Trier: un paseo por la historia de Europa

Romana, francesa y germánica... Gótica, rococó y vanguardista... Bárbara, eclesiástica y universitaria... Marxista, nazi y tolerante.... Todos estos términos han definido en algún momento el carácter de Trier. Dos mil años de historia dan para mucho y el tiempo ha dibujado en esta localidad alemana un paisaje urbano único en el Viejo Continente.

Carlos Hernández
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Foto: Carlos Hernández

Lejos de los circuitos turísticos habituales, Alemania esconde su joya más antigua y, quizás, más preciada. Bañada por el río Moselle, Augusta Treverorum, fundada por el emperador César Augusto, se enorgullece hoy de ser la ciudad más antigua de Alemania. Su origen se remonta al año 16 antes de de Cristo. Los siglos de dominio romano han dejado un extraordinario rosario de elementos arquitectónicos y una incontable serie de ruinas que continúan siendo excavadas en varios puntos de la ciudad.

Junto a estos restos de su pasado imperial, conviven plazas medievales, iglesias góticas, palacios rococó, símbolos de épocas revolucionarias y edificios vanguardistas. Todo ello concentrado en el viejo Trier, una zona de apenas dos kilómetros, plagada de perlas arquitectónicas declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Elegir el inicio de nuestro recorrido por Trier resulta sencillo: accedemos a la ciudad vieja por la misma entrada que utilizaban los emperadores romanos. La Puerta Negra se alza intimidadora marcando el límite norte del casco histórico. Sus muros reflejan las huellas de los muchos ataques sufridos, el más grave se produjo en el siglo XI, cuando unos iluminados decidieron adosarle dos pequeñas iglesias. Si hoy podemos contemplarla tal y como la imaginó César Augusto, es gracias a otro emperador. Fue, nada menos, que Napoleón quien, tras conquistar la ciudad, decidió destruir esa doble aberración arquitectónica.

El tesoro romano de Trier no se limita a la Puerta Negra. Es obligada la visita al anfiteatro, a las ruinas de alguno de los tres baños públicos y al viejo puente imperial. El sólido viaducto, tras dos milenios, varias guerras y un intento de voladura en 1945 por parte de las tropas nazis, sigue soportando el peso de los centenares de vehículos que lo utilizan cada día. No muy lejos de él, se encuentra la Basílica de Constantino, hoy convertida en iglesia protestante. Asombra su extrema amplitud y sobriedad, debido a una poco habitual estructura compuesta por una única nave de más de 30 metros de altura.

Villa medieval

Si hay un edificio que simboliza toda la riqueza histórica de Trier, esa es su catedral. Construida sobre un palacio romano de la época de Constantino el Grande, en ella y en la anexa Iglesia de Nuestra Señora podemos contemplar buena parte de los estilos arquitectónicos más destacados de los dos últimos milenios.

Tras salir de la catedral, nuestro recorrido por la historia de Europa se detiene en el medievo. Los puestos de salchichas, las jarras de cerveza que adornan las mesas de las terrazas y las tiendas de moda no logran acabar con el ambiente medieval que se respira en la Plaza HaupMarkt. Fue en el siglo IX cuando se instaló en este lugar el principal mercado de la ciudad, y todavía hoy se sigue haciendo. Los puestos de flores y frutas, así como los tenderetes que venden los apreciados espárragos locales, son frecuentados tanto por clientes habituales como por turistas. Alrededor de la plaza se levantan edificios emblemáticos como el Steipe, la Casa Roja o la iglesia de St. Gangolf. Sin embargo, lo que resulta más gratificante para el viajero es observar con atención cada fachada para descubrir una pequeña estatua, un tejado cuidadosamente pintado, una ventana perfectamente imperfecta... La plaza y toda la ciudad es una gran suma de detalles que no dejan de aparecer por sorpresa en cada callejón, detrás de cada esquina.

Palacios rococós y templos comunistas

Frente a unos refrescantes y tranquilos jardines, se alza otro de los emblemas de Trier. El Palacio Electoral, de comienzos del siglo XVII, es uno de los mejores y más bellos ejemplos de arte rococó en todo el planeta. Sus salones y especialmente sus escaleras evocan todo tipo de excesos y despilfarros que chocan frontalmente con nuestro siguiente protagonista, nuestra última etapa en este viaje en el tiempo que nos permite realizar esta singular ciudad.

Llegamos ya a una época mucho más reciente en la que Trier volvió a entrar con fuerza en los libros de historia como la localidad natal de Karl Marx. El filósofo alemán escribió sus obras más conocidas, ‘El Manifiesto Comunista'' y ‘El Capital'', bastantes años después de abandonar estas latitudes. Sin embargo fue la casa que le vio nacer en el numero 10 de la Brückenstrassese, la que se convirtió en museo y lugar de peregrinación para toda la izquierda europea a partir de 1920. Poco duró la alegría porque, con la llegada de Hitler al poder, los nazis la ocuparon y destruyeron los documentos y objetos que estaban expuestos al público. Hoy la casa vuelve a ser un lugar en el que ahondar en la figura de este alabado y denostado pensador, que murió en la miseria y sin imaginar que su proyecto ideológico trataría de ponerse en práctica en medio planeta.

Fuera de su casa natal, el rostro de Karl Marx también inunda las tiendas de recuerdos y comparte los puestos de los caricaturistas, con ácidos retratos de Michael Jackson, Obama y Angela Merkel. Es la última ‘fusión histórica''de esta ciudad que el primero de los emperadores romanos soñó por primera vez, hace más de dos mil años.