Aire de pájaros

En Madrid, a partir de febrero, las gaviotas se juntan por miles a la hora del ocaso en el cielo de la calle de Velázquez.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Mónica Fernández-Aceytuno, que es bióloga y columnista de prensa, ha escrito un libro extraordinariamente singular que acabo hace poco de concluir y que tiene por protagonista la Naturaleza española. Lo mejor que tiene el trabajo es que se aparta de los géneros con una sutil elegancia, mientras entreteje un texto que mezcla la información con una voz poética tan natural como el agua y el viento. El título no puede ser más sugerente: El país de los pájaros que duermen en el aire. Por lo visto, ese país es el nuestro.

Resulta un orden anárquico el que a primera vista propone este trabajo, pero en su fondo hay un orden preciso que responde a exigencias puramente literarias: las que dicta la poesía. Fernández-Aceytuno ha dispuesto una división del libro en función de los 12 meses del año y, mes a mes, nos va revelando los secretos de la Naturaleza española; desde cuándo llegan las golondrinas a cuándo florecen las amapolas. Siempre en forma caprichosa, pero nunca despegada de la tierra, del aire y del agua, se trata de un libro que mira al fondo del espacio, a las profundidades del mar y a la honduras de la tierra. Y en el que se mezclan insectos, flores, mamíferos, peces, pájaros, olores y colores, el sol y el viento.

Nos cuenta la autora, por ejemplo, que en Madrid, a partir de febrero, las gaviotas se juntan por miles a la hora del ocaso en el cielo de la calle de Velázquez, "dando vueltas en espiral como los papeles abandonados". Yo he ido a comprobarlo y las he visto llegar, jugar por bandos en las lejanías del aire y marcharse luego quién sabe adónde.

Y de súbito, casi a renglón seguido, la escritora nos habla del pez luna, "grande, redondo y pleno" como el satélite, al que, según ella, los pescadores de la Costa Brava consideran un pez tonto. Y lo define como un "pez de boca pequeña y cara de buena persona, que no escapa cuando lo tocas y que, gracias a los movimientos que hace con los maxilares, produce una especie de ronquido".

También señala que las abejas, entrado el mes de mayo, son quienes traen los primeros ruidos de la mañana y que, si el sonido de su aleteo es apagado y sordo, "es que afuera hace frío, o está nublado y llueve y las flores no van a abrirse". Y afirma a renglón seguido: "Si, por el contrario, hay un zumbido de la colmena agudo y alegre, es que afuera el día está seco y soleado". Anota Mónica que las abejas elaboran su miel de las flores del romero, la aliaga y la ajedrea, pero que la del tomillo es la que de verdad "sabe a sus flores".

Para junio los zorros amamantan a sus cachorros y hay hembras "prestadas" que adoptan la camada de otras para brindarles su leche. Este animal avispado e inteligente, sabe hacerse el muerto cuando le va la vida o el alimento en la faena, y la autora nos relata algunos casos. El mejor, el de aquel ejemplar que, pillado en una trampa, no movía un pelo y ni un solo músculo cuando el trampero gallego se acercó, supongo que a rematarlo. Pero una mosca se posó en uno de sus parpados, el animal lo guiñó levemente y el hombre descubrió el truco.

En noviembre despiertan los lobos y, en abril, los vencejos comienzan a pasar de África a la península. Por miles. Y, según Mónica Fernández-Aceytuno, esas noches "habrá, en el cielo, vencejos dormidos". Son los pájaros que duermen en el aire y que dan título a su libro.