Viaje al centro del Surrealismo: el Teatro-Museo Dalí de Figueres

Un recorrido por una de las pinacotecas más visitadas del país, en la que el controvertido pintor volcó todas sus obsesiones

Noelia Ferreiro
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Foto: Thierry Tutin

Juegos, despistes, reflejos, ilusiones ópticas, transgresiones. El universo onírico de Salvador Dalí encontró una sede perfecta en un antiguo teatro de Figueres, su ciudad natal, en el que el artista volcó su propia obra. Un lugar que había sido devastado en la Guerra Civil y cuya elección se basó en tres razones esenciales: la de coincidir con su condición de pintor eminentemente teatral; la de ubicarse justo delante de la iglesia en la que fue bautizado; y la de ser el lugar donde, de niño, expuso su primera muestra de pintura, ajeno aún a la gloria que alcanzaría con los años.

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El Teatro-Museo Dalí, inaugurado en 1974, es una de las pinacotecas más visitadas del país. Un lugar diseñado hasta el más mínimo detalle por quien siempre será recordado por su estrambótico bigote. Aquí no sólo quiso custodiar su legado sino también dejar su huella eterna, de la misma forma en que lo hizo en los otros dos vértices del triángulo daliniano: la Casa Salvador Dalí de Portlligat-Cadaquès y el Castillo Gala Dalí en Púbol.

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Obras rompedoras

Empezando por la fachada del edificio, donde ya se empieza adivinar este viaje surrealista. Los muros rojos, la Torre Gálata en homenaje a su amada Gala, los huevos fetiche coronando la construcción y la similitud con la Casa de las Conchas de Salamanca, sólo que en lugar de moluscos son panes de tres picos (símbolo de la prosperidad) los que salpican las paredes.  

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Después en el interior, una figura de buzo nos invita a sumergirnos en su filosofía surrealista, en esa capacidad tan suya para elevar a la categoría del arte a los objetos cotidianos. Con la primera instalación, El taxi lluvioso, se accede de pronto a otro mundo, dominado por la imaginación. Un Cadillac elevado sobre una plataforma de mejillones que es todo un juego surrealista: basta con introducir una moneda para que un paraguas se abra en las alturas y comience a llover… dentro del coche.     

Harvey Barrison

Paranoia crítica

El Teatro-Museo Dalí recoge como ningún otro las obsesiones del artista. Gala, por supuesto, en todas las versiones posibles. Las pinturas de Cadaqués, que fue su refugio dorado. Los guiños a Marcel Duchamp. Los homenajes a Lorca y a Picasso. La iconografía eterna (huevos, panes, hormigas, relojes…). El método de la paranoia crítica que consiste en retratar tanto la realidad que se mira como la realidad que se ve.

José Luis Filpo Cabaña

Todas las obras merecen la pena, aunque hay algunas de mención obligada. Como Autoretrato blando con bacon frito, en el que manifiesta su concepción (¿o es obsesión?) de lo blando como encarnación de lo frágil. O el Busto de Velázquez metamorfoseándose en tres personajes conversando, con el que surrealiza en clave escultórica a la ilustre figura del pintor barroco. O Gala desnuda mirando el mar que a 18 metros aparece el presidente Lincoln, con el que se adelanta a la digitalización. O Poesía de América, al que se considera un anticipo al pop-art puesto que incluye una botella de coca-cola, treinta años antes de Andy Warhol.

Елена Гумерова

“Sentarme en la boca de Mae West”

Original como ninguna otra es la sala dedicada a Mae West, en la que el genio se propuso crear, a partir del rostro de la sex symbol, un apartamento surrealista. Lo hizo con unas chimeneas a modo de cavidades nasales, un sofá que recrea unos labios carnosos (“Quiero sentarme en su boca”, dijo) y unos ojos dibujados con imágenes de París.  

Lanoel

Esta instalación es parte de los delirios apasionantes que se esconden en este museo, como reflejo de su manera bizarra de entender el mundo a golpe de libertad, extravagancia y rebeldía. Porque más allá de su obra inagotable, no olvidemos su famosa sentencia: “¡El surrealismo soy yo!”.

Jecayarga