A "la fin del mundo", por Javier Reverte

Un amigo mío genial, por desgracia ya muerto, hombre carente casi por completo de cultura y, sin embargo, poseedor de una honda sabiduría de la vida, solía decirme cuando me iba de viaje: "¿Y a ti qué se te ha perdido a la fin del mundo?".

Nunca sabía responderle de una manera convincente porque, en el fondo, nunca he sabido muy qué es lo que nos impulsa a algunos a largarnos una y otra vez del hogar en busca de quién sabe qué. Yo no creo que el ser humano sea nómada por naturaleza y, cuando lo es, la razón no es otra que la necesidad. Pero algunos, por inquietud, curiosidad o hartazón de lo cotidiano, hemos crecido con las patas de una liebre y el alma de un ave migratoria. Creo que no nos importa demasiado el lugar adonde nos dirigimos sino el mero hecho de irnos. "No es tiempo mal gastado el que se gasta en vagar por el mundo", afirmaba Miguel de Cervantes. "El asunto es moverse", sentenció William Shakespeare. "Lo importante es el camino", Stevenson dixit. "Pide que el camino sea largo", remachó Cavafis.

¿La fin del mundo? Algunas veces me he sentido en verdad allí. Y la ocasión en que lo percibí más próximo fue en una isla del Ártico canadiense. Se llama Cornwallis, se encuentra a 75 grados de latitud Norte, cuenta con una única población de algo menos de cien habitantes llamada Resolute y sus únicos medios de comunicación con el exterior son el barco -hay solo un viaje al año hasta el continente, durante el corto verano ártico, cuando no hay hielos- y un pequeño aeropuerto. Pasé cuatro días allí en el verano del 2008, al comienzo de un viaje para recorrer el llamado Pasodel Noroeste, que une el Océano Atlántico con el Pacífico sobre las costas del norte de Canadá.

Era eso, casi el fin del mundo, pues tan sólo hay otros dos establecimientos habitados más al norte, uno en la también isla canadiense de Ellesmere y otro en el archipiélago noruego de las Svalbard. Los dos se encuentran a los 80 grados de Latitud Norte, a menos de mil kilómetros de distancia del Polo.

Resolute es una comunidad alzada con casas prefabricadas y el noventa por ciento de sus habitantes son inuit (lo que antes conocíamos como esquimales, término considerado hoy políticamente poco correcto). Tiene un polideportivo con cancha de baloncesto y piscina climatizada, un cuartel de la Policía Montada con dos agentes, dos hoteles, un supermercado, dos iglesias -una católica y otra anglicana- y una escuela para los siete menores que viven en la población. Por las mañanas, antes de que los niños salgan para ir a la escuela, los padres recorren el pueblo con rifles para abatir a los osos polares que anden por las calles en busca de basuras o de fresca carne humana. En el pueblo está prohibido el consumo de alcohol. El nombre de Resolute le viene a esta localidad de un barco inglés, el primero que atracó en su bahía mediado el siglo XIX. Debe ser el único caso en el que un barco bautiza a una población, en lugar de suceder lo contrario.

Resolute conserva a las afueras cuevas en las que habitaron antiguos cazadores nómadas, techadas con huesos de ballenas. Pero aquellos cazadores nunca se establecieron en el lugar de forma permanente. La ciudad nació en los años 50 del pasado siglo, cuando el gobierno de Canadá, casi a la fuerza, trasladó allí a un puñado de inuits del norte de Quebec con el propósito de hacer valer sus derechos de soberanía sobre las islas árticas del norte de la costa peninsular.

Hoy, la comunidad de la isla sobrevive gracias a un presupuesto estatal, ya que sigue siendo muy importante la presencia humana en el lugar como requisito para la soberanía. El centro más acogedor para las reuniones sociales es el supermercado. Y el índice de suicidios en la localidad es, en proporción, uno de los más altos del país. "La fin del mundo" es un lugar poco recomendable.