Agatha Christie, la gran dama del Orient Express

Siempre deseosa de ver mundo, la gran dama del misterio imaginó muchas de sus mejores tramas de suspense mientras viajaba lejos de Torquay, el pueblo costero inglés donde nació hace ahora 125 años.

Meritxell Álvarez Mongay

La gran dama

Imposible saber cuántos crímenes urdió Agatha Christie (1890-1976) viajando en el Orient Express; era su tren predilecto y se emocionaba cada vez que montaba en él. Distintas eran las travesías en barco -"¡Odio viajar por mar!"-, en las que acababa más mareada que un pato. Aun así, a la escritora le apasionaba irse de vacaciones lejos de casa, tanto como cometer asesinatos a máquina. Homicidios que empezó a perpetrar cuando su hermana le retó a escribir una historia policíaca, durante la Primera Guerra Mundial. Entonces trabajaba como enfermera voluntaria en un hospital, donde aprendió a manejar los venenos que tanto usaría como arma del crimen en sus novelas.

Siempre hizo cosas poco usuales para una lady inglesa de la época: montar en aeroplano, recorrer medio mundo promocionando una exposición del Imperio Británico, surfear en las playas de Honolulu y las Canarias o partir sola a Mesopotamia en un tour con la agencia Thomas Cook que en 1928 le llevó de Damasco a Bagdad en autobús. Ni el mareo del traqueteo le impidió enamorarse del desierto primero y de Max Mallowan luego, un arqueólogo con quien contrajo matrimonio y a quien acompañó en sus excavaciones por Oriente Próximo, soportando molestias como compartir cama con chinches y ratas, ¡pero que una almohada de plumón no le faltara!: "Para mí representa la diferencia entre la comodidad y la miseria". Además de preparar bizcochos, se encargaba de supervisar la expedición, revelar fotos, limpiar cerámicas ¡con cremas para la cara!... Sin olvidarse, entre un hallazgo y otro, de Poirot, Mrs. Marple y sus cadáveres, inseparables compañeros de viaje.

Agatha Christie disfrutaba escribiendo libros en el desierto, donde encontró el ambiente idóneo para algunas de sus mejores novelas detectivescas: Asesinato en el Orient Express, Muerte en el Nilo, Intriga en Bagdad, Asesinato en Mesopotamia... Fue en estos escenarios donde la reina de la intriga pasó los años "más felices e intensos" de su vida, entre 1928 y 1958, mientras ayudaba a su marido Max a descifrar los enigmas de la historia en yacimientos arqueológicos de Irak y Siria. Experiencia que relató en Ven y dime cómo vives (Tusquets, 2008), el libro al que corresponde el fragmento siguiente.

"Adoro ese generoso y fértil país y a sus gentes sencillas, que saben reír y gozar de la vida"

Llegamos a la colina a las seis y media de la mañana, de modo que debemos hacer un alto para desayunar a las ocho y media. Comemos huevos duros con tortas de pan árabe; Michel, el chófer, trae té caliente, y bebemos en tazones esmaltados, sentados en lo alto del montículo; el sol es placenteramente cálido y las sombras matinales vuelven el paisaje increíblemente encantador, con las montañas azules de Turquía al norte y, a nuestro alrededor, brotes de minúsculas flores rojas y amarillas. El aire fresco es delicioso. Se trata de uno de esos momentos en los que da gusto estar vivo. Los capataces sonríen contentos; se acercan unos críos que conducen vacas y nos observan con timidez. Van vestidos con harapos insospechados y muestran sus brillantes dientes blancos al sonreír. Pienso en lo dichosos que parecen y en lo agradable que es la vida; como en los cuentos de hadas de antaño, deambulan por las colinas reuniendo el ganado, a veces se sientan y cantan.

[...] Sonrío a una chiquilla que lleva la frente tatuada y le ofrezco un huevo duro. Al instante sacude la cabeza alarmada y se aleja deprisa. Comprendo que he cometido una inconveniencia. Los capataces tocan sus silbatos. Vuelta al trabajo. Paseo con tranquilidad alrededor de la elevación y hago una pausa de vez en cuando para observar diversos procesos del trabajo. Siempre abrigo la esperanza de encontrarme donde corresponde en el momento en que se produzca un hallazgo interesante. ¡Por supuesto, nunca lo logro! Esperanzada, permanezco veinte minutos apoyada en mi bastón-taburete viendo llegar a Mohammed Hassan y su cuadrilla; observo después al equipo de Isa Daoud y, más tarde, me entero de que el descubrimiento del día -una maravillosa vasija de cerámica tallada- se hizo en cuanto cambié de posición. También me aplico a otra tarea. No les quito ojo de encima a los canasteros. Pues los más holgazanes, cuando llevan sus canastas al vertedero, no vuelven enseguida. Se sientan al sol para revisar la tierra de sus canastas y a menudo pasan un cómodo cuarto de hora así. ¡Más censurable aún, algunos se hacen un ovillo encima del vertedero y se echan un sueñecito!

Hacia el final de la semana, muy puesta en mi papel de espía, presento mi informe: "Aquel pequeñín, el de tocado amarillo, es de primera; no afloja un solo instante. Yo despediría a Salah Hassan, que se pasa el día durmiendo sobre el vertedero. Abdul Aziz es bastante gandul, lo mismo que el de la chaqueta azul hecha jirones". Max coincide respecto a Salah Hassan, pero dice que Abdul Aziz tiene ojos de lince y que nunca se le escapa nada.

De vez en cuando, en el curso de la mañana, si se acerca Max, brota un arrebato de energía por completo ficticio. Todos gritan "¡Yallah!", cantan, danzan. Los canasteros van y vuelven jadeantes del vertedero, arrojan sus canastas vacías al aire, chillan y ríen. Luego todo se apaga y las cosas van todavía más despacio que antes. Los capataces no dejan de gritarles "¡Yallah!", y una especie de fórmula sarcástica que tal vez haya perdido eficacia por la repetición constante: "¡Os movéis como viejas! ¿No sois hombres? ¡Qué lentitud! ¡Parecéis vacas derrumbadas!".

Me alejo de la excavación y rodeo el extremo opuesto del montículo. Aquí, de cara al norte, mirando hacia la cadena de montañas azules, me siento entre las flores y entro en un agradable estado de coma. Un grupo de mujeres avanza hacia mí desde cierta distancia. Por su variopinto colorido deben de ser kurdas. Arrancan raíces y recogen hojas caídas. Avanzan en línea recta. Ahora están sentadas a mi alrededor, formando un círculo.

Las mujeres kurdas son alegres y guapas. Usan colores brillantes. Llevan turbantes anaranjados, su indumentaria es verde, morada y amarilla. Altas, la cabeza erguida sobre los hombros, la figura echada para atrás: siempre parecen arrogantes. Tienen la tez bronceada, las facciones regulares, mejillas rojas y, en general, ojos azules. Casi todos los hombres kurdos muestran un notable parecido con una foto coloreada de lord Kitchener que estaba en mi cuarto de juegos infantiles. Rostro rojo ladrillo, grandes bigotes castaños, ojos azules, porte fiero y marcial.

Por aquí hay, aproximadamente, igual número de aldeas kurdas que de aldeas árabes. Hacen la misma vida y profesan la misma religión, pero ni un solo instante confundiría a una mujer kurda con una árabe. Las mujeres árabes son invariablemente recatadas y reservadas; vuelven la cara cuando les hablas, si te miran lo hacen desde cierta distancia. Cuando se ríen, se cohíben y desvían la mirada. En su mayoría visten de negro o de colores oscuros. ¡Y a ninguna mujer árabe se le ocurriría dirigirle la palabra a un hombre! Las kurdas no tienen ninguna duda de que valen tanto como cualquier hombre o más. [...]

Mis kurdas de esta mañana me examinan con sincero interés e intercambian entre sí comentarios chuscos. Son muy simpáticas, me señalan y ríen, hacen preguntas, suspiran, agitan la cabeza y se dan golpecitos en los labios. Es evidente que dicen: "¡Qué lástima que no podamos entendernos!".

Texto extraído de "Ven y dime cómo vives", de Agatha Christie Mallowan. Tusquests, 2011.

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