Aeropuertos USA por Javier Reverte

A mí no me humilla que me hagan descalzarme o quitarme el cinturón en las aduanas de Estados Unidos. No me siento sospechoso sino que creo que trabajan a favor de mi seguridad. Lo que me desagrada es no saber las normas que utilizan para reforzar esa seguridad.

Javier Reverte

Un puñado de amigos míos ha viajado recientemente a Estados Unidos y yo mismo lo he hecho hace meses. Y creo que USA sigue siendo ese país (¿o mejor países?) cuya inmensidad nos marea, cuya creatividad nos asombra, cuyo ingenio admiramos y cuya generosidad nos abruma. Pero somos muchos los que intuimos que algo está cambiando en su intimidad y que los EE UU de hoy no son los mismos que hace unos años.

No se trata aquí de analizar ni discurrir sobre las consecuencias que el 11-S ha tenido en la psicología y en la sociología del país. Esa es una cuestión debatida y reflexionada hasta tal punto, que todos tenemos algo que opinar y decir sobre ella. Pero yo creo que hay algo muy sutil en la transformación americana. Muchos viajeros opinan que el grado de tolerancia se ha reducido bajo el mandato de Bush y con el trauma del 11-S a las espaldas. Y yo no estoy tan seguro, pese a los muchos datos que se nos ofrecen sobre ello. A mí me parece, más bien, que los Estados Unidos están perplejos.

La perplejidad, sobre todo, se manifiesta con respecto a Europa. Muchos americanos consideran al Viejo Continente como su lejana tatarabuela, por el legado cultural más que por el sanguíneo. Y consideran también que, en varias ocasiones de la Historia, entre otras cosas en dos guerras mundiales y a través de un Plan Marshall, han dado lo mejor de sí mismos, y su sangre y su dinero, a favor de la libertad y la prosperidad de la tatarabuela. Por eso les deja atónitos nuestro desagradecimiento . Con la salvedad de sus tataraprimos, los británicos, piensan que los europeos les damos la espalda con frecuencia: por ejemplo, ahora en Irak, como antes lo hicimos en Vietnam. ¿Cómo es posible -parecen decirse- que no nos quieran con locura y no nos sigan a ciegas en nuestras aventuras, con todo lo que hemos hecho por ellos? Nada les deja más perplejos que sentir que el mundo no les quiere. Y en el fondo no les falta razón: el mundo, por lo general, los necesita y los admira; pero no los ama.

Y la perplejidad se palpa, por ejemplo, en sus aeropuertos. En contra de lo que opinan algunos de mis amigos, a mí no me humilla que me hagan descalzarme en las aduanas y quitarme el cinturón. No me siento sospechoso cuando hacen tal cosa sino que creo que están trabajando también a favor de mi seguridad en el vuelo. Pero me desagrada no saber las normas que utilizan para reforzar esa seguridad de la que yo me beneficio.

Me explico mejor. El viajero llega al aeropuerto de salida, factura su maleta, cruza la aduana descalzo, se quita el cinturón, se sujeta los pantalones para que no se le caigan y mantiene el pasaporte y la tarjeta de embarque entre los dientes hasta que sube al avión. Llega a Estados Unidos, cruza de nuevo la aduana descalzo y sin cinturón y se enfrenta al agente que le examina. Las preguntas que éste puede hacer son de lo más imbécil e ingenuo que cabe imaginar y el viajero siente deseos de gastar una broma, como siempre hacen los americanos, que se pasan el día diciendo bromas ingeniosas, como en las teleseries. Pero, ¡cuidado!: las bromas sobre cuestiones de seguridad pueden constituir una causa de delito. Y el problema es que nadie te lo ha advertido.

El viajero recoge la maleta en la cinta de equipajes del aeropuerto de destino y nota que el cierre viene roto. Se dirige al despacho de la compañía aérea encargada del vuelo y protesta. Y el empleado le dice que, si la maleta se ha roto, quizás es porque estaba muy usada. El viajero dice que con esa maleta ha recorrido media Europa el último año sin que le sucediera absolutamente nada. Y el empleado afirma que, claro, que por eso, que con tanto viaje por Europa ha acabado por romperse.

Cuando el viajero llega al hotel, encuentra dentro de la maleta una nota oficial en la que se dice que el Departamento de Inmigración tiene derecho a abrir toda maleta que considere sospechosa, incluso rompiendo el cierre si no puede abrirla por otro medio. Pero nadie te había advertido de que no la cerrases con candado.

El problema del admirable país es que sus funcionarios suponen que cualquiera conoce sus decisiones y sus principios sin necesidad de que se los expliquen. Y si no les entienden, surge la perplejidad. Y si hay perplejidad, puede originarse el desdén. Y si hay desdén, habrá intolerancia. ¿Sigo? De momento, tras mi último viaje a USA he tenido que comprarme otra maleta.