A propósito del turismo revolucionario por Carlos Carnicero

He visto cómo los indios de la isla de San Andrés se dejaban fotografiar por un dólar. ocurre, por fin, que los indígenas han decidido hacerse las fotos de ellos mismos. ¿A qué viene tanto revuelo?

Carlos Carnicero

Todavía no he tenido oportunidad de viajar a Cochabamba, pero ahora tengo apremio porque he leído en El País a un articulista latinoamericano que arremetía contra lo que él llama "turismo revolucionario ". Aludía a los viajeros europeos que quieren escudriñar las convulsiones electorales latinoamericanas. Por la forma en que se expresaba este alarmado liberal, he deducido que sus manifestaciones racistas no son perceptibles por él mismo. Le molesta que los indígenas tengan conciencia de la discriminación histórica que han padecido y le escandaliza que se quiera conocer lo que está pasando en Bolivia o Venezuela. Ha definido el fenómeno como la exaltación de una curiosidad "rousseauniana " hacia los indígenas. Él la vincula a simpatía con militares golpistas y populismos insoportables. Escribe como si los dictadores -especie protegida en toda Latinoamérica durante el siglo XX- no hubieran sido mayoritariamente blancos y muchos auspiciados por la cultura occidental, simbolizada por los Estados Unidos, como forma de mantener intacta la institucionalidad colonial desde parámetros que simulaban ser nacionalistas.

Viajar es una decisión que responde a motivaciones múltiples. La más inteligente, sin duda, es conocer la diferencia. Nada como arrastrar maletas como método de interpretación de la realidad. En todo caso, lo que está moviendo esta oferta de viajes promueve una indemnización por una descompensación turística. Hasta ahora acudían a Europa, a alojarse en los mejores hoteles y a gastarse el dinero en las tiendas más selectas, los representantes de la clase económica que ha estado gobernando América desde el día en que llegó Cristóbal Colón. Cuando el cambio de moneda era favorable, venían y compraban; gozaban y volvían. Lógico. Trataban de reproducir, sólo para ellos, el modo de vida europeo en sus barrios exclusivos y el equilibrio con la pobreza generalizada de sus países era soportable desde su inmunidad existencial.

Si fuera cierto que existe ese turismo revolucionario no debiera entenderse, necesariamente, como una despreocupación de las coordenadas del Estado de Derecho y los valores occidentales de nuestra cultura democrática. Lo importante sería colaborar a que el universo insurreccional que está asaltando, pacífica y legítimamente, las urnas para dotarse de unos gobiernos elegidos democráticamente -que The Wall Street Journal abomina por populistas- ajuste sus mecanismos de seguridad jurídica a los valores de la democracia. Es posible que el péndulo haya rebotado tanto con la llegada de Morales y Chávez que la inquietud debiera alertar a los entusiasmados mochileros que se acercan a Santa Cruz o Maracaibo. Siempre debe preocupar la exaltación de los derechos colectivos a costa de los individuales, porque, al final, aparece un solo individuo que los secuestra. Pero no hay forma mejor de tener un juicio que observar de cerca lo que ocurre. Demonizar al viajero es una estulticia notable porque equipara la observancia de la realidad a su construcción. Y en ese modelo de apreciación, el intelectual liberal escandalizado, en su condición de residente de un universo de injusticia, sería por él mismo maltratado si se aplicase a sí mismo sus parámetros.

He visto cómo los indios de la Isla de San Andrés se dejaban fotografiar por un dólar que religiosamente pagaba quien tenía una cámara de fotos, porque aquello, que cruelmente parecía un zoológico humano, era la exhibición de los indígenas en el estado que les han mantenido desde la colonización, sostenida, después, por los criollos que han mandado en América. Ocurrre, por fin, que los indígenas de San Andrés, a lo que parece, han decidido hacerse las fotos ellos mismos. ¿A qué viene tanto revuelo?

Hubo una época en la que los venezolanos de la parte de la sociedad que ahora no está representada apenas sabían decir cuando viajaban otra cosa que "it''s cheap; give me two", mientras arrasaban los comercios de Miami y Nueva York. Ahora los ranchitos de Caracas se han desparramado en forma de merolicos y buhoneros por la Plaza Bolívar para vender ellos sus propias mercancías. Quien quiera viajar para verlo, tiene la misma legitimidad, por lo menos, que la de los criollos que se han alojado siempre en el Ritz de París. La rabia que producen los movimientos indigenistas llega al extremo de que el racismo, que denota esa valoración "rousseauniana" de la curiosidad sobre Latinoamérica, trata de revertirse en un movimiento justiciero desde la consideración de que el racismo nunca hubiera existido. No cuela.

Detesto las revanchas históricas, incluso para contraponer una injusticia ancestral y monstruosa con otra siquiera transitoria. Por eso, ya que Caracas y Maracaibo son escenarios por mí conocidos, he decidido desplazarme de urgencia a Cochabamba y Potosí para ver qué es esto que tanto irrita a algunos intelectuales liberales latinoamericanos, muchos de ellos asiduos de las mejores librerías de Londres y Nueva York para buscar soporte y coartada intelectual a sus décadas de dominación sobre los indígenas. Me parece que a este tal Ibsen Martínez -que es el escritor venezolano del que he estado hablando- le gustaría que las cosas se quedaran como estaban, pero eso ya no es posible. Probablemente le molesta que viajemos a Venezuela para que no constatemos su derrota.