Tras los pasos de Cela y de Leguineche en La Alcarria

Resulta difícil hablar de La Alcarria y no mencionar a Camilo José Cela. Cuando el Nobel inicia en 1946 un viaje para después escribir un libro, sus amigos le recomiendan La Alcarria, "un lugar cercano a Madrid y olvidado por todos", ideal para un viajero comodón. Así nació "Viaje a la Alcarria", una de las mejores guías de viajes de la literatura, enriquecida después por otro gran viajero, Manu Leguineche, en su libro "La felicidad de la tierra".

Pedro Aguilar

Han pasado más de 65 años desde que Cela echó a andar por la Alcarria, y sus pueblos siguen siendo pequeños, el paisaje apenas se ha visto alterado y fuera de las casas, en contra de lo que decía Cela, hoy se come mejor que nunca. El universo que don Camilo refleja en su primer viaje no es idílico. El viajero escritor cuenta lo que ve, y lo que encuentra es un país pobre, de paisaje austero, donde las mayores virtudes se hallan en lo que otro gran viajero, Manu Leguineche, llamaría años después el paisanaje. Con el paso del tiempo, la ausencia de progreso desmesurado ha convertido esta comarca en un escenario ideal para viajar. Cela lo deja claro al principio del libro, con la precisión y la ironía que caracteriza su pluma: "Esta tierra, menos miel, que la compran los acaparadores, tiene de todo".

Museo de un libro

Así que viajaremos literariamente y lo haremos comenzando por Torija, la Puerta de la Alcarria, uno de esos pueblos alcarreños donde no es necesario ir, porque uno pasa. Encrucijada de caminos, su situación junto a la A2 hace de este municipio, y en especial de su castillo, uno de los más conocidos de España. Torija es puerta, pero también ventana. Un balcón privilegiado a través de su fortaleza convertida en el Centro de Interpretación Turística de la Provincia de Guadalajara (CITUG). Allí se desgrana imagen a imagen, ruta a ruta, fiesta a fiesta, vianda a vianda, todo el abanico de posibilidades turísticas de la Alcarria. De diseño moderno y mimetizado con el edificio del siglo XV, cada una de las estancias del castillo, que levantaron los Mendoza, es una invitación al paseo, al recorrido atento por unos rincones que no tienen desperdicio y en los que hay de todo, insisto: ¡de todo! Hasta mar, el Mar de Castilla, el mayor número de kilómetros de costa de interior del país, repartidos entre 16 embalses.

En el CITUG cabe una provincia y en su Torre del Homenaje se levanta el único museo del mundo dedicado a un libro: Viaje a la Alcarria. Las imágenes originales que Cela y el fotógrafo que le acompañó en su recorrido obtuvieron durante el viaje, los sitios por los que pasaban, los utensilios usados o mencionados por él, mapas, retratos... todo el universo alcarreño de Cela encerrado en la torre de un castillo, desde donde casi se ve Brihuega, que es nuestro segundo alto en el camino.

Castillos e iglesias

Brihuega rezuma historia. Conserva buena parte de su muralla, un castillo convertido en cementerio (una necrojoya), dos iglesias románicas, un puñado de buenos restaurantes, una vega fértil y fresca, la del río Tajuña; una plaza, con un convento convertido en museo de miniaturas, y una Escuela de Gramáticos en cuya casa vivió hasta hace poco Manu Leguineche, a quien está dedicada la plaza. Si Cela descubrió la Alcarria al mundo, Leguineche la dotó de alma en un libro, La felicidad de la tierra, que evoca la esencia del paisaje y del paisanaje alcarreños: "El sendero, la ermita, la anchurosa Alcarria, el tañido de una campaña, el torreón hecho jirones, el chopo, el cantueso, el espliego, el tomillo, los crestones, los cenicientos, la oliva y la encina, las plazuelas sosegadas, la paramera sobrevolada por el águila, el arroyo, el ábside, las gachas y las migas de pastor...". ¡Larga vida al maestro!

De Brihuega nos vamos, por la vega del Tajuña, hasta Cifuentes; allí nació la princesa de Éboli y Don Juan Manuel alzó un castillo que aún sigue en pie. En Cifuentes todo es agua. Su nombre procede de las Siete Fuentes -algunos cronicones hablan de cien-, que por diversas bocas bajan de un cerro y coinciden en una hermosa charca, de donde parte el río "que nace en Cifuentes y entra en el Tajo cerca de la casa de Trillo... En este arroyo y en las lagunas cerca de San Blas hay muchas ánades y partidas de garza", escribe Don Juan Manuel en elLibro de la caza.

Pero de lo que más orgulloso se sienten en Cifuentes es de la iglesia de El Salvador, un edificio de estilo gótico, con algunos detalles románicos en sus portadas. Nos vamos a detener en la de Santiago, compuesta por un conjunto de arquivoltas en degradación y una serie de figuras adosadas que desarrollan la batalla entre la fe y la idolatría dentro del alma, acompañadas ambas de un ejército de virtudes y de vicios. Es un buen entretenimiento ir descubriendo las figuras diabólicas, algunas de ellas femeninas, desnudas o pariendo, con pechos lacios; otras masculinas, deformes o colocadas boca abajo en posición burlesca... Al otro lado, la virtud: un peregrino pisando a un demonio, una pareja de virtuosos aplastando una cabeza monstruosa o una anciana con vara de mando. El bien y el mal, la vida misma, el alma humana tallada en piedra en un conjunto único que representa el antiguo poema de Prudencio, La Psicomaquia; un espectáculo.

Caprichos naturales

Pero Cifuentes no solo son sus monumentos, su plaza de soportales, la picota del siglo XVI o el Molino de la Balsa. En torno al pueblo hay enclaves naturales como el Barranco del Reato, conocido como Los Frailes, una enorme sucesión de peinetas de más de 30 metros de altura, caprichos de la naturaleza labradas en piedra, que dibujan diferentes figuras. Si el viajero se detiene, le parece estar viendo a unos frailes de El Greco, con sus sayales y su capucha cubriéndoles la cabeza, que caminan juntos, en oración, como si rezasen el rosario alrededor de un claustro. Una grata sorpresa junto a las aguas del río Tajuña, en el pueblo de El Sotillo. Como lo es también la finca Las Cascadas en Gárgoles, el empeño de José Andrés Torrent, un ingeniero de Montes que ha sido capaz de plantar un bosque y disfrutar su sombra varias decenas de años después. Una finca atravesada por el río Cifuentes, donde aún pueden visitarse un molino y un acueducto medievales, y unas termas romanas, al mismo tiempo que se pescan truchas en un lago artificial paradisíaco.

La Alcarria fértil

La Alcarria húmeda se acerca al Tajo y los tonos verdes se imponen al ocre de la tierra de labor.En Trillo, el río Cifuentes cae de bruces en el regazo del Tajo formando una cascada de agua, El Pozo, que inunda de sonido el ambiente y refresca los viejos caserones y las calles por las que anduvo Carlos III, camino del Balneario que él mismo hizo construir para solaz de la Corte y que hoy se ha convertido en un relajante Spa.

Desde Trillo pueden verselas Tetas de Viana, dos chimeneas naturales formadas por dos cerros, "las dos únicas tetas que se me han resistido", refunfuñó el Nobel, que quiso coronarlas en globo y acabó estampado contra los chopos del río, enredado entre retamas y cordeles.

Desde Trillo, el curso del agua nos llevará hacia Sacedón por la ruta de los pantanos. El Mar de Castilla, la enorme ribera que forman los embalses de Entrepeñas, Bolarque y Buendía. Una carretera camina bordeando las orillas de una costa de interior poblada de pinares y encinas. Alocén, El Olivar, Durón, Budia, Sacedón... pueblos de casas construidas con piedra caliza, cuidados miradores al pantano que conservan en sus calles el sabor de la Alcarria celiana. Y de Sacedón a Pastrana, donde dos mujeres, Teresa de Jesús y Ana de Mendoza, princesa de Éboli, se dieron la mano para levantar un monasterio que asombró a Castilla.

Arte y literatura

Pastrana, donde nació el pintor Juan Bautista Maíno y descansó San Juan de la Cruz, es un pueblo medieval, con su barrio judío, casonas nobles plagadas de escudos, plazoletas, fuentes, conventos, palacios, huertas y una colegiata donde descansan obras de El Greco, Salzillo, Carreño y los mejores tapices del mundo, que representan las hazañas bélicas de Alfonso V de Portugal. Todo cuanto hay en Pastrana nos traslada a siglos atrás, hasta la pastelería Éboli, con un obrador de exquisitos bocados. Por estas calles paseó Quevedo y aquí dicen que Moratín escribió El sí de las niñas. Entre los muros de sus palacetes se cocinaban los acontecimientos políticos que días después revolucionaron a España, intrigas palaciegas de la corte de Felipe II. Por conspirar, la princesa de Éboli fue encerrada en el palacio que corona la Plaza de la Hora, "una plaza cuadrada, grande, despejada con mucho aire, una plaza curiosa, una plaza con solo tres fachadas, una plaza abierta por uno de sus lados por un largo balcón que cae sobre la vega", escribió Cela.

En la localidad de Pastrana termina nuestro viaje, pero, como el Nobel, recomendamos un apéndice, visitar Zorita de los Canes, su castillo calatravo mirando al meandro del Tajo y sus restos visigodos, Recópolis, un parque arqueológico de la que fue una de las ciudades más importantes de la España del siglo VII. ¡Ah! Se me olvidaba, a la vuelta sería pecado no parar en Tendilla, buscar entre su larga hilera de soportales una pastelería donde nos vendan bizcochos borrachos y preguntar por la casa y el olivar que Pío Baroja tuvo en el pueblo. La Alcarria es pura literatura.

Qué fue de "Gorrión", el burro de Camilo José Cela...

Después de los niños y de las mujeres sentadas a la puerta haciendo "media", lo que más se echa hoy de menos, de la Alcarria celiana, son los burros, personajes que despiertan ternura en el viajero. Compañeros de viaje con los que Cela se encuentra continuamente y a los que hace jugar un papel casi humano. Gorrión, el burro que acompaña al viejo labrador camino de Cifuentes, lleva en la albarda cosido un papel, para cuando llegue el momento, que dice: "Cógeme, que mi amo ha muerto". Tampoco hay mujeres lavando ropa en los lavaderos, hoy pequeños monumentos populares siempre vacíos; ni carros, ni apenas colmenas hechas con troncos de árbol, ni posaderas, pero el paisaje, plácido y evocador, sigue intacto.