digno del Sepulcro, pero lo es de la raza humana que ha querido honrarlo; y bajo esta primera y grave impresión se entra en el vestíbulo abovedado y sombrío de la nave. Apenas se pasa el atrio, se ve a la izquierda, en el hueco de un ancho y profundo nicho, adornado en otro tiempo con esculturas, el diván establecido por los turcos, como guardianes que son del Santo Sepulcro, cuyas puertas solo ellos tienen el derecho de cerrar y abrir. Sobre este diván, agrupados en ricos tapices de Alepo y rodeados de pipas y tazas de café, estaban cinco o seis venerables turcos, de luengas barbas blancas, los que, apenas entré, me saludaron con dignidad y gracia, dando orden a uno de sus sirvientes de acompañarnos por todo el recinto de la iglesia. Ellos no pasan nunca de la puerta, pero hablan a los cristianos con la gravedad y el respeto que el lugar y el objeto de la visita inspiran. Dueños, por derecho de conquista, del monumento sagrado del cristianismo, no lo han destruido arrojando al viento sus cenizas sino, muy al contrario, lo conservan y guardan con un orden, una limpieza y una reverencia tan silenciosa y grave como no la tendrían tal vez las diferentes agrupaciones cristianas que se lo disputan. (...) El pueblo turco, bajo este aspecto, es el único pueblo tolerante que existe.