Almería: un plató de playas virtuosas y acantilados volcánicos

Antes de empezar a rodar "La mitad de Óscar" (2010), el director Manuel Martín Cuenca quiso familiarizar a su equipo con Almería, el plató natural de la película. Porque el paisaje del rincón más oriental de Andalucía, el silencio, el mar y el viento, constituyen el incierto trío protagonista que escolta este viaje cinematográfico.

B. Iznájar
El Parque Natural Cabo de Gata-Níjar es el territorio más vinculado a la cinta La mitad de Óscar, en la que el formato de 35 mm. absorbe los distintos matices de la luz invernal de un paraje con estructura volcánica que alterna altivos acantilados y virtuosas playas. En la más bella, quizás, en la cala de los Genoveses, o en una de las más aisladas, Barronal, el panorámico foco scope retrata la ausencia que gravita sobre el reencuentro de dos hermanos separados. A buen seguro que testigos de excepción en el rodaje fueron los flamencos rosados, que junto a más de 80 especies de aves descansan sobre uno de los ecosistemas andaluces más notables, el cordón litoral de varios kilómetros conocido como Las Salinas. En este singular enclave, solo la melodía de la brisa constituye la banda sonora del filme que acompaña, por ejemplo, los diálogos de Óscar con su amigo Miguel en medio de una alicaída industria salinera, que da forma a un entorno fascinante. La serena belleza del pueblecito marinero La Isleta del Moro Arráez, otrora destino y refugio de piratas, es el escenario donde los protagonistas se reúnen en torno a unos deliciosos platos de pescaíto acompañados por el cortejo acompasado de las aguas del Mediterráneo, cuna de la catarsis griega. Sus casas blancas y sus coloristas barcas de pesca decoran una escena de despedida. El traveling descriptivo en coche por el Paseo de Almería, jalonado de palmeras, sumerge al espectador en esta ciudad andaluza, que está presidida desde las alturas por los muros de la majestuosa Alcazaba, un recinto histórico de imprescindible visita. El ocre tiñe las escenas rodadas en las sierras, como la de Gádor, en cuya falda se extiende un pueblo asomado al mar, blanco y limpio, llamado Enix. Al salir del cine, el espectador se habrá llevado la imagen de la grandeza de lo sutil, un aliciente para escaparse a un territorio abierto y pacífico. De Lawrence de arabia a Indiana Jones, pasando por AlmodóvarSi la nube de paparazzi que hoy retratan a las figuras del cine hubiera existido en la década de los 60 del siglo XX, las dunas del Parque Natural Cabo de Gata-Níjar habrían constituido las trincheras perfectas desde las que disparar sus cámaras. El rodaje de Lawrence de Arabia (1962) llevó hasta la playa del Garrobico (Carboneras) a un Peter O'Toole cabalgando, sable en mano, sobre un pura sangre mientras Anthony Quinn u Omar Sharif intentaban hacerle la vida imposible en los oasis del desierto de Tabernas. Cuatro años después, con el invento del western latino de Sergio Leone, comenzaría a gestarse una de las atracciones turísticas almerienses: los sempiternos decorados del poblado de Mini-Hollywood. Allí, un joven Clint Eastwood desenfunda sus pistolas en Un puñado de dólares, La muerte tenía un precio, El bueno, el feo y el malo, pero las huellas de este justiciero también se extienden hasta el cortijo El Sotillo (actualmente hotel), simulando un Oeste americano que en realidad corresponde a los alrededores de la capital de la Reserva de la Biosfera almeriense, San José. Esta localidad también es la elegida por Pedro Almodóvar para rodar parte de la oscarizada Hable con ella (2002). Indiana Jones y la última cruzada (1989) coloca a Harrison Ford en la reservada cala de Monsul y las fantásticas rocas del pequeño núcleo pesquero de Los Escullos.