El tren turístico más lujoso de España recorre la cornisa cantábrica: tiene vagones de los años 20, suites con ducha de hidromasaje y paradas en cuatro comunidades autónomas
El Transcantábrico Gran Lujo, operado por Renfe, une San Sebastián y Santiago de Compostela en ocho días a bordo de coches Pullman originales de 1923 restaurados, con solo 28 plazas disponibles y una propuesta que hace del trayecto, y no del destino, el verdadero protagonista del viaje.

El tren más espectacular de España recorre el Cantábrico. / Renfe
Hay formas de viajar que ya no tienen prisa. Que no buscan llegar sino quedarse en el camino, mirar por la ventana durante el tiempo que haga falta, cenar sin pendientes y despertarse en otro sitio sin haber hecho la maleta. El tren de lujo, en su versión más auténtica, es una de ellas. En España existen varias propuestas que pertenecen a esa categoría especial: el Al Ándalus recorre Andalucía con su aire de expreso meridional; el Costa Verde Express traza el norte con vocación de descubrimiento; y a la cabeza de todos ellos, como referencia del ferroviario español de alto nivel, está el Transcantábrico Gran Lujo. Son los herederos directos de esa tradición europea que convirtió el vagón en sinónimo de elegancia, de maderas barnizadas, manteles de hilo y sobremesas que se alargaban más de lo razonable. La Belle Époque y los años veinte dejaron un legado que estos trenes mantienen vivo con una mezcla de autenticidad y confort contemporáneo que no tiene equivalente en la carretera ni en el aire.

El coche panorámico del Transcantábrico / DR
El mundo del tren de lujo tiene su propio código. El pasajero que sube a uno de estos convoyes no busca eficiencia ni kilómetros por hora; busca otra cosa que es difícil de precisar y que cada viajero nombra de manera distinta —tranquilidad, belleza, tiempo detenido—, pero que en el fondo es siempre lo mismo: el placer puro de circular. Vagones art déco con espejos biselados, mobiliario de madera noble, salones donde la conversación fluye con la copa en la mano mientras el paisaje cambia al otro lado del cristal. En el Transcantábrico Gran Lujo ese lujo no es evocación ni decorado. Es literal.

Sara Fernández García
El interior del tren
Subir al Transcantábrico Gran Lujo tiene algo de viaje en el tiempo que va más allá del tópico. Los salones son coches Pullman originales de 1923, auténticas joyas del patrimonio histórico-ferroviario, especialmente restaurados para este tren, incluyendo un salón acristalado panorámico. No son réplicas ni homenajes: son los propios vagones, los mismos que rodaron por primera vez hace más de un siglo, devueltos a la vida con una precisión que resulta admirable. Madera noble en cada superficie, dorados discretos, tapicerías que no intentan parecer nuevas sino exactamente lo que son.

Coche bar del Transcantábrico. / Renfe
Las catorce suites Gran Lujo —dos por vagón, en siete vagones— miden 12,82 m² y están distribuidas en tres espacios: salón, dormitorio y baño privado. El baño dispone de ducha de hidromasaje y las suites cuentan con cama de matrimonio de 1,50 m de ancho o camas gemelas individuales, armario ropero, escritorio, caja fuerte, minibar, pantallas LED, climatización regulable y conexión a internet. Diez de las suites tienen cama de matrimonio; cuatro, camas individuales. El tren no supera los 28 pasajeros, un dato que lo dice todo sobre el tipo de experiencia que plantea. No es un crucero masificado sino algo más parecido a una casa particular que se desplaza.

Bar del Transcantábrico. / Renfe
El coche bar permanece abierto desde primera hora de la mañana hasta la madrugada, y el coche pub ofrece cada noche fiestas, música en vivo y actuaciones en directo. Para quien quiera algo más pausado, el salón panorámico acristalado y el salón de té son los lugares donde el tiempo pasa de otra manera, con el Cantábrico asomando entre dos colinas o la ría gallega extendiéndose más allá de las vías. La gastronomía a bordo corre a cargo del chef del tren y se alterna con comidas y cenas en restaurantes seleccionados a lo largo del recorrido; los vinos, cafés y licores están siempre incluidos. Y hay un detalle que marca la diferencia respecto a cualquier otro viaje en tren: por las noches el tren permanece parado, sin reanudar la marcha hasta primera hora de la mañana, para garantizar el descanso. El movimiento es diurno, el paisaje es para despiertos, y la noche es solo para dormir.

Vistas desde el salón panorámico. / Renfe
La historia y la filosofía del viaje
El viaje inaugural del Transcantábrico tuvo lugar el 30 de julio de 1983, impulsado por la empresa pública FEVE, que creó con él el primer tren-hotel turístico de España —y el primero del mundo en ancho métrico—, con una composición original que incluía tres coches salón Pullman construidos en el Reino Unido en 1923. La idea era recuperar la filosofía de servicios históricos como el Orient Express y volcarla sobre la red ferroviaria de vía estrecha del norte peninsular, esa que bordea acantilados y valles donde el ancho ibérico estándar nunca llegó. El éxito fue suficiente para sostener el proyecto durante décadas, y en 2011 la composición original fue profundamente reformada hasta convertirse en el Transcantábrico Gran Lujo que existe hoy: suites ampliadas, mejoras técnicas y una renovación integral que puso a España en el mapa del turismo ferroviario de élite. En 2014 recibió en Londres el reconocimiento al tren de lujo más lujoso del mundo, concedido por expertos internacionales del sector.

Suite Gran Lujo del Transcantábrico. / Renfe
Lo que distingue al Transcantábrico de cualquier otro viaje organizado no es solo lo que lleva dentro sino lo que propone como idea. Ocho días. Veintiocho pasajeros como máximo. Un guía multilingüe que acompaña cada excursión. El equipaje se hace una sola vez, al subir, y a partir de ahí el tren es el hotel. Cada mañana se despierta en un sitio distinto sin haber tenido que cambiar de habitación, lo que elimina esa fatiga sorda que acompaña a los viajes con muchas maletas y muchos traslados. El lujo aquí no es solo material —que también— sino temporal: el regalo de ocho días sin ninguna urgencia, por una costa que es de las más hermosas de Europa y que a esta velocidad, parando en lo que merece, se revela de una forma que no es posible desde la autopista.

El transcantábrico a su paso por el Viadcuto sobre el pantano de Arija. / Renfe
El precio del viaje completo, ocho días con todo incluido en Suite Gran Lujo, se sitúa en torno a los 9.250 euros por persona en la temporada 2025 —un importe que abarca alojamiento, toda la alimentación, excursiones, entradas y traslados en autocar de lujo—. No es para todos, evidentemente, pero quien lo hace rara vez lo describe como un gasto. La palabra que aparece con más frecuencia es inversión.
Las paradas del recorrido
El itinerario estándar parte de San Sebastián y llega a Santiago de Compostela en ocho días, o al revés. El primer día comienza antes de que el tren se mueva: recepción en San Sebastián, visita a pie por la ciudad y comida antes de que el autocar lleve al grupo a Bilbao, donde el Transcantábrico espera en vías. San Sebastián necesita poca presentación —la bahía de la Concha, el casco histórico de la Parte Vieja con sus pintxos imposibles de mejorar, el perfil de Monte Urgull sobre el agua—, pero verla como punto de partida de un viaje como este le da una dimensión de umbral que encaja.
Bilbao es la primera parada real. La visita al Guggenheim es obligatoria e incluida; la sensación de ver ese edificio en directo, deformado y brillante entre la niebla vasca, no se gasta con las repeticiones. El Casco Viejo, las Siete Calles, el mercado de la Ribera: Bilbao lleva tres décadas reinventándose y cada vez lo hace con más soltura.

El Transcantábrico pasando po Ponte Mera, en A Coruña. / Renfe
Rumbo a Santander, la capital de Cantabria abre la bahía más elegante del norte. El Palacio de la Magdalena en su promontorio, el Sardinero con sus villas modernistas, el paseo marítimo. Santander tiene una contención burguesa que le sienta bien y que contrasta con la exuberancia del paisaje que la rodea.
El tercer día lleva hacia el interior, hasta Potes, atravesando el Desfiladero de la Hermida, uno de los pasos más espectaculares de la cordillera Cantábrica, y con opción de parada en el Balneario de la Hermida para un circuito termal. Por la tarde, Comillas y su Capricho de Gaudí: una villa modernista de 1885 que Gaudí construyó antes del Sagrada Familia y que sigue siendo una rareza fascinante en medio del caserío cántabro. La Pontificia, las torres neogóticas, el ambiente de veraneo aristocrático del siglo XIX. El tren pernocta en Cabezón de la Sal, un pueblo que acumula más historia de la que su tamaño haría sospechar.

El trasncantábrico a su paso por la Playa de La Franca. / Renfe
El cuarto día abre con la visita a la Neocueva de Altamira, la reproducción fidedigna de las pinturas rupestres del Paleolítico Superior, una de las colecciones de arte prehistórico más importantes del planeta, y continúa por Santillana del Mar, cuyo casco histórico medieval está conservado con una integridad que pocas villas europeas pueden igualar. La tarde lleva al tren hasta Llanes, ya en Asturias: los Bufones de Pría, el perfil de los Picos al fondo, las playas de Torimbia o Gulpiyuri, los Cubos de la Memoria de Ibarrola pintados en el dique del puerto. Pedir una fabada en alguno de los restaurantes del casco antiguo no es opcional.
El quinto día sube hacia Covadonga y los Picos de Europa, con visita al Lago Enol y al Santuario —lugar de peregrinación asturiana desde el siglo VIII y uno de los paisajes más cargados de historia de la península—, antes de entrar en Oviedo. La catedral gótica, el Camín Real de la Mesa, y sobre todo el arte prerrománico asturiano concentrado en las iglesias de Santa María del Naranco y San Miguel de Lillo, en las afueras de la ciudad: son del siglo IX, son Patrimonio de la Humanidad y son de una sobriedad que deja sin palabras. Cenar en Oviedo es siempre un argumento añadido.

El Transcantábrico a su paso por la Ría de Asón. / Renfe
Gijón abre el sexto día: ciudad marinera y obrera, más ruda y directa que Oviedo, con la playa de San Lorenzo en pleno centro urbano y una sidra que se sirve escanciada desde metro y medio de altura. Luego el tren bordea el litoral hasta Luarca, la Villa Blanca de la Costa Verde, con su puerto pesquero encajonado entre acantilados y su cementerio marino de leyenda. El séptimo día lleva al grupo a Ribadeo, ya en Galicia, y desde allí en autocar hasta la Playa de las Catedrales: ese kilómetro de arcos y catedrales de roca esculpidas por el Atlántico que solo puede visitarse con marea baja y que sigue siendo una de las imágenes más impresionantes de la costa española. La tarde continúa hasta Viveiro, uno de los pueblos más bien conservados de la Mariña lucense, con murallas medievales y un ambiente tranquilo que invita a quedarse más de lo previsto.
El octavo y último día el tren llega a Ferrol —ciudad natal de Franco y también de la Ilustración española, con el barrio de la Magdalena como ejemplo extraordinario de urbanismo dieciochesco—, donde el autocar recoge al grupo para el tramo final hacia Santiago de Compostela. La plaza del Obradoiro, la catedral, el Parador de los Reyes Católicos donde se cierra el viaje: uno de esos finales que tienen el peso justo. Cuatro comunidades autónomas, cuatro gastronomías —el pintxo vasco, el cocido montañés, la fabada y el pulpo a la gallega—, cuatro paisajes que van del verde intenso al gris atlántico. Ocho días que, cuando terminan, se recuerdan como si hubieran durado el doble.
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