Vía Nova, la senda de los balnearios gallegos

Una calzada romana que atraviesa en diagonal las tierras de Ourense enlaza vestigios históricos, ciudades, leyendas y paisajes con una cadena singular de establecimientos termales que ya disfrutaban las legiones del Imperio.

Carlos Pascual
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Foto: Lucas Abreu

Los romanos, tontos no eran. Por razones comerciales y militares tenían que tender una carretera dentro de la provincia Gallaetia que uniera Astúrica Augusta (Astorga, capital del conventus o "partido judicial" asturicense) con Brácara Augusta (Braga, capital del conventus bracariense). Y se las ingeniaron para que aquella autopista se convirtiera en una placentera ruta de Spas a la última. La calzada abarcaba 215 millas romanas (unos 320 kilómetros) y se dividía en once tramos (equivalentes a un día de recorrido), jalonados cada uno por una mansio (venta o posta donde pernoctar y repostar caballerías).

El nombre de Vía Nova de la calzada se debe a que fue de las últimas en abrirse por la zona: se llevó a término hacia el año 80, en tiempos de Vespasiano. Cada tanto, un miliario (poste de piedra) marcaba las distancias. Esta calzada, que en el llamado Itinerario de Antonino (un mapa de carreteras de la época) es la Vía XVIII, atraviesa en diagonal la provincia de Ourense, desde las Terras de Trives y Valdeorras hasta la raya misma con Portugal, en pleno corazón de la Serra do Xurés.

Ahí empezamos. En el Parque Natural Baixa Limia-Serra do Xurés, unido sin solución de continuidad al luso Parque Nacional da Peneda Gerês. Ambos forman una misma masa forestal declarada por la Unesco Reserva Transfronteriza de la Biosfera. Un escenario que parece sacado de los relatos de Tolkien. Pero vamos a lo que vamos: para pisarles los talones a las cohortes imperiales nos situamos en el concejo de Lobios, y más concretamente en la aldea de Portela do Home, paso fronterizo con Portugal. Allí vemos un montón de miliarios juntos (¿era un taller?); en otra aldea próxima, Riocaldo, estaba la mansio Aquis Originis, para que los súbditos de Roma se solazaran en termas provistas de hipocaustum (calefacción). Hoy sigue habiendo en Lobios uno de los balnearios más lujosos (incluyendo el paraje en tal concepto), con aguas mineromedicinales y adelantos que nada tienen que envidiar a los romanos.

Fuera ya del parque, el concejo de Muiños es el que más restos megalíticos ha conservado de la provincia. Notables son las necrópolis de Maus de Salas -con los dólmenes Casiña da Moura y Casota do Foxo, junto al embalse de Salas- y la del Outeiro de Cavaladre, a orillas del Embalse das Conchas, además de varios castros dispersos de la Edad de Hierro. Muiños tiene playa fluvial donde refrescarse, y un museo etnográfico.

Dejamos el curso del Limia (que las tropas romanas temían vadear, porque decían que era el río del Olvido, como el Leteo del Hades mitológico) y remontamos la corriente de su afluente, el Cadós. Pronto avistaremos la iglesia de Santa Comba de Bande, uno de los raros ejemplos que nos quedan de arquitectura visigoda (siglo VII). En Porto Quintela, un camino asfaltado nos lleva al yacimiento de Aquis Querquennis, otra mansio con Spa; hay un Centro de Interpretación junto a las pozas de agua caliente, en las que podemos zambullirnos si el nivel del embalse no las cubre. Y llegamos a un lugar Donde el mundo se llama Celanova: tal era el título de un poemario de Celso Emilio Ferreiro (1912-1979), uno de los vates locales. Otro muy importante fue Curros Enríquez (1851-1908), puntal del Rexurdimento gallego; su casa es ahora la Casa dos Poetas, que recuerda la obra de ambos, y también de otros paisanos escritores, como Castor Elices o Méndez Ferrín.

Celanova, por donde pasaba un ramal de la Vía Nova (cruzando el Arnoia por el puente de Freixo), es un mundo aparte. Un cosmos donde se codea lo más grande (el inmenso monasterio de San Salvador) con lo casi microscópico (la capillita mozárabe de San Miguel). No olvidarse de subir a Castromao, un castro desde el cual disfrutaban de espléndidas vistas los coelerni, tribu que firmó un pacto de hospitalidad con los romanos; cada verano, el castro vuelve a llenarse de legionarios y aborígenes, hermanados en la festa o folión castrexo.

Una carretera, la OU-300, nos interna en Terras do Arnoia, río en cuyas márgenes los suevos fundaron, en el siglo VI, Vila Alaricii (villa de Alarico), la actual Allariz (pronúnciese aguda, como nariz, que, si no, se enfadan). Un capricho de reyes: Alfonso VI levantó el castillo (quedan cuatro paredes), Alfonso VII le otorgó fuero de Vila Real, Sancho IV la llamaba "llave del reino de Galicia", Alfonso IX creó una corte literaria, y su despabilado nieto, Alfonso X El Sabio, compuso allí algunas de sus Cantigas, mientras su señora, doña Violante, se entretenía en fundar el convento de Santa Clara...

Un cúmulo de historia, con una importante colonia judía (y no menos importantes disturbios antisemitas). Un conjunto medieval grato, con media docena de iglesias románicas o góticas, calles de sabor gremial, cruceros, fuentes, petos de ánimas... Y media docena de museos (del Juguete, del Cuero, del Tejido, de Arte Sacro...). Un enclave singular es O Rexo (en la parroquia de Requeixo de Valverde), un ecoespacio que reúne una granja piloto, una quesería (se visita) y una intervención land art de Agustín Ibarrola, que ha plasmado signos y colores primigenios en troncos de árboles y piedras.

A este bagaje material hay que sumar otro patrimonio inmaterial (?), la repostería y las leyendas. Del repertorio de dulces célebres hay que destacar los almendrados o mazapanes, las almendras de pico, los melindres, las roscas de yema, la tarta real... Entre las leyendas sobresalen tres: la del lobisome (hombre lobo) Manuel Blanco Romasanta, sobre quien rodó una película Paco Plaza (Romasanta. La caza de la bestia, 2004); la de Monchillo de Corvillón, "gigante" que medía 2,40 metros, calzaba un 56 y era exhibido en barracones de feria, hasta que murió con 27 años, en 1944; y la de Santa Mariña.

Esta última leyenda cobra timbres de suceso en Santa Mariña de Augas Santas, donde está la iglesia románica con el sepulcro de la mártir y, a las afueras, el horno donde fuera torturada por no ceder a los deseos lúbricos del prefecto romano Olibrio; como no muriera asada, le cortaron la cabeza, que botó tres veces y produjo tres hoyos en el suelo. Es un lugar de densidad numínica, donde todo adquiere un tinte sagrado: el horno (¿sobre un ninfeo romano?), las fuentes o pilones de agua milagrosa, el carballo o roble desaparecido...; quien esto escribe llegó a verlo, abrazado por un corro de viejucas musitando salmodias, al atardecer, en una escena que parecía calco del encuentro de Macbeth con las brujas...
La Vía Nova continúa: poco más adelante, en Baños de Molgas, siguen los restos de la mansio Aquis Saliéntibus -aunque el balneario en uso es del siglo XIX, renovado-. Y más allá, Maceda, vigilada por la mole del castillo que habitó Alfonso El Sabio y es ahora un hotel monumento. Más miliarios en Foncuberta y en Tioira; la calzada se interna luego por Terras de Caldelas, Trives, Valdeorras... Pero eso sería largo de contar.