Vilnius, la casa de muñecas

La capital de Lituania es una de las grandes ciudades por descubrir en la Europa del Este. Eclipsada un poco por la fama y cercanía de Praga, Vilnius fue Capital Cultural Europea en 2009 y en el recuerdo del visitante permanecen siempre su espíritu acogedor junto a los elementos barrocos que jalonan los principales espacios de la ciudad. Asentada, como Roma, sobre siete colinas, es una ciudad orgullosa de su patrimonio, divertida en sus festivales, original en sus propuestas y cálida con el visitante.

Thierry Maliniak
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Foto: Alberto Mateos

Si le gusta el barroco, no lo dude: viaje a Vilnius. Y si no le interesa... ¡también! Y es que la capital de Lituania no sólo se enorgullece del mayor conjunto de Europa, y tal vez del mundo, de este estilo arquitectónico. Ofrece más, incluso mucho más: sobre todo un casco viejo que es uno de los más encantadores de toda Europa del Este y que ha sido declarado en su totalidad Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Un casco viejo que no es solo edificios y arquitectura; es también, o sobre todo, una atmósfera: la del delicioso ambiente de sus callejuelas adoquinadas o la de sus plazas y terrazas abarrotadas en verano. Como si todo formara parte de la decoración de una gran casa de muñecas.

En este imperio del barroco empecemos la visita con una paradoja: el principal edificio religioso del país, la catedral capitalina, más exactamente la basílica de San Estanislao y San Ladislao, su nombre oficial, es un monumento al neoclasicismo. Y las estatuas que adornan su fachada de un blanco resplandeciente evocan más bien la antigua Atenas. El interior también, con sus once capillas, sorprende por su sobriedad. Hasta que en un rincón resurge de repente, con fuerza, el barroco, concretamente en la recargada capilla de San Casimiro. Entre muros de mármol, unas estatuas de estuco describen la vida del que es el patrono de Lituania (su fiesta, que se celebra en marzo, es una de las más importantes de Vilnius).

Tres estatuas colocadas en el tejado de la catedral -copias de unos originales del siglo XVIII- recuerdan la historia multinacional de una ciudad que cambió varias veces de manos: si la estatua de San Casimiro simboliza a Lituania, la imagen de San Estanislao representa a Polonia, y la de Santa Helena, a Rusia. La propia historia de la catedral también atestigua este pasado agitado: inaugurada en el siglo XIII por el gran duque Mindaugas, pasó varias veces de templo pagano a iglesia católica y viceversa (Lituania fue uno de los últimos países de Europa en convertirse definitivamente al cristianismo). Tras anexionarse Lituania, los soviéticos transformaron en 1950 la catedral en galería de arte e incluso, durante una breve época, en taller de reparación de vehículos. Fue la Perestroika la que permitió su devolución a la Iglesia casi cuatro décadas después.

Símbolo de poder. Separado el edificio principal, un campanario de 57 metros, con un aspecto que evoca más bien un faro, domina la enorme Plaza de la Catedral, el gran punto de encuentro social de la ciudad. En verano los turistas se mezclan aquí con los capitalinos que vienen a comentar las últimas noticias, pasear a los niños, tomar el fresco o saborear un helado. En medio, unos jóvenes hacen acrobacias con su bicicleta o su monopatín. Agazapado detrás de la alta silueta de la catedral, el Palacio del Gran Duque le disputa el espacio central de la plaza. Alberga exposiciones culturales transitorias, pero decepciona al visitante: en el interior, tras múltiples renovaciones (la última, terminada en 2009), queda hoy poco de lo que fue el símbolo del poder en la Lituania de antaño.

Nacionalismo a ritmo de rock. Desde la palza, un sendero empinado (los perezosos pueden coger un funicular) conduce, cerro arriba, a la torre de Gediminas, de ladrillo rojo, último resto del castillo cuya construcción marcó, en el siglo XIII, el verdadero nacimiento de la futura Vilnius. En el interior, un montaje audiovisual con acentos patrióticos muestra emigrantes de la diáspora lituana en los rincones más diversos del planeta (incluso... ¡Carboneras, en la provincia de Almería!) cantando el himno nacional. Una demostración de un nacionalismo con el que nos toparemos constantemente en la capital (¿en qué otro país enarbolan los jóvenes banderas nacionales durante un concierto de rock?). Desde lo alto de la torre, la vista de la ciudad resume sus contrastes: en primer plano, las fachadas adornadas y los tejados de colores vivos del casco viejo; a lo lejos, sobre otra colina, unos edificios grisáceos de la huella soviética, y del otro lado, los primeros rascacielos que empiezan a brotar en la parte moderna.

Una vez visto desde arriba, el atractivo que ejerce el casco viejo es ya irresistible. No dudemos por tanto en sucumbir y empecemos a cruzarlo de par en par por la calle Pilies (calle del Castillo) y su continuación, la calle Didzioji. Estas dos estrechas arterias mayormente peatonales representan el eje vertebral del centro histórico. Es también su lugar más animado: entre dos hileras de edificios de época donde el barroco le gana al modernismo se suceden los kioscos de venta de souvenirs, los bares abarrotados con sus terrazas, los puestos de pintores callejeros, los músicos ambulantes, las pequeñas tiendas que parecen de juguete... Se oye hablar lituano, ruso, alemán, polaco... Las nacionalidades se mezclan, y también las generaciones, con sus experiencias muy diferentes. Un viejito con edad para haber vivido la invasión nazi vende cucharas de madera al lado de dos jóvenes tocando la guitarra que nacieron probablemente con la Lituania ya independiente (lo fue a partir de 1990, con el desmembramiento de la URSS).

La fuerza del Barroco. En todo el centro histórico están esparcidas las fachadas de las iglesias barrocas: Santa Teresa, San Nicolás, San Pedro y San Pablo con sus más de 200 figuras, la iglesia del Espíritu Santo, San Casimiro con su aspecto de tarta de fresa... Son tan numerosas que no hace falta buscarlas, vienen ellas mismas en busca del visitante conforme se va serpenteando por las callejuelas adoquinadas. La fuerza excepcional de este estilo en Vilnius tiene su explicación: en esta ciudad cercana a la línea de demarcación entre catolicismo y luteranismo, el recargado barroco fue una importación de los jesuitas para visualizar el poder de la Iglesia de Roma frente al estilo arquitectónico desnudo de los reformadores. También está presente el gótico, como en Santa Ana, construida enteramente con ladrillos rojos (de los cuales, según las guías, tiene 33 tipos diferentes): tiene la fama de ser la iglesia mejor conservada desde su construcción en el siglo XV. Se accede a ella bajando por la encantadora calle Literatu, llena de terrazas de bares, y con sus muros blancos incrustados de pequeñas piezas de cerámica (hay un centenar), que representan en su mayoría figuras de la literatura nacional.

La Plaza Rotuses (Ayuntamiento) constituye el abarrotado corazón del centro histórico de Vilnius. Está cercada de fachadas de viejos edificios, la mayoría de estilo barroco, que constituyen un conjunto que impresiona por su armonía. En el centro de la plaza, instalados en unas terrazas que no tienen nada que envidiar a cualquier Plaza Mayor hispánica (aunque con menos decibelios, eso sí), grupos de jóvenes departen animadamente bebiendo el alus, la omnipresente (y excelente) cerveza local. En las escaleras que llevan a la casa consistorial siempre hay algún espectáculo musical en verano: a una orquesta de cámara tocando música clásica sucede al día siguiente la intensidad de un grupo de rock duro.

La Universidad, que reivindica el título de más antigua de Europa del Este (fue fundada por los jesuitas en 1570), merece también una visita. Parece una pequeña ciudad dentro de la ciudad, un remanso, en pleno centro, de sosiego total, en época de vacaciones escolares por lo menos. Al deambular por el dédalo de sus trece patios, uno tiene la sensación de estar paseando por un monasterio, a lo que ayuda la Iglesia de San Juan apresada en el recinto, que muestra el altar barroco tal vez más recargado de la ciudad (un título muy disputado). Recorriendo los pasillos, el visitante se encuentra de repente con sorpresas: por ejemplo, con impresionantes frescos mitológicos, llenos de infiernos y paraísos, pintados por un artista local, Antanas Kmieliauskas, pero que parecen directamente inspirados por la versión más alocada del Bosco. O con los signos del Zodiaco que decoran la torre del edificio del Observatorio.

Pasado convulso, de la gestapo al kgb. Tras escudriñar en todos sus recovecos un casco viejo del que uno no se cansa nunca, conviene también recordar el pasado agitado, y trágico, de Lituania. Hay que abandonar el centro histórico, dirigirse hacia su ensanche del siglo XIX y bajar la gran avenida Gedimino, bordeada de una impresionante hilera de prósperas casas de tipo modernista, donde vivía antaño la alta burguesía de la capital. Hasta llegar a un sitio especialmente indicado por su historia para albergar el Museo del Genocidio: ¡fue sucesivamente sede de la Gestapo y del KGB! Es ilustrativo no sólo por lo que enseña sino también por lo que ignora. El museo describe de manera detallada los estragos que causó la invasión soviética de 1940 (tras el pacto entre Moscú y la Alemania nazi), definida como "el inicio de una ocupación de medio siglo". Combina montajes audiovisuales, mapas, fotos antiguas, recortes de prensa de la época... Y describe con detalle una guerra poco conocida en Occidente, la de 30.000 guerrilleros lituanos contra 70.000 soldados del Ejército Rojo tras la anexión definitiva del país por la URSS en 1945. En el sótano del edificio se puede ver todavía la prisión del KGB, con sus calabozos desnudos, sus camas de hierro, sus fotos de cadáveres expuestos en la calle como escarmiento, e incluso la sala de ejecución donde se liquidaba a los prisioneros de un tiro en la cabeza.

Pero, ¡oh sorpresa!, en este museo del Genocidio que fue también sede de la Gestapo no figura ni una foto evocando la barbarie de los nazis, que fue especialmente cruel en este país, ni la persecución de los judíos. Más sorprendente, la expulsión, tras la ruptura del pacto germano-soviético, de las tropas hitlerianas por el Ejército Rojo en 1944 es simplemente calificada como "la segunda ocupación soviética". Para recordar la violencia impuesta a los judíos lituanos, habrá que desplazarse por tanto hasta otro museo, mucho más pequeño y modesto: el del Holocausto. Empieza por explicar la historia, a partir del siglo XIV, de una comunidad judía tan nutrida y activa (unos 200.000 miembros en los años 1930) que Vilnius llegó a ser llamada "la Jerusalén del Norte". Llega después, en las salas siguientes, una época mucho menos amena: sobrecogen las copias de los decretos de las autoridades alemanas de ocupación prohibiendo a los judíos utilizar las aceras para caminar, acceder a las zonas peatonales o recreativas de la capital, y estar en la calle entre las 18 y las 6 horas. Y sobrecogen más todavía las fotos del gueto de Vilnius y de otras ciudades del país (como el de Kaunas, transformado en gran campo de concentración). Todavía hoy, los mapas de la ciudad mencionan lo que se llamaba el Gueto Pequeño, cerca de la Plaza Rotuses.

Uzupis, un barrio bohemio convertido en "República Independiente"
Para completar el recorrido de la capital lituana, ¿por qué no emprender un viaje... al extranjero? Concretamente a la República de Uzupis, como la llaman los habitantes de este barrio de ambiente bohemio de Vilnius que declaró su independencia en 1997. Tiene sus propias reglas, sus propias autoridades e incluso su propia Constitución, escrita en diez idiomas en un cartel de una calle de la república. Sus 41 artículos parecen una oda al inconformismo. Incluyen "el derecho a hacer el vago o a no hacer nada", "el derecho de entender" tanto como "el derecho de no entender nada", "el derecho de morir que nos es, sin embargo, un deber". El texto concluye con una triple exhortación: "No conquistes, no contraataques, no te rindas". Aunque situado cerca del centro, del que la separa un pequeño río, Uzupis goza de un ambiente rural, casi bucólico, que convenció a muchos artistas y jóvenes para instalarse en sus calles casi sin tráfico. Aquí abundan las tiendas de inspiración oriental, mientras las pinturas sicodélicas coexisten con alguna que otra escultura de un falo. Franquear la frontera de esta república cruzando el puente que conduce a ella es una manera adecuada de culminar una visita a una ciudad que ha hecho del relajo y del espíritu bohemio (¿qué otra capital del mundo tiene un monumento al músico Frank Zappa?) uno de sus grandes atractivos.