Uruguay fundamental

Desprovisto de las fanfarrias de selvas, cordilleras y cataratas que normalmente acompañan a los países del Nuevo Mundo, Uruguay fascina con el discreto encanto de un paisaje suave, una costa que es a la vez ribera y una personalidad afable y relajada. Y es que este pequeño país, tan remoto como familiar, no necesita sobreactuar.

Juan Manuel Bermejo
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Foto: Toni Santiso

Es Uruguay, como dice el tópico, la Suiza de América? Es verdad que se trata de un país relativamente pequeño que mantiene una fuerte personalidad, pese a estar rodeado de gigantes. También es cierto que sus verdes praderas están llenas de vacas y que incluso una importante colonia de suizos sigue haciendo queso en la zona de Nueva Helvecia. Puede que Uruguay se haya caracterizado históricamente por sus avanzadas políticas sociales y un nivel de vida comparativamente más alto que el de muchos de sus vecinos. Pero hasta aquí llegan las coincidencias. El Montblanc uruguayo apenas supera los 500 metros y son sus playas, y no las pistas de esquí, las que atraen a la jet set. Sobre si los bancos de Montevideo son tan sólidos como los de Zurich, pregúntele a cualquier uruguayo sobre el año 2002.

Gran parte de la tradición folclórica y bizarra que forma parte de la identidad uruguaya proviene del interior del país, donde el gauchismo, la vida en las estancias y las chacras se aúnan con algunos de los episodios más importantes en la fundación del país. Pero el Uruguay fundamental, y también el más poblado, surge a orillas de un Río de la Plata que, de modo imperceptible, se transforma en mar.

El recibimiento a los europeos que primero pisaron estas tierras -los lugareños se merendaron literalmente a Juan Díaz Solís y a su tripulación en 1516- no estimuló las ansias de los conquistadores por asentarse en esta tierra de gentes indomables y carente de importantes recursos naturales. Los primeros asentamientos, Colonia del Sacramento y posteriormente Montevideo, en la orilla norte del Río de la Plata, fueron más bien tardíos y en unas pocas generaciones los criollos ya se estaban independizando. Aunque Uruguay celebra su bicentenario en 2011, en conmemoración de la Revolución Oriental comandada por el héroe de la patria José Gervasio Artigas, la República Oriental del Uruguay no se proclamó hasta 1830. Pero el Uruguay moderno se forjó en el cambio de siglo, en el periodo que coincide con el transcurso de las intensísimas vidas de aquellos europeos que se agarraron con uñas y dientes a la segunda oportunidad que les daba el Nuevo Mundo.

Muchas de estas historias comenzaron en el puerto de Montevideo. Sólo su emplazamiento en una península asomada al Río de la Plata bastaría para justificar su encanto. Pero es que, además, Montevideo es una ciudad agradable, de ritmo pausado, donde los días comienzan a las diez de la mañana y siempre hay tiempo para disfrutar del mate, la compañía y la conversación. Su arquitectura refleja fielmente, en una acumulación de estratos, la historia del país. Las decrépitas mansiones de la ciudad vieja son testimonio de las primeras fortunas amasadas en ultramar. La Avenida 18 de Julio, que articula la ciudad, refleja, con sus rascacielos art decó, un país a la vanguardia del progreso en las primeras décadas del siglo XX. Los conventillos, ya casi todos desaparecidos del Barrio Sur y Palermo, cuentan la poco conocida historia de los negros uruguayos, descendientes de los esclavos que sobrevivieron al viaje entre sus hogares africanos y Montevideo. En la placentera Rambla que bordea la costa se alzan los edificios de apartamentos a la Ipanema, donde reside la burguesía montevideana, en barrios como Pocitos, Punta Carretas, Buceo o Carrasco. Y en los suburbios han crecido los asentamientos precarios, tras la debacle económica del 2002, desde los que parten los carros tirados por mulas y conducidos por niños que recogen la basura aprovechable de las calles de la ciudad.

El cosmopolitismo y el espíritu abierto de los montevideanos se refleja en su pasión por la cultura y especialmente por las artes escénicas. El decimonónico teatro Solís, construido con los mejores materiales procedentes de Europa y recientemente restaurado, es toda una institución en la que todavía resuenan los ecos de la mítica Margarita Xirgu, que llegó a dirigirlo y se convirtió en una leyenda en el Montevideo de la mitad de siglo.

Las entradas, a precios muy populares, se acaban rápido en cualquier espectáculo del nuevo auditorio Adela Reta, perteneciente al SODRE (Servicio Oficial de Difusión Radio Eléctrica), especialmente desde que Julio Bocca se convirtiera en el director del ballet residente. En la actualidad hay en Montevideo cuarenta salas teatrales que incluyen varios espacios alternativos herederos del espíritu innovador, rebelde y político de instituciones como el teatro Circular o el Galpón.

Una de esas salas se halla en el fascinante museo Torres-García, en la calle peatonal Sarandí, el animado eje que recorre la ciudad vieja hasta el puerto. Autor del icónico dibujo que representa Sudamérica del revés porque "nuestro norte es el Sur", Torres-García ejerció como artista -trajo las vanguardias a Uruguay y dejó toda una escuela de seguidores- y como teórico del arte. Su Universalismo Constructivo constituyó un ambicioso y utópico intento de recopilar adecuadamente un lenguaje artístico universal.

El año montevideano está cargado de eventos colectivos. El carnaval -que, con cuarenta días de duración, es el más largo del mundo- es sin duda el acontecimiento esperado del año y cuenta con su propio e interesante museo junto al puerto. El Día del Patrimonio es, en realidad, un fin de semana completo al comienzo de la primavera que demuestra una vez más el fervor cultural de los uruguayos, que abarrotan cada uno de los museos y edificios que se abren o eventos que se organizan. La noche de la nostalgia, por su parte, es un ejemplo de tradición reciente pero perfectamente asentada. Llena una noche de invierno de viejos éxitos musicales y bailes carrozas que tienen su antídoto en las contrafiestas montadas por los jóvenes como Reíte de la nostalgia.

Pero, además de los grandes eventos, la semana montevideana tiene programados sus pequeños placeres cotidianos. Los sábados a mediodía es tradición acudir con los amigos a disfrutar de un pantagruélico asado en las parrillas del Mercado del Puerto. La leyenda de este histórico edificio, aunque apócrifa, no deja de tener su encanto: el mercado estaba destinado a ser una estación de tren en alguna ciudad del Pacífico, pero el barco que la transportaba en piezas desde Inglaterra naufragó en la costa uruguaya y los materiales se trajeron a Montevideo para construir el mercado. Los domingos por la mañana es inevitable dirigirse al mercado de Tristán Narvaja, un delicioso rastro donde encontrar desde una vieja olla exprés a una primera edición de Benedetti, y por las tardes lo suyo es asomarse por la peatonal Curuguatí, en el Barrio Sur, para asistir a las llamadas del candombe. Y todos los días, frente al Río de la Plata, el parque de Pocitos acoge a todo el que desee disfrutar de una puesta de sol increíble mientras se toma el mate.

La rambla de Montevideo continúa su recorrido sinuoso para convertirse en una especie de paseo marítimo interurbano que recorre la costa entre la capital y Punta del Este. Paralela a ella discurre la ruta Interbalnearia que comunica varios centros playeros con distintos perfiles, hasta llegar a la joya de la corona. A principios del siglo XX, Punta del Este era un remoto puesto ballenero donde se capturaban y procesaban ejemplares de ballena franca austral. Gracias a la prohibición de su caza, hoy es posible avistar, incluso desde la costa, a estos gigantescos mamíferos que en invierno migran desde las aguas del Círculo Polar Antártico para aparearse. Poco a poco fue creciendo gracias a una serie de emprendedores, entre los que destaca el argentino Litmann, que en los años 50 puso Punta del Este en el mapa aplicando el manual clásico del promotor playero, es decir, a base de festivales de cine y concursos de belleza.

Salvo por la pequeña parte de Punta Salinas, que aún conserva cierto encanto, lo cierto es que la península de Punta del Este es un mamotreto de edificios, que se encuentra en la peliaguda encrucijada entre terminar de convertirse en una Miami del sur, con la construcción de un puerto para cruceros y un megacentro de congresos, o apostar por la exclusividad que la hecho célebre entre los ricos y famosos. La elección de la fina arena de Punta resulta obvia para los porteños, que sólo disponen de playas fangosas en su orilla del río, pero, ¿por qué este enclave atrae cada verano a personajes internacionales como Shakira (verdadera embajadora del lugar), Julio Iglesias o Bruce Willis, entre otros muchos? La respuesta es que Punta del Este es, pese a todo, un lugar divertido donde desparramar en casinos y clubes, y cuenta, a pocos kilómetros al este y al oeste de la península, con algunos de los parajes costeros más encantadores del subcontinente.

Uno de ellos es Punta Ballena, el acantilado elegido por el artista Carlos Páez Vilaró para construir su atelier, refugio y museo, Casapueblo. Este edificio-escultura de influencia gaudiniana, construido por el propio artista con la ayuda de los pescadores de la zona, tiene, según su creador, "algo de catedral, algo de mezquita y algo de horno de pan". En sus terrazas se repite cada tarde un ritual que nunca deja de fascinar: la contemplación de una puesta de sol espectacular interpretada al compás del adagio del Concierto de Aranjuez, himno oficial de esta peculiar república.

De Punta del Este parte la línea invisible y cambiante que separa las aguas del Río de la Plata de las del Océano Atlántico. Aunque esta división no se aprecia a simple vista, lo cierto es que las playas, a un lado y a otro de la península, se llaman, y con razón, Mansa y Brava. Es en la parte brava, al este, donde comienzan a entenderse los encantos del lugar. La zona de la Barra, a la que se accede mediante el curioso puente ondulado sobre el arroyo Maldonado, cuenta con preciosas playas. Entre las villas que las rodean asoman, de cuando en cuando, algunos ejemplos de interesante arquitectura.

Cuando los famosos se refieren a Punta del Este, cada vez más quieren decir José Ignacio. Es alrededor de este pequeño pueblo de pescadores -que fuera de temporada adquiere el aspecto de confín- donde el quién es quién del famoseo internacional disfruta de su veraneo austral. Bordeando la carretera se suceden las chacras, enormes fincas junto al mar en donde se han construido sus palacios Shakira y compañía. Al Este de este Edén, las promesas de playas solitarias y parajes naturales de la costa Atlántica uruguaya, como Cabo Polonio o Punta del Diablo.

Queda aún otra de las facetas del Uruguay fundamental, la del interior, rural, escasamente poblado y fascinante en su sugerencia de salvajismo en un paisaje suave de prados ondulados. El agua es también protagonista en un territorio surcado por multitud de ríos de caudal importante que los lugareños llaman, como para quitarles importancia, arroyos.

Aún en la orilla del Río de la Plata, Colonia del Sacramento participa de este espíritu del interior. Aquí no hace falta llevarse a los labios el agua dulce para intuir que estamos en un río, aunque las luces del Buenos Aires de la otra orilla sólo se vean algunas noches. Fundada por los portugueses y conquistada en sucesivas ocasiones por los españoles, la Colonia antigua es una bonita y plácida ciudad amurallada, en cuyas calles empedradas se alternan los tejados a dos aguas de las casas portuguesas con las azoteas planas de las españolas. El toque excéntrico lo da aquí el faro clavado en la nave en ruinas de la antigua iglesia barroca. En sus alrededores reinan las vacas y los pájaros, y la tranquilidad es propicia para personajes peculiares como Emilio Arenas, que exhibe en su granja las colecciones que le han permitido obtener tres récords guinness. Emilio es capaz de imbuir su pasión por el coleccionismo hasta al más escéptico cuando cuenta que la colección de más de 5.500 lápices (ahora va camino de los 12.000), que le valió su primer récord, le permitió conocer en Nuremberg al mismísimo Conde de Faber-Castell.

Otra actividad que ofrece la campiña uruguaya es la de practicar una suerte de arqueología melancólica, recorrer los restos de un pasado relativamente cercano, pero que cuesta imaginarse si no es dentro de una época mítica o mágica. Se trata de los esqueletos de aquellos emprendimientos y aventuras que, como sueños que eran, se desvanecieron con el despertar a la realidad de la segunda mitad del XX. Es el caso del pueblo de Conchillas, al oeste de Colonia, que antaño fuera una suerte de enclave inglés en pleno Río de la Plata. La C.H. Walker Co. dominó durante casi 70 años este territorio del que se extraía la piedra y la arena con que se construyó Puerto Madero en Buenos Aires. La pequeña ciudad contaba incluso con su propia moneda, los evans, con la que los trabajadores podían comprar casi cualquier cosa en la tienda de ramos generales del propio señor Evans. De aquel macondo quedan los bungalows con tejados de zinc de los trabajadores, la tienda de Evans, las casas de estilo inglés de los patrones y las varias decenas de lápidas en inglés, alemán o ruso del cementerio. Más allá de lo nostálgico, o lo morboso, lo cierto es que Conchillas tiene un aura peculiar, además de una preciosa playa sobre el río de la que disfrutar antes de que se construya una planta papelera, en la que los escasos habitantes del pueblo han puesto sus esperanzas de regresar a la edad dorada de la C.H. Walker.

El "candombe" y el conventillo Medio Mundo
Pocas direcciones de Montevideo son tan míticas como el 1080 de la calle Cuareim, en el Barrio Sur. Aquí se situaba el conventillo Medio Mundo, el epicentro del candombe y de la cultura afrouruguaya.
Los esclavos trataron de conservar y trasmitir sus elementos de identidad. Con el tiempo, la mezcla de sus rituales y bailes con los elementos que observaban fue dando forma al candombe. Tras la abolición de la esclavitud, buena parte de la población negra se instaló en los conventillos (corralas) de Palermo y Sur.

La base de una llamada (desfile) de candombe es la cuerda de tambores que con sus tres tonos (chico, repique y piano) marcan el ritmo trepidante que sigue el resto de la comparsa. El desfile lo encabezan los tres personajes esenciales: la mama vieja, una ama de llaves colonial y matriarcal; el gramillero, con sombrero de copa y un maletín con hierbas de hechicero, y el escobero, que encabeza el desfile con sus malabarismos. Les siguen las vedettes, el cuerpo de baile y todo aquel que se quiera unir.

La incorporación del candombe al Carnaval de Montevideo propició la competición entre las comparsas asociadas a un barrio, una calle o, como en el caso de Morenada, a un conventillo. Liderada por Juan Ángel Silva, El Cacique, que ejercía de patriarca en Medio Mundo, Morenada reinó durante décadas hasta que el mítico conventillo fue derribado por la dictadura en 1978. Pero los tambores siguen sonando en comparsas como la del hijo del Cacique, Waldemar Silva, Cachila, una de las famosas, cuyo nombre. como corresponde, es Cuareim 1080.

Piriápolis, el sueño de Francisco Piria
Pocos hombres reflejan mejor que Francisco Piria el espíritu emprendedor, grandilocuente y misterioso que impulsó el nacimiento del Uruguay moderno. Hijo de inmigrantes italianos, Piria comenzó vendiendo baratijas en su tienda de Montevideo, llamada pomposamente Exposición Universal. Pero fue en el sector inmobiliario donde amasó su fortuna. Subastaba barrios enteros de la capital en saraos publicitados con imaginación y acompañados de vino, comida y música, e introdujo la por entonces novedosa venta a plazos, que permitió a muchos emigrantes adquirir un terreno.

Tras realizar un viaje a Europa, en el que visitó los principales balnearios de la Belle Époque, regresó a Uruguay con el sueño de crear la primera ciudad de vacaciones del país. Piriápolis nació de la nada en una bahía situada junto al Cerro Pan de Azúcar, a unos 35 kilómetros de la ahora mucho mayor Punta del Este. Piria la dotó de ferrocarril y de un puerto al que llegarían los argentinos, principales clientes de esta ciudad de vacaciones de comienzos del siglo XX. Apasionado por la alquimia y probable miembro de los rosacruces, utilizó una compleja simbología que puede observarse en el trazado de las calles y en numerosos edificios.

La muerte de Piria en 1933 inició las disputas por su herencia, que incluyeron asesinatos, suicidios y hasta la aparición de una hija secreta (hay quien dice que amante). Al final el Estado acabó haciéndose cargo de buena parte del imperio y hoy Piriápolis es un agradable centro de veraneo familiar que, mal mirado, parece esconder misterios desasosegantes.