100 años de parques, por Mariano López

Puig i Valls tomó buena nota de la conciencia que se estaba formando acerca de los espacios naturales.

Mariano López
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Foto: V. Iglesias

La idea de crear una red de parques nacionales en España nació muy probablemente de un viaje: el que realizó el ingeniero forestal Rafael Puig i Valls a la Exposición Universal de Chicago en 1893. Puig i Valls no es hoy una figura conocida, no me consta que se estudie en las escuelas, pero su biografía es la de un hombre de mérito, talento y trabajo a quien le debemos mucho: debería haber al menos una placa con su nombre en cada parque. Se formó en la Escuela de Ingenieros de Villaviciosa de Odón, la primera que impartió en España las enseñanzas del alemán Heinrich Cotta, el padre de la ciencia forestal. En muy pocos años, esta escuela reunió a un grupo de jóvenes ingenieros con excelente formación técnica y humanística, apasionados por la historia natural y pioneros en la defensa de los montes públicos. Puig i Valls tuvo además la suerte de viajar a Estados Unidos, a la exposición que reunió en Chicago al banquero J.P. Morgan, el inventor Thomas Alva Edison, el mago Harry Houdini y el inclasificable Buffalo Bill.

La Exposición Universal de Chicago, la primera que contó con pabellones para las naciones, conmemoraba el 400 aniversario de la llegada de Colón a América. Fue un evento capital, en el que circularon, ante todo, las ideas. Puig i Valls tomó buena nota de la conciencia que en Estados Unidos se estaba formando acerca del valor de los espacios naturales y de las medidas que ya se habían tomado para su protección. Entre ellas, la Fiesta del Árbol, una celebración educativa que había nacido veinte años antes en el Estado de Nebraska, y la creación de los parques nacionales, como Yellowstone, el primer parque nacional del mundo, establecido en 1872, o Yosemite, que primero, en 1864, fue un parque protegido por el Estado de California y luego pasó a ser nacional.

Puig i Valls regresó de Estados Unidos decidido a "inspirar a las generaciones del porvenir el amor al árbol", según afirmó en uno de los primeros artículos que publicó, en el que animaba a los maestros de todo el país a impulsar la fiesta del árbol. En Barcelona, la primera fiesta del árbol que se celebró tuvo lugar junto al Museo Zootécnico de la ciudad en abril de 1898. Acudieron 1.500 niños y niñas que, según las crónicas de la época, plantaron más de cuatrocientos pinos. No era la primera fiesta del árbol que se celebraba en España -dos años antes se había celebrado una en Madrid, promovida por un compañero de Puig i Valls en la escuela de Villaviciosa, Ricardo Codorníu-, pero sí fue la primera asentada en las apasionadas instrucciones de Puig i Valls: austeridad, seriedad, participación de todos los colegios y sectores sociales y vocación de permanencia. Al año siguiente, en la Fiesta del Árbol de Barcelona participaron 20.000 personas. La idea se fue extendiendo rápidamente por todo el país y dieciséis años después el Gobierno firmó un Real Decreto que establecía en todos los municipios de España la Fiesta del Árbol, conforme a las ideas de Puig i Valls. Fue una medida pionera, que tuvo rápido eco en otros países de Europa: Italia, Irlanda, Noruega.

La Fiesta del Árbol se interrumpió durante la guerra y desapareció en la posguerra. Pero antes tuvo un fruto importante: su influencia en la creación de la primera Ley de Parques Nacionales, de la que este año se cumple el centenario. Una gran oportunidad para rendir homenaje al ingeniero, articulista, soñador y viajero Rafael Puig i Valls.