70 años después de su rodaje, volvemos a la aldea irlandesa de 'El hombre tranquilo'

La mítica película de John Ford cumple siete décadas y para celebrarlo nos acercamos a sus escenarios en Cong, en el condado de Galway, a través de Emilio Soler, coautor, junto a Mario Martínez, del libro 'El hombre tranquilo. Ford: identidad, ley y justicia (Tirant lo Blanch)

Emilio Soler
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Foto: KenWiedemann / ISTOCK

Sean Thornton, púgil de los pesos pesados en Estados Unidos, de origen irlandés, regresa a Innisfree, su lugar de nacimiento al oeste de la isla Esmeralda, para recuperar sus raíces y reiniciar su vida. A su llegada se enamora de la pelirroja Mary Kate Danaher (algunas escenas tienen lugar en el pub de la foto que abre este artículo, que aún existe hoy en día), hermana del cacique del pueblo y, al tiempo, que intenta recuperar su humilde casa familiar de “Blanca mañana” para fundar una familia, tropieza con la oposición de su futuro cuñado, Will Danaher.

Thornton, un hombre noble y tranquilo, que contará con la amistad del casamentero Michaeleen Oge Flynn y las buenas gentes del pueblo, vivirá una conflictiva experiencia de adaptación, entre el drama y la comedia, plagada de equívocos y enredos, no exentos de violencia, hasta conseguir su propósito. La historia es narrada por el padre Lonergan.

La película 

Dirigida por John Ford, director que obtuvo en 1952 un Oscar al mejor director y otro Oscar a la mejor fotografía en color de Winton C. Hoch y Archie Stout, tras otras cinco nominaciones. Fue galardonada también con el Premio del Sindicato de Directores y del Sindicato de Guionistas como mejor guión para el apartado de Comedias. El guión es de Frank S. Nugent con argumento de Maurice Walsh. La excelente banda musical es de Víctor Young y cuenta la leyenda, que sería del cine sin la leyenda, que Maureen O’Hara murió en su casa de Idaho a los noventa y muchos años escuchando la banda sonora de su film favorito, “The quiet man”.

Los principales papeles están representados por: John Wayne (Sean Thornton), Maureen O’Hara (Mary Kate Danaher), Barry Fitgerald (Michaleen Oge Flynn), Víctor McLaglen (Will Danaher), Ward Bond (Padre Peter Lonergan), Mildred Natwick (Viuda Sara Tillane)…Y todos los habitantes del pueblecito de Cong, entre los condados irlandeses de Galway y Mayo, lugar escogido por Ford para simular el idílico e inexistente Innisfree que solo había existido como lugar utópico donde descansar plácidamente en los versos del poeta Yeats.  

Una película que estuvo bien a punto de tener un final abrupto cuando en el rodaje de la carrera de caballos Ford instaló un ventilador para que el viento moviera la cabellera pelirroja de la O’Hara. Maureen, harta de que el pelo se le clavara en la cara decidió pegarle un puntapié al ventilador, o así. Ford, encolerizado se dirigió a ella de muy mala manera y la pelirroja le espetó muy, muy enfadada; “¡Qué sabrás tú, calvo hijo de puta, de que el pelo se te clave en los ojos…!”. Todo el equipo se quedó estupefacto y aguardó la terrible reacción de John Ford. Pero éste, tras pensárselo bien, se rió y todo se calmó. Menos mal.

Innisfree

Umberto Eco, en su estupendo libro Historia de las tierras y los lugares legendarios, dedicado a las ciudades y regiones míticas que dejaron huella en el imaginario colectivo, entre la realidad y la leyenda, se olvidó de recurrir al recuerdo de algunas películas para completar su geografía mágica y utópica. Una falta excusable, por su inclinación a la herencia del clasicismo, pero que atenta contra el recuerdo y las ensoñaciones de nosotros, los espectadores, que completamos nuestra educación sentimental en las salas de cine de programa doble.

Ni Brigadoon, la aldea escocesa perdida en los Highlands, recreada por Vincente Minnelli en 1954, aquel caserío que surgía de la bruma de los tiempos cada cien años para que Gene Kelly se enamorara de Cyd Charisse (quién no lo haría); ni Shangri-La, el monasterio situado en un valle inaccesible del Tibet, donde se podría saborear la eternidad, recreado por Frank Capra en 1937, tuvieron cabida en el ensayo de Eco. Ni siquiera el pueblecito valenciano de Calabuch, recreado por el mejor Berlanga, en aquella España triste y deprimida de 1956. Pero lo más grave fue que Innisfree, construido por la imaginación de Ford en 1952, quedó sin cartografiar en el mapa de lugares mágicos de don Umberto. Una gran paradoja siendo como era, el italiano, un gran conocedor de la cultura popular y los mass media.

Vista aérea de Cong, hoy en día | ZambeziShark / ISTOCK

La aldea irlandesa de Cong, lugar elegido finalmente por John Ford, con su calle principal y dos o tres plazuelas apenas definidas, resultaba el paraje ideal para recrear su carácter intemporal, su aspecto de lugar perdido en el mundo, ajeno al tráfago urbano, donde el conflicto entre irlandeses e ingleses apenas se vislumbra. Un lugar casi al margen de la Historia excepto en el pub de Pat Cohan, imaginario y construido a toda prisa en un almacén porque no puede haber un pueblo irlandés sin bar, lugar de reunión y debate del lugar y donde se desarrollaría la pelea final entre los dos cuñados, Sean y Will.

Una pelea que resultó algo más que un ensayo cinematográfico ya que ambos actores resultaron contusionados por el empeño de Ford en que la pelea tuviera verosimilitud, sembrando previamente la discordia entre ellos.

Trayecto

Si cuando ustedes, amables lectores, acaben la lectura de este librito que intenta reflejar lo que para los autores es una de las mejores películas de la historia, considerada por unos como homérica y para otros como machista, se sienten impulsados a viajar a Innisfree, como hicieron el inolvidable Javier Reverte o José Luis Guerin, y como haremos nosotros con los suculentos derechos de autor que nos corresponderán, recuerden que llegarán con el consabido retraso del viejo ferrocarril de siempre. Que podrán contemplar a Sean Thornton intentando plantar rosas en el pedregal de “Blanca Mañana”. Y que, seguros estamos, la pelirroja Mary Kate les acompañará a degustar en el pub de Cohan un espléndido salmón pescado, esta vez sí, por el padre Lonergan.

Los coches son lo único que delata que esta foto de una calle de Cong es actual | KenWiedemann / ISTOCK

Para descansar les recomendamos una estancia en el suntuoso Ashford Castle por apenas unos seiscientos euros la noche. Un amigo dice que el whisky vale la pena… Y, además, podrán jugar al golf en el mismo escenario en que Sean arrastra a la pelirroja Mary Kate cuando trata de devolvérsela a su hermano por la discusión sobre la dote.

Castillo de Ashford | Patryk_Kosmider / ISTOCK

Un arrastre que tuvo su punto de broma cuando Ford y Wayne se pusieron de acuerdo en sembrar de cagarrutas de oveja en el suelo donde se removía la heroína, “la reina del technicolor”, y que a la O’Hara no pareció hacerle demasiada gracia... 

Así se ve hoy la plaza de Cong | Ludovic Debono / ISTOCK

Y ya que están allí, en el oeste irlandés, pueden atreverse a viajar a las islas Aran, las que dieron nombre al yate de John Ford, el “Araner”, las islas del fin del mundo occidental, donde los pescadores les avisarán, como ya hicieron con John Millington Synge hace más de un siglo: “Un hombre que no le tiene miedo al mar, se ahogará pronto porque saldrá al mar un día que no deba salir. Pero nosotros le tenemos miedo al mar y sólo nos ahogamos de vez en cuando”.

lisandrotrarbach / ISTOCK