Una noche en La Alhambra

Existe un lugar en Granada tan especial como su fortaleza roja, con la que comparte espacio y vistas hacia Sierra Nevada. En el recinto que fuera residencia real nazarí abre sus puertas el Parador de la ciudad, todo un museo en el que es posible revivir la historia y sentir la magia de un enclave único en el mundo.

Silvia Roba

Quizás sea su luz o el sonido alegre de las palmas que se escapan cada noche por las laberínticas calles del Albaicín. O quizás, y sobre todo, la irresistible atracción que ejerce su edificio más importante, deslumbrante en rojo sobre la colina de la Sabika, construido por los nazaríes entre los siglos XII y XIV con una doble misión: ser fortaleza militar y residencia real. La Alhambra es a Granada lo que Granada al mundo. La "tierra encantada" de Washington Irving, una ciudad "que emociona hasta deshacer y fundir todos los sentidos", como decía Henri Matisse, ese lugar único donde "se limita el tiempo, el espacio, la Luna, las distancias", en palabras de García Lorca. Y en ese conjunto de palacios y jardines declarado Patrimonio de la Humanidad aguarda al viajero otra sorpresa: la posibilidad de pasar una noche, o más, abrazado al pasado y a la Historia. "E quiero y mando que mi cuerpo sea sepultado en el Monasterio de Sant Francisco que es en la Alhambra en la Ciudad de Granada, en una sepultura baxa que no tenga bulto alguno, salvo una losa en el suelo". Así reza el testamento de Isabel la Católica, que eligió para su descanso eterno el convento que ella mandó construir sobre los restos de un palacio nazarí en el recinto de La Alhambra.

Los orígenes del hoy Parador hay que buscarlos en los tiempos del reinado de Muhammad III (1303-1309), aunque sufrió diversas ampliaciones a lo largo del siglo XIV. Situado al final de la Calle Real, estaba rodeado de jardines organizados en bancales que descendían hacia el foso de la muralla norte. La vida en palacio transcurría en torno a un patio alargado, atravesado por una acequia, en cuyos extremos se distribuían las alcobas. En el centro del edificio, la qubba, la sala cuadrada del mirador, aún se mantiene casi intacta, con sus mocárabes en la bóveda y adornos vegetales en las paredes.

Otros rincones, como la Sala Nazarí, que aún conserva su decoración original, también han sobrevivido al paso del tiempo, igual que el patio, transformado después en un claustro cristiano con dieciséis columnas toscanas de arcos rebajados. El convento renacentista fue ampliado en el siglo XVIII, época en la que adquirió su forma definitiva gracias a la construcción de la torre del campanario y de la puerta actual, de ladrillo y pilastras, con arco de medio punto y el nicho con la imagen de San Francisco. El edificio llegó al siglo XX en estado ruinoso, ya que tras la Desamortización de Mendizábal, en 1835, sirvió para muy diferentes usos. Leopoldo Torres Balbás, arquitecto conservador de La Alhambra, se vio obligado a intervenir en él para salvarlo. La profunda restauración de 1927 posibilitó la recuperación de valiosos detalles que prácticamente se habían perdido y propició la llegada de numerosos artistas, pintores paisajistas, que lo eligieron como residencia habitual y fuente de inspiración. En 1945 pasó a ser definitivamente Parador de Turismo, uno de los más solicitados de la Red, por su ubicación y también por sus vistas privilegiadas sobre el Generalife y Sierra Nevada.

No parece mala idea rememorar el pasado sentados en la terraza cuando llega el buen tiempo. Grace Kelly y Rainiero de Mónaco en su luna de miel, Salvador Dalí, que quiso pintar aquí mismo a su musa Gala, actores de Hollywood, Bill Clinton... Todos ellos han sido ilustres huéspedes de este alojamiento tan especial, convertido hoy en día en Parador Museo. Para ello cuenta con paneles informativos, textos, planos y fotografías que permiten a los visitantes conocer la historia del lugar y sus espacios. Así es posible descubrir el sitio exacto en el que reposaron los cuerpos de los Reyes Católicos antes de su traslado a la Capilla Real de Granada, encontrar las acequias y fuentes e incluso sorprenderse al saber que, antes de su primera restauración, el edificio fue usado como almacén de artillería y cuadra para burros. También se puede visitar lo que queda de los antiguos baños nazaríes, precursores del hammam del Palacio de Comares de La Alhambra.

El Parador tiene magia, encanto, brillo y luz, acorde con ese ambiente casi de fábula que destila la ciudad de Granada. Obras de arte y excepcionales piezas de mobiliario decoran el claustro y las estancias. La más especial es la habitación Torre del Alba, la número 304, distribuida en dos pisos. Cuenta con salón y un dormitorio en forma de torreón con ventanas orientadas hacia los cuatro puntos cardinales, desde las que se contemplan el Palacio del Generalife y sus jardines, Sierra Nevada, la Vega de Granada y, en realidad, todo el recinto de La Alhambra. Una experiencia que hay que completar en el restaurante. En la carta hay desde un gazpacho andaluz bien fresquito hasta habitas con jamón o esos platos con sabor a otros tiempos: breua nazarí, rape en salsa mozárabe, cabrito al estilo alpujarreño... Y para golosos, los piononos de Santa Fe, muy similares a los dulces de la España hispanomusulmana del siglo X. Lo mejor es saborear todo despacio. Solo así entenderemos las palabras de Antonio Machado: "Todas las ciudades tienen su encanto, Granada el suyo y el de todas las demás".