Un nuevo museo llena de olores un pueblo de Burgos

Una bella localidad burgalesa de fundación medieval con poco más de 200 habitantes, Santa Cruz de la Salceda, acoge el primer museo de Europa que está dedicado al mundo de los olores y sus conexiones con la memoria, las emociones y la salud. El Museo de los Aromas, que espera recibir en su primer año de vida más de 30.000 visitantes, es una nueva, sugerente y obligatoria parada en la ruta del vino de la Ribera del Duero.

M. López

Somos lo que recordamos y recordamos lo que olemos, señala uno de los paneles explicativos del nuevo Museo de los Aromas, que, para resaltar la importancia, no siempre reconocida, de nuestras narices, añade que recordamos el 1 por ciento de lo que palpamos, el 2 por ciento de lo que oímos, el 5 por ciento de lo que vemos, el 15 por ciento de lo que degustamos y el 35 por ciento de lo que olemos, lo que prueba y determina que la nariz constituye la principal puerta de entrada a la memoria y su mayor fuente de alimento o, lo que viene a ser lo mismo, que sin nariz no seríamos nadie. Una gran nariz y su silueta son los símbolos del Museo de los Aromas. Presiden su fachada, decoran su espacio expositivo y se multiplican en el papel con el que envuelven los jabones, mieles, vinos, maderas, artesanías y pequeñas joyas en la tienda del museo, a la salida. La entrada es fácil. Situado en el edificio de la antigua escuela de Santa Cruz de la Salceda, en su plaza principal, frente a la iglesia, basta con guiarse por los carteles que indican la localización precisa del museo o preguntar a los vecinos, aunque uno podría llegar también, tranquilamente, fijándose en las cigüeñas, porque el nido está en lo alto de la iglesia y la iglesia mira, casi de frente, a las puertas del museo.

Santa Cruz de la Salceda es un pueblo antiguo, de factura medieval, que seguramente creció al amparo de las rutas de la Mesta, el comercio de la lana, la huerta, el trigo y el vino. Se encuentra al sur de la provincia de Burgos, en el partido judicial de Aranda de Duero, a ciento cincuenta y pocos kilómetros, algo más de una hora, en coche, desde Madrid. La región tiene fama, primero, por su vino y por su cordero. Hay asadores, notables, en Aranda y Peñaranda, y el propio pueblo, Santa Cruz de la Salceda, está enclavado en el corazón de la ruta del vino de la Ribera del Duero, donde es sabido, probado y extendido que nacen algunos de los mejores vinos del planeta. Pero hay otros motivos que alientan y compensan el viaje. La ciudad romana de Clunia, por ejemplo. El desfiladero de Yecla -precioso-, el monasterio de San Pedro de Arlanza -cuna de Castilla-, las piedras de Caleruega o Santo Domingo de la Calzada, y, por supuesto, Santo Domingo de Silos, amén de Covarrubias, la ermita visigótica de Quintanilla de las Viñas y las casonas labradas -soberbias- de Salas de los Infantes. Todos estos destinos se pueden combinar y recorrer en un largo fin de semana o, ya sin prisas, en varios fines de semana.

La ruta que lleva a Santa Cruz de la Salceda es otro atractivo importante del viaje. Desde Madrid, el desvío de la autovía se realiza al llegar a Milagros, pueblo que hay que cruzar y que da paso, como indica su nombre, a una transformación total del paisaje. Adiós autovía. La carretera, pasado Milagros, caracolea arropada por los árboles. Se escucha el agua del río Riaza. Hay vides, muchas, y una luz que, al parecer, es propia de la zona y es una de las claves de la maduración de sus uvas, la calidad de sus vinos y la salud de sus gentes.

El museo está organizado como una casa, con sus estancias: la cocina, el dormitorio, el baño o la terraza. En cada uno de estos espacios, inspirado por una habitación, se propone al visitante un juego y un aprendizaje. Hay que ver si uno acierta a identificar, por el olor, distintos tipos de aceites y aprender dónde está la diferencia, su razón y su ciencia. Es un museo donde se aprende.

Olor a Naturaleza. El recorrido por las instalaciones del museo se inicia con los sugerentes aromas de la naturaleza. La sala sugiere encuentros con los protagonistas de un bosque de ribera. Los inhaladores guardan los olores del enebro, el ciprés y el pretichor, que es el nombre adecuado y preciso para el olor a tierra mojada.

El visitante y su nariz siguen en el museo hacia el interior del hogar. La cocina guarda el olor del café recién hecho, los aceites, los vinos, los quesos, la mantequilla, las frutas, las especias, los productos de la huerta del lugar y alguna que otra nota exótica, como el singular aroma del yuzú, un cítrico japonés de moda en la coctelería, o la cidra.

En cada sala del museo ha colaborado un equipo de artesanos, procedente de la industria cinematográfica y responsable de los decorados y de los objetos, y un equipo de científicos, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, de la Red Olfativa Española y de la Sociedad Española de Otorrinolaringología, que ha elaborado los aromas y se encarga de su supervisión. El visitante solo tiene que acercar su nariz a los inhaladores que se encuentran en cada uno de los objetos expuestos, destapar su tapa y respirar cerca. Basta con una sencilla inhalación para llevar al cerebro un aroma que, en ocasiones, es una compleja emoción, un intenso recuerdo, todo un mundo.

El museo actúa, también, como centro de investigación. En colaboración con la Red Olfativa Española, ha elaborado un programa para investigar la relación del color con la percepción olfativa. Es una faceta nueva de la investigación en olores, que se aplica, ahora, a relacionar olores con estados de ánimo y a crear la identidad olfativa de algunas empresas, sobre todo hoteles y tiendas. También recuerda el valor de los aromas como terapia para el tratamiento de algunas enfermedades: el jazmín, contra la melancolía; la menta, para la fatiga mental; la canela, el aroma de la amistad; o la vainilla, que levanta el ánimo de las personas.

Olfato y felicidad. La parte central del museo exhibe un vídeo con la intervención de algunos vecinos del pueblo que hablan de los olores que les gustan y que les disgustan, y de la vinculación de algunos olores con sus mejores recuerdos. Hay quien detesta, por ejemplo, el olor a gasolina y quien lo guarda asociado al día que conoció al amor de su vida; hay quien recuerda, para siempre, los días de felicidad que vinieron con el olor que tiene un recién nacido y quien necesita, cada día, empaparse de los aromas de un horno de pan. Es una parte fundamental del museo: la relación del olfato con nuestra felicidad.

En los próximos meses, el museo alojará exposiciones y talleres temporales. Conviene visitar su web para obtener información actualizada de las novedades. La última muestra temporal ha tenido como motivo principal el azafrán y los talleres han estado dedicados a la elaboración de jabones, la destilación de perfumes y la etnobotánica.

Nuestro olfato puede apreciar unos diez mil olores distintos, fruto de la combinación de unas mil moléculas diferentes cargadas con olor. Cientos de esos miles de olores se exponen en Santa Cruz de la Salceda, en el primer museo europeo dedicado a explicar los aromas y su relación con la nariz y el cerebro, la memoria y la vida. Un museo que, también, huele a trabajo, a empeño y a mucha ilusión. El próximo año, cuando celebre su primer aniversario, espera haber recibido sus primeros 30.000 visitantes.

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