Urbasa y Andía, tras las aguas del bosque navarro

Las sierras de Urbasa y Andía, que se encuentran al oeste de la comunidad navarra, son la transición entre la Navarra húmeda y la mediterránea.

Irene González
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El Parque Natural de Urbasa y Andía se despliega por cerca de 22 000 verdes y fascinantes hectáreas. La escasez de cursos de agua y fuentes llama poderosamente la atención en el Parque. Y el motivo es que ambas sierras son un inmenso karst, una formación geológica donde el agua, lentamente, va disolviendo las rocas más blandas. Por ello abundan cuevas y simas, y es zona de depresiones profundas, y paredes muy inclinadas. Aquí, las aguas recogidas en su superficie surgen al exterior en los bordes de ambas sierras para formar grandiosos nacederos como los del Urederra, y el de Iranzu. Otras de las sorpresas que guardan estas tierras son numerosos dólmenes, menhires y crómlechs.

Algunos de ellos son difíciles de hallar, pero otros se alzan en los puertos y pasos naturales, como el de Santa Marina, los del puerto de Etxarri, cerca de la ermita de San Adrián, el del puerto de Baquedano, o el de la Cañada, junto a las chozas de Arratondo. Uno de los más famosos es el menhir de Mugakoharria. Muy fácil de visitar, se encuentra cerca del raso de Ezkiza, donde en medio de un canchal surge el monolito de casi tres metros de altura, que permanece en el mismo lugar desde la edad del bronce. Estos dominios navarros, también son historia y leyenda. En uno de los capiteles del palacio de los Reyes, en Estella/Lizarra, se representa el duelo entre Roldán, el paladín de los ejércitos de Carlomagno, y Ferragut, el gigante árabe que había retado a los caballeros francos.

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Cuenta la leyenda que, tras días de incansable lucha, Ferragut confesó a Roldán que solo podía ser vencido si se le hería en el ombligo. Y así lo hizo al día siguiente, y logró la victoria para los ejércitos cristianos. El Parque Natural es una explosión de naturaleza y verdor. Dentro de un hábitat increíble, Urbasa posee dos árboles protegidos como Monumentos Naturales, el Tejo de Otsaportillo, y el Haya de Limitaciones. Otro monumento gastronómico, cuyos orígenes se remontan en el tiempo gracias al pastoreo de ganado ovino, es el queso de Urbasa, que combina tradición y singularidad. El ascenso a estas tierras navarras, comienza suave entre prados y setos de avellanos, hasta alcanzar cimas de ensueño en impresionantes cortes rocosos. Entre leyendas e historia, Urbasa y Andía es un paseo por las nubes.

Sierra de Urbasa

En el raso de Ezkiza, las vacas, ovejas y caballos, campan a sus anchas. Hay que recorrer esta área entre hayedos y claros en el bosque, hasta llegar a las ermitas de Santa Marina y San Adrián de Lizárraga, asomadas sobre el acantilado rocoso. De vuelta, el palacio de Urbasa del XVII, y cerca el convento de Capuchinos, la ermita de las santas Nunilo y Alodia, y varias chozas de pastores. Hay que detenerse en el gran dolmen de la Cañada, y por supuesto, degustar el queso de Urbasa. 

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Balcón de Pilatos

A la parte superior del impresionante circo de roca, de cuyas entrañas nace el río Urederra, se la conoce como el balcón de Pilatos. Sin duda, es uno de los lugares más espectaculares de la península. Bajo Pilatos está la Reserva Natural del Nacedero del Urederra, cuajado de pozas, cascadas, envueltas en la tamizada luz que proyectan hayas y robles. Cerca, Larraona y su iglesia románico-gótica; Eulate y las ruinas de su castillo, y Zudaire y su crucero del XVI, resultan imprescindibles.

Estella/Lizarra

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En el medievo, y bajo el fragor del Camino de Santiago, se fundó a los pies del río Ega, Estella/Lizarra. Sus calles gremiales, sus plazas y rincones de los barrios de San Pedro, San Miguel y San Juan, hablan de su pasado medieval. Su gran palacio de los Reyes, la iglesia de San Pedro de la Rúa con claustro románico, la de San Miguel con una bellísima portada, la del Santo Sepulcro, la del Puy con su talla gótica de la virgen, o el palacio de San Cristóbal, son un gran tesoro navarro.

Monasterio de Iranzu

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Cerca de Abárzuza, remontando el curso del río Iranzu, en un pequeño y alargado valle entre montañas, se alza el monasterio de Santa María de Iranzu. Fundado en el XII por monjes cistercienses, su magnífica construcción se prolongó hasta el XVII. Por su austeridad y luminosidad, su iglesia resulta hermosísima, al igual que su claustro gótico. Llama la atención su cocina medieval. Algo más lejos, en las faldas de Montejurra, merece la pena el monasterio de Irache, que, documentado en el 958, es uno de los más antiguos de Navarra

Sierra de Andía

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Desde Abárzuza, el camino hacia la sierra de Andía discurre entre encinas y algún que otro roble. Al llegar, Andía se alza imponente, con grandes lomas cubiertas de hierba donde pastan caballos, vacas, piaras de cerdos y grandes rebaños de ovejas. En el puerto de Lizárraga se unen ambas sierras en el mismo acantilado rocoso, que se asoma sobre el pequeño valle de Ergoiena. Y un poco más adelante se encuentra el espectacular mirador de Lizárraga, una sensacional balconada construida en roca, sobre un majestuoso hayedo. El mirador ofrece una panorámica de ensueño.