Alí Bey, un catalán en la Meca

El espía y explorador español Domingo Badía se hizo pasar por un príncipe musulmán para viajar de Marruecos a Turquía en una misión científico-política que le llevó por Trípoli, Chipre, Egipto, Arabia, Palestina y Siria.

Por Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay

"Un europeo que ocultando su religión y patria se presentase en África con el aspecto de un musulmán será dueño de visitar todas sus regiones. Solo será necesario poseer un poco el árabe, aprender algunas oraciones del Corán, vestir un traje, sujetarse a todas sus ceremonias o gestiones ostensibles y, tomando un nombre musulmán, hacerse reputar sectario del islamismo". Así, con pintas de príncipe abasí, recién circuncidado y adoptando el pseudónimo de Alí Bey, Domingo Badía (1767-1818) cruzó el Estrecho de Gibraltar en 1803. Era agente secreto de la Corona española, entre muchas otras cosas.

Nacido en Barcelona, heredó del padre la carrera de funcionario y estudió por su cuenta ciencias, historia, filosofía, idiomas... Trató de construir un globo aerostático con el que el arbitrista arruinó a su familia; pero ninguno de sus alocados proyectos es comparable a la expedición por el norte de África que le financió Manuel Godoy. Aunque le enviaran para conspirar contra Marruecos, su objetivo era científico: pretendía hallar las Fuentes del Nilo, desentrañar el curso del Níger, explorar Tombuctú, localizar la Atlántida... en un periplo de cinco años que le llevó hasta La Meca -suyo es el primer mapa occidental de la ciudad santa, el mismo que Richard F. Burton usó en su peregrinación-. En 1818 viajó de nuevo a Oriente Medio, pero ahora se hacía llamar Alí Abu Utman e iba patrocinado por Francia, donde vivía exiliado por masón y afrancesado. No pasó de Damasco. Como buen espía, se sospecha que fue envenenado; aunque lo más probable es que muriera de disentería. Él y sus misterios yacen enterrados bajo el desierto jordano.


Paisaje de Marruecos dibujado por Alí Bey.

Durante su viaje por África y Asia, Alí Bey escribió cada noche un diario donde anotaba desde vivencias personales y descripciones de ciudades a observaciones científicas de toda índole: astronómicas, botánicas, zoológicas, geográficas... La narración se convirtió en un best seller cuando en 1812 se imprimió en Francia, acompañada de un atlas con dibujos y mapas. No tardó en traducirse al inglés, al alemán y al italiano, pero no pudo leerse en español hasta 34 años después de la primera edición. El texto a continuación corresponde a un fragmento de sus Viajes por Marruecos, publicado por Ediciones B.

En prosecución de mi designio, a mi vuelta a España en abril de 1803 me embarqué en Tarifa en una pequeña lancha y después de atravesar el Estrecho de Gibraltar en cuatro horas, entré en el puerto de Tanja o Tánger [...]. La sensación que experimenta el hombre que por primera vez hace esta corta travesía no puede compararse sino al efecto de un sueño. Al pasar en tan breve espacio de tiempo a un mundo absolutamente nuevo y sin la más remota semejanza con el que acaba de dejar, se halla realmente como transportado a otro planeta. En todas las naciones del mundo los habitantes de los países limítrofes, más o menos unidos por relaciones recíprocas, en cierto modo amalgaman y confunden sus lenguas, usos y costumbres, de suerte que se pasa de unos a otros por gradaciones casi insensibles; pero esta ley constante de la naturaleza no existe para los habitantes de las dos orillas del Estrecho de Gibraltar, los cuales, no obstante, son tan extraños los unos de los otros como lo sería un francés de un chino. [...]


Grabado dibujado por Alí Bey, publicado en su Atlas de viaje.

Como era viernes y debíamos ir a la mezquita a hacer la oración de mediodía, siendo el rito de los marroquíes algo diferente del turco, que era el mío, mi turco me instruyó en las ceremonias del país. Más aún faltaban otros preparativos: el primero fue rasurarme la cabeza, aunque hacía pocos días que lo había hecho en Cádiz. El mismo turco me hizo la operación y su mano inexorable me puso toda la cabeza roja, excepto el mechón de cabellos reservado en la coronilla. Después de la cabeza se puso a rasurarme todas las demás partes del cuerpo, de modo que no quedase rastro de lo que nuestro santo profeta ha proscrito en su ley como horrible impureza. Luego me acompañó al baño público, donde hicimos nuestra ablución legal. En otra parte hablaré de esta, como también de las ceremonias de la oración en la mezquita, adonde fuimos a mediodía, con lo cual se terminó nuestra santa obra en aquel viernes.

El siguiente sábado comenzó la fiesta del Mulud, o nacimiento de nuestro santo profeta, cuya celebración dura ocho días. En esta época se hace la circuncisión de los niños [...]. Para ir al lugar del sacrificio, se reúne cierto número de muchachos que llevan pañuelos, cinturones y aun andrajos, suspendidos de palos o cañas a modo de banderas. Detrás de aquel grupo viene una música compuesta de dos gaitas, que tocan al unísono, y no por eso son menos discordantes, y de dos o más tambores de sonido ronco: orquesta muy desagradable a cualquier oído habituado a la música europea, como es el mío. Sigue el padre o pariente más cercano con los convidados que rodean al niño montado en un caballo [...]. Al llegar el neófito, su padre, o la persona que hacía sus veces, se adelantaba a él, entraba en la capilla, besaba la cabeza del ministro circuncisor y le hacía un cumplido. Al punto traían al niño y lo asía el hombre fornido encargado de recibirlo, el cual, tras remangar su ropa, lo presentaba al circuncisor para el sacrificio. Al mismo tiempo, se dejaba oír la música con estruendo; los muchachos, sentados detrás del ministro, se levantaban al unísono dando terribles gritos y atraían la atención de la víctima hacia el techo de la capilla, señalándolo con el dedo. Aturdido el niño con tal barahúnda, levantaba la cabeza y en este momento el ministro, asiendo la piel del prepucio, la tiraba con fuerza y la cortaba de un tijeretazo. Al instante otro echaba el polvo astringente en la herida y un tercero la envolvía con hilas sujetándolas con una venda; luego se llevaban al niño en brazos. Toda la operación no duraba un minuto, aunque se hacía muy groseramente. [...] He oído decir a los cristianos que, visitando algunos de ellos países musulmanes, habían viajado con seguridad protegidos con el traje de los habitantes, pero lo tengo por imposible si no se sometieron previamente a la circuncisión, pues es lo primero de que se informan viendo extranjeros, de suerte que a mi llegada a Tánger lo preguntaban a mis gentes y a veces a mí mismo. [...]


Este de El Cairo. Pintura de David Roberts (1845-1849).

El traje de los habitantes es camisa con mangas anchísimas, enormes calzones de tela blanca, chaleco de lana, bonete rojo y puntiagudo; la mayor parte llevan alrededor de este una tela o muselina blanca que forma el turbante. El hhaik los envuelve enteramente y cubre su cabeza a manera de cogulla, a veces el capote o albornoz blanco con su capucha encima del hhaik, y las babuchas o pantuflos amarillos. [...] Las mujeres salen siempre tan completamente envueltas que con dificultad se vislumbra un ojo en el fondo de un gran pliegue de su hhaik [...]. Cuando llevan un niño u otra carga, siempre es sobre la espalda, de modo que no se puedan ver las manos.

El carácter distintivo de aquellas gentes es la ociosidad: a cualquier hora del día se les ve sentadas o tendidas cuan largas son por las calles y otros parajes públicos. Son eternos habladores y visitadores, de manera que al principio me costaba mucho desembarazarme de ellos, mas luego, como me tenían respeto, se retiraban a la primera insinuación y así me dejaban tiempo para trabajar.

Texto extraído de "Viajes por Marruecos", de Alí Bey (Ediciones B, 1997).