Alexander Von Humboldt, padre de la geografía moderna universal

"Viaja para la adquisición de sabiduría", ponía en el visado del naturalista, geógrafo, astrónomo, biólogo y humanista prusiano. Un polímata y explorador enciclopédico que descubrió científicamente lo que hoy es Latinoamérica (a su paso por España, hizo lo propio con la meseta castellana), convirtiéndose en el más sonado de los últimos ilustrados.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay
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Foto: Viajar

Fiebre por los lugares desconocidos y lejanos

Alexander von Humboldt (1769–1859) padecía aquello que los alemanes llaman fernweh, una nostalgia por lugares desconocidos y lejanos. Por eso quizá aborreciera Berlín, porque se crió allí, en un palacete donde le educaron para funcionario, aunque lo que le gustaba era salir al campo a llenarse los bolsillos de insectos y plantas.

Así que dejó el Ministerio de Minas prusiano para fundirse la herencia de su madre en un gran viaje científico, con las posesiones españolas de ultramar como destino: aprovechó la escala chicharrera para subir al Teide; en la selva de Venezuela descubrió especies nuevas; le acribillaron los mosquitos mil millas Orinoco arriba; disecó algún cocodrilo; le tomó la temperatura a la corriente peruana y localizó el ecuador magnético brújula en mano; cruzó a pie los Andes y pesó el aire enrarecido del Chimborazo, ningún barómetro había llegado antes tan alto. Midiendo, midiendo, estuvo en Cuba y México; en Washington visitó a Jefferson. Y regresó con los baúles repletos de naturalezas extrañas como las castañas. La fama que llegó a alcanzar él la explicaba, medio en chanza, por su longevidad extraordinaria. Ya peinaba canas cuando partió a una expedición de 16.000 km por la estepa siberiana. Murió con la nostalgia de no haber ido al Himalaya.

Cotopaxi (Ecuador), uno de los volcanes estudiados por Humboldt. | Pintura de Frederic Edwin Church

Cinco años por las Américas

Si el viaje de Humboldt por las Américas duró cinco años (de 1799 a 1804), escribir y publicar sus resultados le mantuvo ocupado de por vida. Se sabe que el capitán Nemo poseía su obra al completo, algo que ni el propio autor de Cosmos podía permitirse ya que andaba siempre en apuros financieros. Fue por este motivo que aceptó un puesto como chambelán del rey de Prusia; aunque él, de natural, se inclinara por las repúblicas revolucionarias, crítico con la esclavitud y las colonias. El texto a continuación corresponde a fragmentos de México, antología editada por Casimiro Libros a partir de Ensayo político sobre el reino de la Nueva España.

Interior del cráter del Teide. | Wellcome Library, London

"El antiguo Tenochtitlan debía parecerse a algunas ciudades de Holanda o de China"

Los primeros conquistadores quisieron que el hermoso valle de Tenochtitlan se pareciese en todo al suelo castellano en lo árido y despojado de su vegetación. Desde el siglo XVI se han cortado sin tino los árboles, así en el llano sobre el que está situada la capital como en los montes que la rodean. La construcción de la nueva ciudad, comenzada en 1524, consumió una inmensa cantidad de maderas de armazón y pilotaje. Entonces se destruyeron y hoy se continúan destruyendo diariamente, sin plantar nada de nuevo, si se exceptúan los paseos o alamedas que los últimos virreyes han hecho alrededor de la ciudad y que llevan sus nombres. La falta de vegetación deja el suelo descubierto a la fuerza directa de los rayos del Sol y la humedad que no se había ya perdido en las filtraciones de la roca amigdaloide basáltica y esponjosa se evapora rápidamente y se disuelve en el aire cuando ni las hojas de los árboles ni lo frondoso de la hierba defienden el suelo de la influencia del Sol y vientos secos del mediodía […].

Alexander von Humboldt y Aimé Bonpland al pie del volcán del Chimborazo. Cuadro de Friedrich Georg Weitsch (1810). | SPSG

Este estado de cosas ha venido del deseo de hacer de la antigua ciudad de México una capital, en donde al mismo tiempo que pudiesen andar carruajes, hubiese menos peligro de inundaciones. En efecto, el agua y la vegetación han disminuido con la misma rapidez con que se ha aumentado el tequesquite (o sea, carbonato de sosa). En el tiempo de Moctezuma y todavía mucho después eran célebres el arrabal de Tlaltelolco y los barrios de San Sebastián, San Juan y Santa Cruz por el hermoso verdor de sus jardines; y en el día, estos mismos sitios, y principalmente las llanuras de San Lázaro, no prestan a la vista sino una costra de sales eflorescentes. La fertilidad del llano, aunque siempre es de grande consideración en la parte meridional, no es con todo tan grande como lo era cuando la ciudad estaba en medio del lago. Acaso con una prudente economía del agua y con algunos pequeños canales de riego se podría restituir a aquel suelo su antigua fecundidad y su riqueza a un valle que parece destinado por la naturaleza a ser la capital de un gran imperio […].

Cóndor de los Andes (Vultur gryphus). Dibujo de Von Humboldt. | Viajar

Según pintan los primeros conquistadores al antiguo Tenochtitlan, adornado de una multitud de teocallis que sobresalían en forma de minaretes o torres turcas, rodeado de aguas y calzadas, fundado sobre islas cubiertas de verdor y recibiendo en sus calles a cada hora millares de barcas que daban vida al lago, debía parecerse a algunas ciudades de Holanda, de China o del Delta inundado del Bajo Egipto. La capital, tal cual la han reedificado los españoles, presenta un aspecto acaso menos risueño, pero mucho más respetable y majestuoso. México debe contarse entre las más hermosas ciudades que los europeos han fundado en ambos hemisferios. A excepción de San Petersburgo, Berlín, Filadelfia y algunos barrios de Westminster, apenas existe una ciudad de aquella extensión que pueda compararse con la capital de Nueva España, por el nivel uniforme del suelo que ocupa, por la regularidad y anchura de las calles o por lo grandioso de las plazas públicas. La arquitectura en general es de un estilo bastante puro y hay también edificios de bellísimo orden. […]

He visto en un corto espacio de tiempo Lima, México, Filadelfia, Washington, París, Roma, Nápoles y las mayores ciudades de Alemania. […] En medio de las comparaciones cuyos resultados pueden ser menos favorables para la capital de México, debo confesar que esta ciudad ha dejado en mí una cierta idea de grandeza, que atribuyo principalmente al carácter de grandiosidad que le da su situación y la naturaleza de sus alrededores.