Aeropuertos por Mariano López

La encuesta no ha preguntado por la fuente de distracción más importante en los aeropuertos: el paisaje humano.

Mariano López
Los World Airport Awards, los "oscars" de la industria aeroportuaria, han coronado este año al aeropuerto de Hong Kongcomo el mejor aeropuerto del mundo, de acuerdo con los resultados de una encuesta, realizada por la consultora británica Skytrax, que ha recogido las opiniones de más de 11millones de usuarios. El segundo premio ha recaído en el aeropuerto Changi, de Singapur, y el tercero ha sido para Incheon, en Corea del Sur. Todo el honor para Asia, que ha situado cinco de sus aeropuertos entre los diez primeros: los tres citados y los de Beijing y Kuala Lumpur, que figuran en los puestos quinto y noveno de esta lista, completada con cuatro aeropuertos europeos -Munich, Amsterdam, Zurich y Copenhague- y el de Auckland, en Nueva Zelanda. ¿Cómo han sido elegidos? ¿En qué se han fijado los votantes de esta lista para distinguir y valorar sus aeropuertos preferidos? ¿Cuáles son las tendencias, las modas, las novedades que han movido el voto de los sufridos usuarios de las instalaciones aeroportuarias? Según la encuesta, los viajeros ya no destacan la cantidad de tiendas, la presencia de firmas importantes de la moda, la abundancia de ofertas de alcoholes, perfumes y tabaco, ni el precio, antes ventajoso, de los relojes, las cámaras de fotografía o los pequeños electrodomésticos. Las empresas aeroportuarias, en muchos casos gubernamentales, han convertido los espacios de espera y de tránsito de los aeropuertos en grandes superficies comerciales, pero la reducción de las exenciones fiscales, la extensión de las normativas de seguridad que prohíben embarcar líquidos y cremas y las limitaciones de equipaje que iniciaron las low cost y se han extendido por todas las compañías, han acabado con el antiguo fulgor de las duty free. Las compras ahora no son un valor excepcional, aunque esté comprobado que una buena parte de los pasajeros gasta su tiempo de espera recorriendo tiendas de las que a veces se lleva productos que nunca pensó comprar y que no tiene reparo en calificar en las encuestas como totalmente innecesarios. El aeropuerto de Hong Kong, la última herencia de la administración británica, que el gobierno chino aún tardará unas décadas en pagar, llama la atención por su luz, su espacio, sus dimensiones-se hace eterno, como el de Madrid Barajas que le imita- y su vitalidad audiovisual. Es, seguramente, el aeropuerto con más pantallas interactivas del mundo, el único con simuladores disponibles de juegos para la Play Station, el más capacitado para entretenerla espera devorando pantallas, superando fases y ganando puntos extra para sustentar superhéroes. Estuve cuando se inauguró y recuerdo que me animaron a reclamar, en español, por la megafonía general del aeropuerto, la presencia urgente en un mostrador de embarque de una compatriota, amiga, algo que no dudé en realizar, abusando, quizá, de un lenguaje coloquial, a veces barriobajero, impropio, lo reconozco, de la sobria flema británica que caracteriza las llamadas a los viajeros por todos los micrófonos de ambiente, pero que causó su efecto, pues a los pocos minutos de que los altavoces de Hong Kong emitieran las ineducadas expresiones con que subraya bala urgencia de la llamada, mi amigase presentó en la puerta, alertada por unas voces mucho más eficaces que las anteriores dieciséis convocatorias en inglés. Los votantes de esta encuesta valoran, también, en el caso de los aeropuertos europeos, los servicios de guardería para niños, las redes wifi gratuitas, los espacios para mascotas, las salas de cine y la agilidad del transporte a la ciudad, pero quizá la encuesta no ha recogido, no ha preguntado a sus votantes, por la que quizá sea la fuente de distracción más importante en todos los aeropuertos del mundo: la gente, el paisaje humano. Escucho en una emisora de radio a una española que ha conocido más de 244 aeropuertos, por todo el planeta, y está escribiendo un libro con sus impresiones sobre una buena parte de ellos. Destaca, como el mejor aeropuerto del mundo, el de Ben Gurión, en Tel Aviv, por la animación, variedad y vitalidad de su tipología humana. En Ben Gurión se cruzan los ultraortodoxos judíos, de sombrero negro, barba cerrada y melena rematada con tirabuzones, con los peregrinos musulmanes de camino hacia La Meca, vestidos solo con un juego de toallas blanco, sujeto con una cuerda; por allí desfilan raperos neoyorquinos, hooligans británicos, monjas católicas, rastafaris auténticos, falashas negros y ejecutivos indios, del Punjab, con su barba blanca y el símbolo de una espada cosido de su turbante, como un pin. Es posible que sea el aeropuerto más variopinto del mundo, el de mayor diversidad cultural, el que reúne más tipos diferentes por metro cuadrado, pero no es un lugar extraño, es solo un aeropuerto, un aeropuerto más en el que la mayor atracción, el más grande de los espectáculos, es la gente, los propios viajeros. Aunque no lo diga esta encuesta, resulta que el máximo atractivo de los mejores aeropuertos no está dentro de los escaparates de los comercios sino frente a ellos: somos nosotros mismos, el mayor espectáculo del mundo.