África, por Mariano López

El próximo mes también hablaremos del Parque Kruger, cuando se desvele la primera Expedición de VIAJAR.

Mariano López
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Foto: Victoria Iglesias

No existen atardeceres más bellos que los de África. Para ser más preciso, los del sur de África, donde la luz y los cuerpos celestes responden a unas reglas diferentes, las que rigen al sur del Ecuador. La Luna, por ejemplo, no miente: solo en el hemisferio sur tiene la forma de C cuando es creciente. Pero hablábamos de atardeceres. Materia delicada. Conozco varios lugares que podrían llegar a demandar a quienes osaran arrebatarles el título, autootorgado, del mejor atardecer del mundo. Y a decenas de viajeros capaces de postular puestas de sol realmente inolvidables con una fiereza verbal solo comparable a la de quienes defienden en los bares las esencias de su club de fútbol. En ocasiones, el espectáculo que ofrecen los fans de los atardeceres es más llamativo que el que genera la propia puesta de sol. En Aruba, una isla del Caribe en la que todos los hoteles están orientados al Oeste, la cotidiana desaparición del Sol por la línea del horizonte, en el mar, provoca el aplauso de todos los bañistas a lo largo de casi quince kilómetros de playa. En la isla de Santorini, autobuses atestados de turistas viajan cada tarde hasta el pueblo de Oia, en el extremo norte de la isla, para ver atardecer desde la única elevación urbana en la que es posible ver el mar y el Sol y, al mismo tiempo, el brillo con el que despiden el día las casas típicas de la isla, blancas con ventanas azules como las cúpulas de sus iglesias. En Los Cabos, México, se fletan barcos para asistir de cerca al momento en que la última luz, tumbada y dorada, ilumina un arco de rocas que apunta hacia la Antártida. Son grandes atardeceres, me consta, pero no como los de África.

Para empezar por el Sol, la luz con la que se enciende la esfera solar cada atardecer. Una luz que en muy pocos minutos pasa del amarillo intenso, vibrante, con el que ha acompañado la tarde, a un tono naranja que asombra cuando muda en rojo y atrapa todas las miradas, incluidas seguramente las de los animales, en el momento final, cuando se tiñe con brochazos púrpuras, parece detenerse sobre el horizonte y luego se oculta a toda velocidad, más rápido que al norte del Ecuador.

La luz, los colores, el disco solar encendido, son un gran espectáculo, pero no estaríamos hablando del mejor de los atardeceres si esa puesta de sol no sucediera en la sabana de Kenia, el bosque de arbustos sudafricano o los campos de baobabs de Tanzania. Si no estuviéramos contemplando la puesta del Sol en los últimos lugares del mundo donde viven los seres más queridos de nuestra infancia. ¿Quién no ha soñado con explorar alguna vez el territorio donde viven los leones y las gacelas, los búfalos y las jirafas, el África de nuestros sueños infantiles, en aquellos espacios donde esa África aún es real?

Acabo de volver de uno de esos territorios privilegiados, el Parque Kruger de Sudáfrica, del que espero hablarles también el próximo número de esta revista, cuando se desvele el itinerario, la propuesta, de la primera Expedición de VIAJAR. En el Parque Kruger acabo de ver, de nuevo, el mejor atardecer del mundo. Con el valor añadido del regreso, como cuando se relee el mejor de los libros. Y con la certeza -ahora lo sé- de que si hay algún lugar en el mundo al que merece la pena volver, el único que se añora aunque nos sea extraño, es África. El territorio del león y de los atardeceres púrpura. Donde el Sol acelera su caída para sufrir menos con la despedida.

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