Turkmenistán, el país más insólito de Asia

Sus habitantes disfrutan gratis de luz, agua y gas. En medio de su gran desierto central hay un cráter permanentemente incendiado. La capital, Ashgabad, es la ciudad con más edificios de mármol blanco del mundo. Bienvenidos al país más insólito de Asia.

Thierry Maliniak
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Foto: ISTOCK

Con un entusiasmo casi infantil, el gobierno de Turkmenistán colecciona para su capital, Ashgabad, los récords Guinness más diversos. Algunos son relativamente anodinos, como la mayor noria empotrada en una estructura metálica del mundo, o el mayor conjunto de fuentes del planeta. Pero el más significativo es, desde el año 2013, el que la reconoce como la ciudad con más edificios de mármol blanco del planeta: un total de 543, asegura la prensa local. Nada menos que 4,5 millones de metros cuadrados de mármol blanco, según precisa. Es lo más estrafalario del país más insólito de Asia Central, con esta capital extravagante coexistiendo con ruinas de la Ruta de la Seda (de la que Turkmenistán era una etapa clave), cráteres de fuego y estaciones balnearias creadas desde la nada entre el desierto y el Mar Caspio. Un país cuyo gobierno puede permitirse estos caprichos: Turkmenistán posee la cuarta mayor reserva de gas y petróleo del planeta, además de ser uno de los mayores productores de trigo.

La intensidad marmórea de la capital se concentra en un distrito de reciente creación, Berzengi, que no ha parado de crecer desde que Turkmenistán se separó de la URSS en 1991. Pasear por Berzengi tiene algo de surrealista: en medio de un árido desierto de color ocre donde se están plantando, según los medios de la capital, unos 15 millones de pinos, se yerguen, separados por grandes espacios baldíos, unos enormes edificios blancos. Su arquitectura es pomposa, bien sea neoclásica, con columnas dóricas incluidas, bien con formas futuristas, audaces. Casi todos son instituciones oficiales: ministerios, entes públicos, universidades, embajadas, con el mármol blanco como único punto en común. Bordean anchas avenidas de ocho o diez carriles sin apenas tráfico, con aceras que estarían vacías si no fuera por la presencia nutrida de retenes de guardias protegiendo cada edificio de no se sabe bien qué posible invasión subversiva. Hasta las paradas de los autobuses urbanos participan de la suntuosidad del lugar: son habitáculos cerrados con televisión y aire acondicionado. Uno de los edificios más espectaculares es el llamado Palacio de la Felicidad, donde se suelen celebrar las bodas.

También van creciendo por Berzengi los edificios de viviendas. Y es que el régimen turkmeno, como buena autocracia, no se anda con remilgos y ha puesto en marcha un gigantesco plan de desplazamiento de los habitantes de la capital hacia el paraíso del mármol. Manzanas enteras de la parte antigua de Ashgabad se ven valladas, a punto de ser derrumbadas, y sus habitantes reconducidos hacia Berzengi. Desaparecen por barrios enteros las pequeñas casas de una planta, de estilo ruso, que dominaban en la capital. Es uno de los planes de realojamiento urbano más masivos del mundo. ¿Y qué piensan de ello los interesados? Este canje de vivienda, se asegura en Ashgabad, es beneficioso para el morador, que accede así a un piso con más valor que la vivienda antigua. El entusiasmo frente a este realojamiento forzoso, sin embargo, no parece general, aunque las críticas abiertas, por estos lares, son más que arriesgadas.

Pompa y alfombras

Monumento a la pomposidad, Berzengi es terreno propicio a los memoriales. La mayor parte recuerdan al hombre que gobernó el país más de veinte años con un poder absoluto, Sapurmurat Niyázov . Como el Arca de la Neutralidad, un trípode coronado por una estatua del prohombre bañada en oro. O el monumento a Ruhnama, el libro con pretensión de tratado de filosofía que escribió Niyázov, de lectura obligatoria en el país. También florecen los museos en este universo de mármol. El más interesante está dedicado a la quintaesencia de la artesanía turkmena: las alfombras (figuran hasta en la bandera nacional). A la entrada, una gigantesca, tejida a mano, cuyo tamaño constituye, como el lector habrá adivinado... otro récord Guinness.

El poder omnipresente no se hace sentir solo en Berzengi sino en todos los rincones de la capital. Uno se da cuenta al dirigirse hacia el centro de la ciudad: la enorme y alargada Plaza de la Independencia. Un rincón que representa un enigma para el visitante: aparentemente acogedora, con jardines cuidados con mimo y exuberantes fuentes, está siempre vacía. Solo recorren sus aceras policías y militares, cuya pesada vigilancia se debe probablemente al Palacio Presidencial, que exhibe aquí sus espectaculares cúpulas doradas. Una presencia, bien es cierto, que no estimula, a pesar del aspecto atractivo del lugar, el paseo relajado.

Tras el mundo futurista que encarna Ashgabad, toca dirigirse hacia el pasado, hacia la pequeña ciudad de Mary, en el Este del país, punto de partida obligado para visitar un lugar mítico de la Ruta de la Seda: Merv. Esta ciudad-oasis fue la etapa más importante del tramo occidental de esta gran vía de comunicación entre Asia y Europa, y su principal centro comercial. En un país aficionado, como se ha visto, a los récords, se afirma que fue la ciudad a la vez más poblada (entre 200.000 y un millón de habitantes, dependiendo de las fuentes) y más extensa del planeta, cuando recibía más de un centenar de caravanas al año. Fundada en el siglo VI antes de Cristo, fue controlada sucesivamente por las tropas de Alejandro Magno, el Imperio Seleúcida, los persas y los árabes. Era también centro de coexistencia armoniosa entre adeptos de religiones distintas, incluyendo al zoroastrismo, que, según los turkmenos, nació allí y no en Persia. Hasta que un hijo de Gengis Khan la destrozó totalmente en el siglo XIII y masacró a centenares de miles de sus habitantes.

Mausoleos con fantasma

En realidad, la ubicación exacta de Merv cambió con el paso del tiempo en función del cambio de recorrido de los pequeños ríos que la irrigaban: hoy, el sitio consta de las ruinas de cinco ciudades diferentes, de épocas distintas, esparcidas en medio de un gran espacio desértico -su tamaño obliga a visitarlo en coche- donde pasean rebaños de camellos. Pero visualizar la Merv antigua a través de lo que queda de ella exige imaginación. Se estima que el 75% de las ruinas están sin excavar. Se puede ver el palacio en el que, según algunas versiones, se habían refugiado centenares de mujeres que querían escapar del ejército mongol, y que acabaron suicidándose tirándose de los muros. Y también el único tipo de monumento que el ejército de Gengis Khan, temeroso de alguna represalia celeste, solía preservar: los mausoleos. Como el del venerado Yusuf Hamadany, un erudito sufí que, según algunos, hizo 38 veces el viaje a La Meca. Se atribuye a su oratoria conversiones al Islam de miles de personas en masa. Hoy los fieles dan la vuelta tres veces a su tumba, siete para algún deseo en concreto. Menos venerado pero más espectacular resulta el cercano mausoleo del sultán de origen turco Ahmad Sanjar, cuyos altos muros servían de punto de referencia a las caravanas. Es un gran cubículo de ladrillo que corona una cúpula de 18 metros, con sofisticadas decoraciones de terracota cuya dudosa restauración suscitó muchas críticas hasta que la Unesco tomó el control. Curiosamente cuenta -hecho inusual- con una claraboya en medio del techo: según la leyenda, la mujer con la que se casó el sultán, en realidad un fantasma, al volver al cielo accedió a las súplicas del marido desesperado y prometió dejarse ver periódicamente a través de este agujero.

Los alrededores de Mary encubren más tesoros arqueológicos. El sitio más fascinante está a unos 130 kilómetros al norte de la ciudad, al final de una pésima pista por pleno desierto. La historia de su descubrimiento es la historia de la perseverancia del arqueólogo ruso Viktor Sarianidi. La lectura de textos chinos antiguos le convenció de la existencia, en el corazón de Asia Central, de una civilización muy antigua. En 1972 encontró Gonur Depe, capital de la civilización margush. De ella se sabe todavía poco, ya que las excavaciones, encabezadas por el propio Sarianidi hasta su muerte en 2013, continúan. Se supone que se trata de una de las civilizaciones más antiguas del mundo, que remonta a la Edad de Bronce: hasta ahora se han podido fechar objetos del año 2300 antes de Cristo. Los margush, que adoraban el Fuego (lo que anuncia ya el zoroastrismo que se iba a extender por la región), parecían incluso más avanzados en la alfarería o la confección de mosaicos que sus contemporáneos de Egipto o Mesopotamia. De este pasado brillante subsiste ahora un enorme cuadrilátero delimitado por un muro de ladrillo sin cocer. En el interior, más muros, unos monolitos cuyo uso aún se desconoce, y tumbas: de seres humanos... y de caballos, que los margush, aparentemente, veneraban.

El corazón del Islam

La Ruta de la Seda también dejó vestigios en el Norte de Turkmenistán, cerca de la frontera con Uzbekistán, al lado de la ciudad de Dashoguz. Aquí se pueden ver las ruinas mejor conservadas del país: las de Kunya Urgench. Gobernada sucesivamente por turcos y árabes, era el centro de la civilización kharezm, que floreció entre los siglos VIII y XIII a orillas del río Amu Darya. Kunya Urgench fue un gran centro cultural de la Ruta de la Seda, un punto clave de enseñanza religiosa (la llamaban "el corazón del Islam"), con una universidad de 40.000 alumnos. Hasta que sus habitantes tuvieron la mala idea de matar a unos mercaderes procedentes de las tierras de Gengis Khan. Este asedió la ciudad hasta conquistarla y masacrar a la mayor parte de sus habitantes. Pero Kunya Urgench no desapareció sino que se transformó en una de las ciudades más florecientes del imperio de Gengis Khan. Hasta que Tamerlán la destruyó al ver en ella una rival potencial para su capital, Samarcanda. Como en Merv, los mongoles dejaron en pie mausoleos como el del sultán Tekesh, con su gran cúpula cónica. Pero el más espectacular es el de la princesa Turabek-Khanum. Según la leyenda, prometió al arquitecto Gulgardian que se casaría con él si le construía el edificio más bello del mundo. Lo que hizo el pobre hombre... para ver cómo la princesa prefería desposarse con el gobernador local. Gulgardian acabó suicidándose tirándose desde lo alto del edificio. Pero la obra que dejó es impactante: la cúpula de lo que, irónicamente, se iba a transformar en mausoleo de la ingrata princesa permite contemplar uno de los primeros conjuntos conocidos de mosaicos del mundo. Con dominio de azul y blanco y 365 secciones diferentes, es decir tantas como días del año, constituye una representación metafórica de los cielos y del paso del tiempo. Excepcionalmente, los mongoles, aquí, dejaron también intacto un gran minarete de unos 60 metros, ya que les servía de torre de vigilancia.

Ashgabad, Merv y Dashoguz tienen un punto en común: están en las zonas fronterizas. Y es que el centro de Turkmenistán es un gran desierto, el Karakum, que ocupa el 70% del territorio. De ahí que la densidad de población apenas llegue a 10,5 habitantes por km2, nueve veces menos que España. Tras el calor del desierto se agradece, para terminar el viaje, el fresco de una playa. Habrá que buscarla en la única orilla: la que da al Mar Caspio. Allí, al sur de la ciudad portuaria de Turkmenbashi, se decidió construir una estación balnearia desde la nada, Awaza, que se ha convertido en el gran proyecto del actual mandatario, como el mármol de la capital fue el de su antecesor. Y se hizo a la turkmena, de manera extravagante. En pleno desierto, gracias a un costoso y sofisticado sistema de irrigación con río artificial, se empezaron a construir nada menos que una treintena de hoteles (los últimos están a punto de entrar en servicio) frente al Caspio. Todos clónicos, con sus juegos acuáticos, sus piscinas artificiales, sus chiringuitos de playa. Y con una arquitectura pomposa que nada envidia a la de Berzengi. En temporada alta, la ocupación dista de ser máxima, pero es un buen sitio para establecer contacto con las familias turkmenas que se remojan en la piscina del hotel: son tan curiosos por lo que respecta a la vida en Europa como parcos por lo que se refiere a la de Turkmenistán, el país más insólito de Asia Central.

El culto al presidente

Visitar Turkmenistán es visitar el país de Gurbanguly Berdimuhamedov. Y es que no hay rincón del territorio nacional (salvo, tal vez, el desierto del Karakum) donde no aparezca por algún sitio el retrato del actual mandatario dirigiendo una gran sonrisa a sus administrados. ¿Turkmenistán es un paraíso del culto a la personalidad? La paradójica respuesta es: mucho menos que antes. Y es que por más omnipresente que sea el actual mandatario, logra resultar mucho más discreto que su antecesor, Saparmurat Niyázov. Este último dirigió el país con mano de hierro durante 21 años, primero como dirigente comunista cuando Turkmenistán formaba parte de la URSS y después como presidente tras la independencia en 1991, hasta su muerte en 2006. Se hizo llamar Turkmenbashi, es decir, "Padre de todos los turkmenos", y llevó hasta la paranoia el culto hacia su persona (aseguraba que él no lo quería, pero que "el pueblo lo exigía"). Cambió los nombres de los meses por los de sus allegados (enero llevaba su apodo; abril, el nombre de su madre; septiembre, el de su libro, Ruhnama). Llenó el país de representaciones suyas, como la estatua de oro que corona el Arco de la Neutralidad en la capital, que giraba en función del sol durante el día. Dio su nombre a un sinfín de edificios públicos, mientras la tercera ciudad del país, Kranovodsk, a orillas del Mar Caspio, pasó a llamarse Turkmenbashi. Prohibió el ballet y la ópera como contrarios a los valores turkmenos e hizo campaña contra las barbas y los dientes de oro. En cuanto a Ruhnama, que pretendía ser un tratado de filosofía, se convirtió en lectura obligatoria (exámenes incluidos) en las escuelas, las universidades, la función pública y hasta para conseguir el carné de conducir. Desde 2006, su sucesor ha ido acabando discretamente con las medidas más estrafalarias de Niyázov. Aunque también tiene sus manías, como la salud de la gente (fue ministro de Sanidad de Niyázov): aparte de medidas positivas como la prohibición de fumar en lugares públicos, se señaló por iniciativas más sorprendentes, como exigir públicamente a sus ministros que adelgazaran.

La puerta del infierno

Merece la pena aventurarse en el inhóspito (y caluroso) desierto de Karakum para sorprenderse ante el sitio más peculiar del país: el cráter de Darvaza, casi en el centro geográfico de Turkmenistán. Es una extraña mezcla de fenómeno natural y error humano. En 1970, al realizar unas obras de prospección de hidrocarburos, unos geólogos soviéticos provocaron un derrumbamiento de tierra que evidenció la presencia de un cráter de unos 70 metros de diámetro y lleno de gas que les pareció no apto para su explotación. Para acelerar su evaporación, decidieron prenderle fuego. Lo que no imaginaban es que 45 años después seguiría ardiendo. La aproximación al cráter es impactante: en medio de un paisaje lunar se divisa de lejos el gran resplandor. Y al llegar uno se siente abrumado por el calor repentino que traen las ráfagas de viento, el rugido propio de un incendio y este cráter burbujeante donde se agitan unas llamas perpetuas y cambiantes que evocan al averno. Los visitantes suelen acampar para ver el cráter en la oscuridad, que le da todavía más aspecto de infierno.