Fin de las vacaciones: claves para afrontar la cuesta arriba de septiembre

Cambiar la playa, la siesta y la libertad por la oficina, el despertador y la rutina puede parecer un reto traumático. Pero no todo está perdido 

Noelia Ferreiro
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Ahí llega septiembre, tan triste, tan serio, tan de cara larga. Un mes que suena a despedida, a bajada brusca de la nube, a “ya se acabó lo bueno”. Adiós a la dulce indolencia de esquivar las preocupaciones, a los pies hundidos en la arena, a las noches que se vuelven eternas porque nada exige madrugar. Adiós a la codiciada libertad; hola a la terrible rutina. 

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Asumir el fin de las vacaciones y la vuelta a las obligaciones laborales puede parecer un reto traumático. Existe, es cierto, el síndrome post vacacional, que no es exactamente una enfermedad, pero que se manifiesta con un conjunto de síntomas que pueden asemejársele mucho. Los más comunes: cansancio, desgana y ansiedad. Uno se encuentra debilitado, sumido en una profunda tristeza, sin fuerzas para hacer nada. El carácter se agria, el apetito escasea, el sueño se esfuma en la noche para irrumpir durante el día, la mente no puede centrarse, los músculos se tensan en exceso y puede que hasta el estómago juegue alguna mala pasada. 

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Todo dentro de la normalidad: es lo que supone pasar de una situación placentera a una yincana de exigencias. Horarios estrictos, plazos que cumplir, estrés en definitiva. Pero que no cunda el pánico porque aunque no existe una fórmula mágica, sí hay ciertas pautas que se pueden seguir para mitigar la angustia. Esto es lo que puedes hacer para que la vuelta a la normalidad sea más llevadera:

Evitar aterrizajes forzosos

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Los expertos recomiendan no empalmar vacaciones y trabajo, es decir, regresar del viaje en cuestión al menos un par de días antes de iniciar la actividad laboral. Es importante hacerse a la idea del cambio que se avecina y para ello viene bien dedicar parte de los últimos días de disfrute a visualizar las situaciones estresantes a las que deberemos enfrentarnos. 

Regreso progresivo a la rutina

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Hay que empezar a trabajar poco a poco y coger el ritmo progresivamente. De nada sirven las buenas intenciones de resolverlo todo de un plumazo. Aunque tengamos muchas ganas de arrancar, es fundamental dosificar el esfuerzo para no acabar agotados (y deprimidos) antes de lo que imaginamos.  

Asumir los cambios de escenario, clima y actividad

No es sencillo aceptar que aguardan unas cuantas obligaciones. Y tampoco que comienza a refrescar, que los días se acortan, que las noches pierden brillo. Pero hay que asumir de manera natural el reencuentro con el horario de siempre, el barrio, las actividades habituales y la nueva estación. Hay que pensar que todo se puede compensar con actividades gratificantes.

Hacer ejercicio 

Parece un tópico, pero no falla nunca y tampoco para este síndrome. El deporte nos ayuda a relajarnos y mantenernos en forma. Y esto mejora también el estado de ánimo.

Holidu

Comer sano y equilibrado. 

También ayuda a adaptarte a la rutina. Es el momento de dejar atrás los malos hábitos y los excesos a los que, en ocasiones, nos sometemos en vacaciones. Nada puede ser más recomendable que un regreso a la dieta mediterránea, a los platos de cuchara, las verduras, las ensaladas y las frutas.

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Ser positivo

Incluso aunque parezca que todo se ha vuelto en tu contra y que eres incapaz de tomar cualquier decisión. Hay que enfrentarse al día a día con los aspectos más agradables de la rutina, asumir que la vida es bella y, no lo olvidemos, agradecer que hemos podido disfrutar de una vacaciones (que no todo el mundo se puede permitir).

Tener motivaciones

Porque solo ellas impulsan a seguir adelante. Hay que tener deseos, aspiraciones, sueños. Planificar tiempo para las aficiones, para dedicarlo a las personas que nos importan, para realizar actividades placenteras.

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Pensar en el próximo viaje

Que no tiene por qué ser el verano que viene sino, tal vez, en el próximo fin de semana. Marquémonos metas cortas y pensemos que el mundo es nuestro.