Todos los caminos conducen a Mérida

La antigua capital de Lusitania alberga la mayor concentración de arte romano del mundo después de Roma. Sus ruinas recuperan el esplendor de tiempos pasados en verano, cuando la capital extremeña celebra el Festival Internacional de Teatro Clásico. Un momento único para recorrer sus calzadas y monumentos Patrimonio de la Humanidad y entregarse a un espectáculo bacanal.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay

Los romanos hacían las cosas para durar, piensa el viajero al pasear por el viejo puente sobre el Guadiana. Y se hunde en la nostalgia al mirar, enfrente, el diseñado por Santiago Calatrava. ¡Por Júpiter -exclama-, apuesto mi bolsa de sestercios a que el hormigón del valenciano se caerá antes que el granito romano! Es el más largo de su época construido en la Península Ibérica y por él tenían que cruzar quienes llegaban a Mérida en la Antigüedad, siguiendo la Vía de la Plata o los otros caminos que atravesaban la capital lusitana. Siente bajo los pies las piedras redondeadas de la calzada... y busca entre gabros y cuarcitas huellas de sandalia... de las muchas que habrán pasado por encima desde el año 25 a.C., cuando Octavio Augusto fundó la ciudad para retirar en ella a los veteranos de la interminable guerra contra astures y cántabros. Los soldados preferían estos climas cálidos a los fríos del norte. Además, estratégicamente bien situada, con las cigüeñas legionarias siempre en guardia, en Augusta Emérita no les faltaba de nada; tenían todas las comodidades de una gran urbe romana, pese a que entre escombros y ruinas ahora parezca algo destartalada: un capitel por aquí, una columna por allá... Hay que imaginar avenidas porticadas... Un mosaico desconchado... El mármol deslumbrando... Arcos derrotados... Y los 40.000 emeritenses que llegó a tener la ciudad yendo de compras por la Decumanus Maximus. Esta continúa siendo la vía principal -aunque en el callejero actual se llame Santa Eulalia-, y continúa llena de thermopolia -bares de tapas- y tabernae, boutiques y comercios donde comprar estolas, perfumes, joyas y vasijas para el hogar.

Al desviarse por la calle José Ramón Mélida se llega al Teatro Romano de Mérida. Fue ese arqueólogo quien lo desenterró, porque hasta 1910 aquello fue una plaza de toros y un campo de garbanzos. Las piedras palpitaban debajo. Solo asomaban, tragicómicas, las butacas graníticas de la última fila, las reservadas a mujeres y esclavos; más abajo, entre la 22 y la 27, se sentaba la plebe; y las mejores vistas, para los ricos, como siempre. En cualquier caso, no importa cuál sea su localidad: la acústica del teatro es excepcional. La voz del pasado estalla y un escalofrío estereofónico se propaga por las gradas. Estremecido el espectador y estremecido el actor, que tiene que declamar ante el despiadado Plutón. Posa bastante agraciado, pese a la fama de feo que acompaña siempre al dios del Averno. Comparte con Proserpina y Ceres frente escénico; custodiados por columnatas azuladas, junto a emperadores sin sesera que, con el tiempo, han perdido la cabeza. Callan para disimular que son de poliéster y que las estatuas de verdad se cobijan de Saturno en el Museo de Arte Romano Nacional. Diseñado por el arquitecto Rafael Moneo, es un imponente edificio, acorde con los gustos de la Roma Imperial, que desde 1986 resguarda bajo sus cesáreas arcadas de ladrillo visto todos los hallazgos arqueológicos de Emérita Augusta... Bueno, todos los que no están en la casa de algún vecino o decorando de forma natural los muros de un restaurante.

El fútbol antes de Cristo

Lo de reformarse el pisito con los restos de este Patrimonio de la Humanidad era algo habitual, y ahí está, exempli gratia, el palacete que el conde de los Corbos se construyó en elForo municipal reaprovechando las columnas del Templo de Diana. En este escenario monumental se representa en verano parte de la programación del Festival de Teatro Clásico. Las terrazas que lo rodean se llenan para escuchar a Eurípides y a Séneca, desafiando la máxima de aquel poeta latino: "El pueblo romano solo ansía dos cosas: pan y circo".

Ya no se celebran batallas sangrientas en el anfiteatro. Donde antes luchaban bestias feroces y gladiadores, a punto estuvo de jugarse un torneo de pádel. Duelo a muerte entre el pasado y el presente; las reliquias apuestan fuerte. Sedimentos de expectación. Una daga se sotierra entre la clavícula y el omóplato con precisión... Alarido del granito... hasta perforar el corazón. Sangre en el foso. Vestigios de un clamor. El gladiador laureado sale con lo mismo que entró, como la diosa Némesis le prometió. El graderío se sofoca con el sol... Estos hombres con faldones causaban verdadero furor, algo así como nuestras estrellas del balón hoy. Aunque para ídolo de masas, Gaius Appuleius Diocles se llevaba la palma: un auriga de origen extremeño que con 18 años ficharon en el Circo Máximo de Roma. Con un currículum imparable de victorias, el chico se llegó a embolsar una fortuna de ¡35.836.120 sestercios! Que calcule el viajero, si el cambio ronda los 1,33 euros... No es disparatado pensar que sus primeras carreras las hubiera ganado en el circo de Mérida. Se encuentra extramuros de la ciudad, en las entonces afueras; aunque, desde el anfiteatro, en diez minutos se llega. Era necesaria destreza y valor para sujetar las bridas a lo Charlton Heston, y caballos raudos como el viento. Los que saben de esto dicen que las yeguas lusitanas estaban preñadas por Céfiro; de hecho, los corceles ibéricos eran muy cotizados y se exportaban a todo el Imperio. Sin las cuadrigas preparadas en sus casetas, el circo parece un solar en venta donde mañana se fueran a edificar más azoteas con uralita. Siete vueltas alrededor de la spina... Una pista de 440 metros de largo vacía... El carro del equipo azul se desvía... Un lodazal de hierbajos... Choque intencionado; 30.000 espectadores exaltados... Pasa el tren... Restalla el látigo... Por la avenida Juan Carlos I circula intenso el tráfico... El corredor blanco le corta el paso... Rodadas en la arena... La victoria alada alcanza la meta en un mosaico, la palma del triunfo y la fusta en alto; los fans vitorean; nada hubiera sido posible sin Inlvminator; ¡un saco de heno para el caballo! Y un banquete para celebrarlo.

Comer como un patricio

De gustatio, moretum y patina de pescado sin pescado; de prima mensa, solomillo de cerdo al garum con guarnición de manzanas persas, y de secunda mensa, melón con miel y pimienta. Son platos que sirven en Aqua Libera, una domus romana -con su atrio, su jardín y sus termas- en un pueblo pegado a Mérida. Cocinan siguiendo las recetas de Marcial, Columela, Catón, Plinio, Virgilio... y del más famoso gastrónomo del siglo I: Apicio, excéntrico sibarita que dilapidó su fortuna en su barriga. "¡Esclavo, más vino!". Alza la copa el viajero recostado en el triclinium del peristilo. Es algo incómodo comer así al principio... pero es como lo hacían los patricios, con la túnica, la toga y la corona anti-resaca de rosas. Se supone que su olor mitiga los efectos del alcohol, para que los comensales puedan mantener conversación antes de entregarse, desenfrenados, a los placeres de Baco. Lo tenían todo pensado estos romanos: espectáculos, masajes en los baños, gaudeamus amenizadas con el canto de fuentes y pájaros... El mito de un goce monumental construido, como los puentes, para la eternidad.

Un escenario mágico

Si ahora se celebra el 61 Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida (www.festivaldemerida.es) es porque, hace unos años ya, la actriz Margarita Xirgu se empeñó en interpretar Medea entre sus piedras. Miguel de Unamuno enseguida se ofreció para escribir una versión del texto de Séneca, que el 18 de junio de 1933 se llevó a escena. Fue un espectáculo soberbio, según la prensa, con más de tres mil espectadores que compraron entradas entre cinco y diez pesetas, y con el presidente de la República, Manuel Azaña, en primera fila. En esta última edición, Ana Belén y Aitana Sánchez Gijón han vuelto a representar a la atormentada esposa de Jasón, y a lo largo del mes de agosto aún se puede disfrutar de noches mágicas con obras como La asamblea de las mujeres, Hércules o El cerco de Numancia en un escenario con dos mil años de historia. El festival completa su programación con representaciones en otros espacios de la ciudad, películas, pasacalles, conferencias y exposiciones.

El arte de la musivaria

Los mosaicos se pusieron tan de moda en la Roma Imperial, que no hubo domus ni villa que no decorara sus techos, paredes y pavimentos con estas obras artísticas. Los elaboraban con teselas, pequeñas piedras de cerámica, mármol, vidrio, calizas o areniscas que el artesano colocaba con paciencia sobre una superficie lisa. Han pasado dos mil años, pero la maestra artesana Luisa Díaz Liviano (www.exofficinaantea.com)continúa realizando los mosaicos igual. "El material y los instrumentos que utilizo son los mismos: el yunque y el martillo -cuenta mientras parte con golpes secos y seguros piedrecillas de tres y un milímetro-. No vale cualquier piedra: tienen que ser de un tono bonito y fáciles de cortar". A menudo ella misma sale al campo a buscarlas: "Las rosas para el color de la piel son las más difíciles de encontrar". Desde su taller en una barriada de Mérida, como escondida para que no la encuentren los turistas, realiza trabajos por encargo; además de restaurar y reproducir copias y souvenirs para el Museo Nacional de Arte Romano.