Tras los pasos de Monet en Normandía

Claude Monet nació en París en 1840, pero pasó la mayor parte de su vida en Normandía, donde hasta el 26 de septiembre se celebra el Festival Impresionista. Ahora es buen momento para recorrer los paisajes que pintó y visitar su casa y jardín de Giverny –donde murió hace 90 años–, la catedral de Rouen, los acantilados de Étretat y los puertos de Honfleur y Le Havre.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Morgay
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Foto: Ángel Álvarez Mongay

Para Claude Monet (París, 1840 - Giverny, 1926), Normandía tenía una luz especial. Este padre del impresionismo quiso atraparla y la persiguió por el valle del Sena desde París hasta el mar: "La he pintado toda mi vida, a todas horas, en todas las estaciones...". Esta región del norte de Francia es una modelo caprichosa para posar, no para quieta, las nubes tan pronto se presentan como se van, así, a la francesa, sin avisar, y un mismo paisaje cambia a cada instante que pasa. Monet lo descubrió cuando salió del taller y plantó su caballete au plain air. La crítica rechazó sus pinceladas impresionistas al principio; no las veían claras, con aquellos reflejos confusos donde no se distingue el cielo del agua; pero enseguida que el ojo público se acostumbrara, pagarían millonadas por los cuadros. Aunque a Claude Monet no le salieron las cuentas hasta la década de 1890. Fue entonces cuando compró la casa de Giverny, la que había arrendado unos años atrás después de sucesivas mudanzas por los alrededores de Paris.

El paraíso de Giverny

"Estoy en la gloria; Giverny es un país espléndido para mí". Y para los turistas, pues después del Monte Saint-Michel es el sitio más visitado de Normandía. Claude Monet tenía la casa siempre llena de gente: Renoir, Sisley, Mallarmé, Clemenceau y Rodin eran invitados frecuentes. El pintor trabajaba de 7 a 11, y a las 11.30 horas todos estaban sentados a la mesa. Esperaban a que la campana les llamara en el saloncito malva. Monet eligió los colores y la decoración de cada habitación: optó por el amarillo para las paredes y los muebles del comedor. En la despensa guardaba bajo llave las delicatessen: vainilla de las Malvinas, canela de Sri Lanka, trufas negras del Périgord, foie gras de Alsacia... Una prominencia en la tripa delata el buen apetito del sibarita, cuyos platos preferidos los ofrece el menú especial del restaurante Nympheas.

El café se lo tomaban en el atelier: imágenes de crepúsculos en Venecia, nieve en Noruega, tulipanes en Holanda... tapian la sala hasta el techo. Hay más de doscientas estampas japonesas expuestas por toda la casa; las coleccionaba; tenía tantas que las regalaba. Otra cosa eran los delacroix, los cézanne y los pissarro que tenía colgados arriba, en su dormitorio. Monet se acostaba a las 8 como muy tarde, y se levantaba cuando los primeros rayos de sol entraban por la ventana. Sus rosas predilectas, las amarillas, trepan por la fachada para darle los buenos días. Y allá afuera, el orgullo del pintor: "Mi más bella obra maestra es mi jardín". Quince hectáreas donde ni un solo gladiolo estaba sembrado al azar. Plantaba para pintar, ordenando las eras cual témperas en su paleta. Sentía debilidad por los lirios que flanquean la arcada enramada del paseo central, por las glicinas que caen sobre el puente japonés en cascada, por el bosque de bambúes y el sauce... Y por los nenúfares del estanque. Entre los meses de junio y septiembre eran la obsesión de sus lienzos -aparecen en más de doscientos-; en invierno, cuando se refugiaban del frío en el vivero, Claude Monet, el padre del impresionismo, aprovechaba para viajar, buscando siempre nuevos motivos que pintar.

Rouen y su catedral

"He pasado una noche repleta de pesadillas; la catedral me caía encima; parecía azul, o rosa, o amarilla...". La catedral de Rouen fue la iglesia más alta del mundo hasta que otra gótica, la de Colonia (Alemania), la superó, pero sigue ostentando este título en Francia gracias a una aguja de hierro que no se ve en la serie de treinta catedrales de Rouen pintada entre 1892 y 1893 por Monet. Trabajaba en ella once horas al día, bajo cielos grises y soleados, desde los laudes a las vísperas. Había estado en la capital normanda antes, tomando vistas en el muelle y en la colina de Saint-Catherine. Esta vez instaló el caballete en la Place de la Cathédrale: primero en el número 31, esquina con el Gros-Horloge -reloj astronómico clasificado como monumento histórico-; después, en una boutique de lencería del número 23, hasta que alguna clienta se quejó de aquel señor barbudo escondido tras un biombo en el probador y se trasladó al 81 de la rue Grand Pont. Hoy la antigua casa de modas es una dependencia de la Oficina de Turismo donde se realizan talleres de pintura: 149 euros con noche de hotel, cena impresionista y entrada al Museo de Bellas Artes incluidas. En este museo está expuesta una catedral; hay cinco en el Orsay y una más en el Marmottan. "Esta fachada tan bella es también terriblemente complicada...". No ha dejado de restaurarse desde que se pusieron las primeras piedras en la Edad Media, resistiendo a vikingos, huracanes, guerras... y a la contaminación. En los años 1990 se limpiaron estatuas y torres a fondo para devolverles el blancor de la caliza, extraída de los acantilados de Normandía.

Los acantilados de Étretat

"Espero hacer un gran lienzo del acantilado de Étretat; reconozco que es tremendamente atrevido por mi parte después del admirable trabajo de Courbet, pero lo intentaré". Claude Monet pintó más de 80 cuadros en este pueblo costero del País de Caux, seducido por aquellas formaciones calcáreas que se erigen cual catedrales en el agua. La zona se había puesto de moda desde que una duquesa se bañó en Dieppe, allí al lado. Hasta las reinas de España veraneaban en la estación balnearia; se montó un casino y un campo de golf que es de los más antiguos de Francia; Maupassant y Offenbach incluso se construyeron una casa. Monet se alojaba en un hotel con vistas al mar, así podía seguir pintando en caso de tempestad. Plantaba el caballete sobre los guijarros de la playa si hacía bueno y los caiques salían a por arenques. Aún quedan pescadores artesanales que venden lenguados frescos en el paseo acotado por acantilados: a un lado, el de Amont; al otro, el arco y la aguja de Aval. La Manneporte queda detrás; solo aparece en los cuadros de Monet dos veces, quizá por el susto que se llevó cuando una ola le estampó contra el farallón. Acabó empapado y con la barba teñida de azul y amarillo. Para evitar accidentes parecidos, hay información sobre el horario de las mareas en la Oficina de Turismo.

Amanecer en Le Havre

"Si soy pintor, es a Boudin a quien se Monet en París lo debo". Claude Monet conoció a su maestro en la localidad de Le Havre, donde Monet pasó buena parte de su infancia. Por aquel entonces, dibujaba caricaturas que vendía por 20 francos en una tienda de marcos. Allí se encontró con Eugène Boudin, quien le convenció para que le acompañara al campo con acuarelas y pincel. Le enseñó a ver el mar, los cielos, los árboles... a atrapar amaneceres como el de Impresión, sol naciente. De este cuadro vino el nombre Impresionismo, otorgado a modo de mofa por un crítico. Lo pintó el 13 de noviembre del año 1872; eran las 7.35 de la mañana, soplaba un viento débil del Este y el puerto despertaba brumoso cuando Monet se asomó a la ventana del hotel L''Amirauté. El edificio ya no está, porque los aliados bombardearon el centro urbano durante la Segunda Guerra Mundial. Ahora es una ciudad de hormigón sin las típicas casas de Normandía con entramados de madera a la vista, sin piedra calcárea, ni sílex ni paja. La reconstrucción gustará menos o más, pero es Patrimonio de la Humanidad, y la población fue condecorada con la Legión de Honor por su heroicidad. Se lograron evacuar 1.500 obras a tiempo del Museo de Arte Moderno (MuMa), cuya colección impresionista es la segunda mayor de Francia después de la del Orsay, incluyendo seis monet. Saliendo de la pinacoteca se llega paseando tranquilamente hasta Saint-Adresse, donde el artista pasaba veranos pintando en la playa y en el jardín de su tía rica.

Honfleur bucólico

"Esto, querido amigo, es adorable; descubro todos los días cosas cada vez más bellas". Monet se refiere a Honfleur, una pintoresca ciudad situada justo enfrente de Le Havre, al otro lado del estuario del Sena. El pintor se solía hospedar en el Cheval Blanc, un hotel que se halla en el mismo sitio que cuando era casa de postas en el siglo XV: a la entrada de un pequeño puerto alrededor del cual casas estrechas de pizarra se agolpan unas junto a otras, haciéndose sitio para mirarse en el agua, las muy coquetas. Muchas son monumento histórico y tienen restaurante en la planta baja. El menú típico son las moules-frites y un calvados para facilitar la digestión entre patata frita y mejillón. En tiempos de Monet era célebre la cocina de la granja Saint-Siméon, un albergue siempre lleno de artistas a pensión completa por 40 bucólicos francos al mes. Ahora es un hotel cinco estrellas que ofrece cursillos de pintura a sus huéspedes. Monet pintó allí su Carretera bajo la nieve, y muy cerca su Capilla de Notre-Dame de Grâce. También se le atribuía una tela del curioso campanario de Sainte-Catherine -se construyó alejado de la iglesia medieval de madera como medida ignífuga a falta de dinero para piedra-, pero hace poco se descubrió que Boudain era su verdadero autor, y que fue el hijo de Monet quien estampó la firma de su padre sin mala intención antes de donar el óleo al Museo Eugène Boudin de Honfleur. Aquí se conserva un cuadro -este sí- del de Giverny. Además, en la ciudad se encuentran incontables galerías, pintores con sus caballetes en cada esquina... porque esa misma luz que fascinó a los impresionistas sigue atrayendo a numerosos artistas a Normandía.

Monet en París

Aunque pasó su infancia en Le Havre y buena parte de su vida en Giverny, Monet nació en París. Fue bautizado en la iglesia de Notre-Dame-de-Lorette y vivía un poco más abajo, en el 45 de la rue Laffitte. Como buen gourmet, frecuentaba la confitería Fouquet, en el número 36. En el 35 del boulevard des Capucines, los impresionistas organizaron su primera exposición independiente, hartos de que el Salón oficial de la Academia de Bellas Artes rechazara sus cuadros. Los viernes, muchos iban a cenar al restaurante Drouant (rue Gaillon, 18). Con Renoir compartió taller en el número 20 de la rue Visconti. No muy lejos está el Museo de la Orangerie, donde se exhibe el enorme mural de Los nenúfares. Comprando una entrada combinada se puede visitar también el Museo de Orsay, que alberga la mayor colección de pinturas impresionistas del mundo, entre ellas La estación de Saint-Lazare. ¡Cuántos trenes hacia Normandía debió de coger allí Monet...! Y para acabar la ronda de pinacotecas, el Marmottan: no se conservan tantos monets como aquí en ningún otro museo, incluido el cuadro Impresión, sol naciente.