A la vera del Hudson por Javier Reverte

El río Hudson resulta tan fascinante como misterioso y algo secreto, un universo dotado de vibrante carácter.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Acabo de pasar unos meses en Nueva York, sencillamente porque pienso que, sea cual sea la época que a cada uno le toca vivir, has de tener la experiencia de pasar una temporada en la capital del imperio. En nuestra era, aunque se observen ya algunos síntomas de decadencia, esa ciudad es Nueva York, como en otros días lo fueron Atenas, Roma, Estambul, Madrid, París o Londres. El próximo imperio tal vez sea China o quizás Rusia, pero a mí no me tocará vivir en Pekín o Moscú. Ese asunto quedará para mis bisnietos.

Nueva York reúne todas las cualidades que adornan a la juventud, desde la belleza a la alegría y la energía. Pero al mismo tiempo guarda con celo trazas del pasado y, en muchas ocasiones, de improviso, te parece una ciudad anciana, como si caminaras por sus calles en pleno siglo XIX. Sobre todo los domingos, allá arriba, en Harlem, tienes la impresión de que ante ti desfilan imágenes del cine mudo, cuando ves a esas negras que van a la ceremonia religiosa ataviadas con vestidos largos y sombreros de grandes alas, vivos colores y adornos de seda, que simulan flores, en la copa. Y a esos negros con trajes que parecen venirles algo grandes, corbatas chillonas, chalecos relucientes y reloj de leontina.

Pero lo que siempre me asombra de Nueva York, y que en estos meses me ha asombrado más todavía, son sus dos ríos: el Hudson y el East River. Es cierto que hay ciudades con ríos grandes, como París con su Sena y Londres con su Támesis, pero ninguno te da la impresión del poderío que comunican los dos cursos de agua neoyorquinos. ¡Y qué decir del Manzanares, ese pis que se escurre a los pies de Madrid!

A todo recién llegado a Nueva York, antes de comprender bien la ciudad le resulta curioso que la isla de Manhattan, abrazada por los dos ríos, mire más hacia el East River que hacia el Hudson. Eso sucede simplemente porque la orilla contraria del primero, Long Island, contiene barrios que pertenecen a la misma ciudad de Nueva York, en este caso Queens y Brooklyn, mientras que la orilla contraria del Hudson ya no es Nueva York sino otro Estado: Nueva Jersey. Entre Manhattan y Long Island hay cinco puentes (los llamados Brooklyn, Manhattan, Williamsburg, Queensboro y Robert Kennedy), en tanto que sobre el Hudson tan sólo hay uno y muy al norte. Ahora mismo ni me acuerdo de su nombre.

Pero el Hudson resulta tan fascinante como misterioso y, en cierto modo, algo secreto. Pocos extranjeros conocen el largo paseo ajardinado, el Riverside Park, que se tiende a la vera del agua por el Oeste de Manhattan. Y, sin embargo, a tramos, es uno de los lugares más hermosos de la ciudad. A mí me gustaba, durante mi estancia en la ciudad, acercarme hasta allí a la altura de la calle ciento veintitantos, más o menos el lugar en donde se encuentra la tumba del presidente Grant, y descender por el Riverside hasta la ciento diez, más o menos, para continuar mi paseo por el animado bulevar de Broadway, la calle más larga y hermosa de Manhattan. Desde el Hudson, además, se contemplan unos atardeceres formidables a la espalda de Nueva Jersey.

Algo más ofrece ese río ancho y poderoso, cuyas aguas brillan en el ocaso como el músculo de un atleta esculpido en bronce. Y es la línea de tren de cercanías que, arrimada al cauce, viaja desde la Grand Central Station hasta un pueblo llamado Poughkeepsie, unas cincuenta millas al norte de Manhattan. La región está plagada de espesos bosques que se tienden en las faldas de pequeñas colinas y hay una veintena de paradas en otras tantas minúsculas poblaciones que a veces son poco más que embarcaderos. Salir de la gran ciudad en donde reinan el cemento y el neón y encontrarse de pronto en plena naturaleza libre te parece cosa de milagro.

El Hudson es un espacio singular en Nueva York, un universo dotado de vibrante carácter. Nunca he disfrutado tanto del otoño como los días en que me asomaba al Riverside Park, a pasear por sus orillas Harlem arriba, o cuando llegaba en tren hasta el apeadero de Cold Spring para comer en un coqueto restaurante cuya terraza miraba al río.